ANTICUERPOS DE LUZ

27.09.2026

Por Elisa Rondano

La historia nos ha enseñado que el mal no muere junto con sus verdugos.

Cambia de rostro, atraviesa las épocas, encuentra nuevos hombres dispuestos a alimentarlo.

Y cada vez vuelve a poner a prueba nuestra humanidad.

Pero nosotros somos los anticuerpos.

Y quizá no comprendamos hasta el fondo lo que significa serlo.

Un anticuerpo no puede permitirse pensar:

«Esto no me concierne».

No puede distraerse porque el peligro parezca lejano; no puede descansar mientras la enfermedad continúa extendiéndose.

Porque basta con que los anticuerpos bajen la guardia para que aquello que parecía pequeño comience a propagarse.

Primero lentamente, casi sin dejarse ver.

Después lo invade todo.

Así sucede también con el mal.

Crece en el silencio, se alimenta de la indiferencia, se vuelve más fuerte cada vez que alguien ve y decide no ver.

Por eso ser anticuerpos significa permanecer vigilantes.

Significa informar, conocer, hablar, educar.

Significa tener el valor de exponerse cuando sería mucho más sencillo callar.

Y significa también creer: tener una fe inmensa, capaz de sostenernos cuando la razón parece decirnos que la batalla es demasiado grande.

No estamos llamados solamente a proteger nuestro presente.

Somos responsables de aquello que dejaremos a quienes vendrán después de nosotros.

Porque, a pesar de todo, esta Tierra herida continúa generando vida.

Y mientras siga naciendo vida, habrá algo por lo cual luchar.

Algo que custodiar.

Algo por lo cual valga la pena sacrificarse.

Nosotros somos los anticuerpos.

Y mientras el mal continúe existiendo, nuestra tarea será impedirle convertirse en el mundo.

Elisa Rondano
13 de setiembre del 2026

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