EL CÁLIZ Y LA OFERTA DE REDENCIÓN A LOS HOMBRES

Por Facundo Perez
Durante la celebración de la Última Cena, en el contexto de la Pascua judía, Jesús, luego de tomar la copa y dar gracias, dice:
"Beban de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados."
Ese acto, era conocido entre los judíos como Kiddush, consistía en bendecir la copa de vino y compartirla entre los presentes dentro de celebraciones como la Pascua judía. Esta práctica conmemoraba la alianza del pueblo de Israel con Dios a través de Moisés.
Jesús toma ese acto litúrgico y ofrece la nueva alianza a los hombres. No modifica la antigua costumbre, sino que, a través de su entrega, renueva el pacto:
"No he venido a abrogar la Ley, sino a darle cumplimiento."
En 1095, durante el Concilio de Clermont en Francia, el papa Urbano II hizo un llamado a los nobles y caballeros cristianos de Europa para ir a Oriente a ayudar al Imperio bizantino, además de recuperar Jerusalén y otros lugares santos bajo dominio musulmán. En esa época existía una gran fascinación por las reliquias cristianas: fragmentos de la cruz, clavos de la crucifixión, sudarios; entre ellos, también la copa con la que Jesucristo celebró la Última Cena.
Lo paradójico de ese momento de la historia es que la oferta de redención no se encontraba en las reliquias ni en los lugares santos, sino que se manifestaba en la figura del monje Francisco de Asís, quien viaja a Tierra Santa en 1219 en un intento de detener la Quinta Cruzada. Francisco, quien luego recibe las heridas de la crucifixión de Jesús, es un pequeño hombre que, a través de su cuerpo, presenta nuevamente la oferta de redención de Cristo a los hombres. En él, el cielo había redimensionado el cáliz como signo de esa misma oferta.
A pesar de ser reconocido como el santo de Asís por el pueblo en general, no se había comprendido la plenitud de su misión. Me atrevo a decir que esta estaba vinculada a hacer que la institución católica retomara el camino del mensaje de Jesús y a mostrar la vigencia de la invitación a la redención. Su vida era el camino visible de esa invitación, por ser reflejo de Aquel que la ofrecía en sus heridas.
Esa oferta de redención dada por Jesús se ha mantenido vigente hasta nuestros días para quien quiera escuchar o ver. Lo ha hecho a través de distintos estigmatizados, como San Francisco de Asís y Padre Pío, por nombrar algunos. Los signos de la crucifixión presentes en estos hombres representan la presencia de Jesucristo y la continuidad de la oferta de redención, convirtiendo a quien los porta en un cáliz viviente.
Hoy, nuevamente, está presente ese cáliz en la figura de Giorgio Bongiovanni, como último llamado a una humanidad que no ve ni escucha y que marcha hacia su autodestrucción; un signo que sangra, vive el Getsemaní y que, a través de su vida y labor, muestra cómo responder a esa invitación. El llamado no se limita a ninguna institución, sino que se presenta al mundo entero.
Nuevamente el cielo, en su infinita misericordia, indica el llamado y la forma de corresponder: hacer carne aquello que vemos y oímos, inspirarnos en ese actuar y tratar, desde nuestra pequeñez, de replicar ese ejemplo en nuestro contexto social, cultural y político.
El circuito de quien emprende un camino espiritual se completa una vez que, nutridos de la gnosis, la llevamos a las obras:
"La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros"
Ese simple, pero poderoso acto nos lleva a tomar la invitación, hacernos parte y preparar la mesa para la llegada del Novio.
Facundo Pérez.
1 de junio 2026
