Campo de Girasoles
«He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero, salido el sol, se quemó y, porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga».
(Mateo 13:3-9)

.
Por Facundo Pérez
En la parábola del sembrador, el Maestro Jesús enseña a las muchedumbres a través de parábolas; pero, cuando sus discípulos le preguntan por qué lo hacía así, les explica el significado de sus palabras.
En este punto no podría agregar nada a la majestuosa explicación del Maestro. Sin embargo, quisiera detenerme en un aspecto que considero importante: la semilla que cayó en buena tierra y dio fruto. Pero ¿qué es la semilla, qué es la buena tierra y sobre quién ha sembrado el Señor esa semilla?
Me animo a decir que la semilla no debe entenderse de manera lineal, sino desde una perspectiva más amplia. Puede representar el llamado que hace el Maestro para que tomemos parte en su obra y caminemos en pos de Él, cumpliendo sus enseñanzas. En ella también están contenidas la iniciación y la gnosis, que esperan ser activadas para desarrollarse y manifestarse. Si bien el Maestro llama a todas las almas que quieran ver y escuchar, en este caso solo me voy a centrar en los llamados a participar en la obra juanina.
Ahora, ¿qué es la buena tierra? La buena tierra representa a aquellas personas que, habiendo recibido el llamado del Señor, tienen la capacidad de dar fruto: «cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno».
He constatado que la semilla, entendida como el llamado, y el potencial de la buena tierra, entendida como el corazón, no bastan por sí solos. Es como pensar y pretender que una semilla pueda brotar, crecer y dar fruto sin los cuidados necesarios para que esto suceda: el agua, el oxígeno y la luz. Y no termina ahí; eso es solo la base primordial para que la semilla pueda activarse y crecer.
Cuando la planta crece, toma del sol la energía necesaria para generar su propio alimento («No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», Mateo 4:4). También llegará el momento en que la pequeña planta tome dióxido de carbono y, mediante el proceso «alquímico» de la fotosíntesis, libere oxígeno. Así continuará hasta dar fruto según su semilla.
De la misma manera, el llamado debe ser atesorado en el corazón como base fundamental y disparador de nuestro camino espiritual. Luego deberemos adoptar el comportamiento que llevan instintivamente los girasoles, que buscan el sol desde que sale hasta que se pone, todos al unísono, como parte de una misma consciencia. Basta contemplar los bellos campos llenos de estas plantas, que pueden apreciarse a veces al costado del camino en una tarde soleada. Así deberíamos buscarle, vivir en Él y contemplarle.
Buscar al hermano y rodearse de ellos —aquellos que comparten la misma sustancia en sus corazones («Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», Mateo 18:20)—. ¿Por qué no buscar al hermano si en tal empresa encuentro a aquel que nos llama y nos ama? ¿No es acaso un verdadero tesoro encontrar al Maestro en el otro? ¿No es acaso provechoso vencer las minimidades humanas y confluir en una misma conciencia? ¿No es acaso este el significado de la verdadera unión? Esto nos evita caer en el engaño de crecer solos y terminar cayendo cuando soplan vientos fuertes. Así también podremos dar mayor fruto en el día de la cosecha.
El llamado y el potencial no son suficientes; es necesario realizar acciones concretas para que el camino espiritual se desarrolle en nuestro interior. Necesitamos alimentarnos de aquello que nos nutre espiritualmente, crecer en comunidad y cultivar cualidades como la humildad, la entrega y la unión para afrontar y superar las pruebas que vendrán. Gracias a Dios, tenemos la gracia de que la semilla también haya caído dentro del campo del viñador y de ser guiados por la mano de aquel a quien el segador encomienda el cuidado de su plantación hasta que llegue el día de la cosecha.
Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá. En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos».
(Juan 15:7-8)
Con afecto,
Facundo Pérez.

