LA MUERTE, PUERTA DIMENSIONAL HACIA LA VIDA

20.11.2025

Es insondable el misterio de la existencia.
Mientras hoy la pequeña Vera celebra el aniversario de su descenso a esta dimensión, mamá Bianca nace en otra, porque lo que llamamos nacimiento y lo que llamamos muerte no son más que dos portales del mismo flujo cósmico, dos rendijas de la misma corriente de Luz que atraviesa los universos.

Nada termina y nada comienza. Todo simplemente cambia de frecuencia, se desplaza de nivel, migra de una vibración a otra como un rayo que atraviesa distintos cristales y en cada uno revela un nuevo color.
La encarnación nos permite ver solo un fragmento, un pequeño pliegue del gran tejido multidimensional en el que las realidades se superponen como velos transparentes que susurran unas a otras.

Pero el Cielo, a través de sus mensajeros, ha depositado en el alma de quien los escucha la Ley del Espíritu, la memoria remota de los mundos invisibles, la capacidad de reconocer aquello que no puede ser visto con los ojos, pero sí percibido en el núcleo más silencioso del ser.

Desde esas esferas más elevadas llegan señales sutiles: intuiciones como viento, inspiraciones que rozan la conciencia como plumas de luz, llamados que no tienen voz y sin embargo hablan más fuerte que cualquier palabra. Son puentes etéricos que nos invitan a elevar la mirada más allá del velo y a encarnar las virtudes eternas otorgadas por Cristo y custodiadas por Sus mensajeros cósmicos.

En este viaje interdimensional nos guía el Eterno Mutante: principio sin forma que viste los mundos como trajes de luz, que deposita y asume cuerpos como instrumentos de misión, que atraviesa épocas, estrellas e encarnaciones para despertar nuestra identidad primordial, aquella que no conoce fragmentación y late con la eternidad del Todo.
Y cuando dejamos esta dimensión, todo lo que es denso se desvanece como niebla bajo el sol: riquezas, casas, roles, sentimientos humanos, emociones retenidas, preocupaciones. Como dijo el Maestro Jesús:

"¿No es acaso más sabio ocuparse de los valores del Espíritu, que permanecerán para siempre?"

Por eso nuestro amado Giorgio, como un mantra, nos recuerda que nada nos pertenece y que todo debe entregarse al Cielo. "No poseáis, no retengáis, sino utilizad cada cosa como un puente hacia el servicio, realizando el Nosotros que disuelve el Yo". Y así la Ley revela su secreto.

Cuando el alma deposita el cuerpo, envoltura temporal de nuestro viaje estelar, lleva consigo únicamente aquello que ha hecho eterno: los valores realizados y aquellos no cumplidos, que darán forma a la próxima etapa de nuestra existencia, en esta dimensión o en mundos que ahora solo podemos intuir como un destello tras un velo de luz.

Y en este infinito entrelazarse de caminos, permanecemos unidos a quienes amamos, porque el Amor no conoce límites ni divisiones; atraviesa mundos, supera dimensiones como un antiguo aliento que une las almas más allá del tiempo, la forma y el espacio.
El Amor no contempla barreras, es la frecuencia que reconoce, llama y abraza aquello que es eterno en nosotros, más allá de cualquier velo.

El Amor, que contiene en sí Justicia y Verdad, es el valor supremo de la Creación y de la evolución de los espíritus en el eterno devenir.

Sonia Alea
19 de noviembre del 2025