
MISION TIERRA

Por Sonia Alea
En un rincón maravilloso del Universo, entre las estrellas de la constelación de las Pléyades, existía un mundo de una belleza casi imposible de imaginar. Desde lejos parecía una gema de luz suspendida en el Cosmos. Al acercarse, aparecían ciudades inmersas en la naturaleza, inmensas extensiones de agua cristalina, montañas que al atardecer parecían encenderse y cielos atravesados por colores que en la Tierra no existen. Allí la existencia había alcanzado una antigua armonía.
El conocimiento abrazaba la conciencia y cada nuevo progreso nacía de un profundo respeto por la vida. Cada ser, desde el más pequeño hasta el más grande, cada criatura, cada forma a través de la cual la vida se manifestaba era considerada valiosa. Vivían en profunda armonía entre ellos, en conexión con la naturaleza y con el Cosmos. El amor, la justicia, la verdad, la fraternidad y el servicio a los demás no eran ideales que alcanzar, sino la expresión natural de su existencia.
En aquel extraordinario lugar vivía un grupo de muchachos y muchachas unidos no sólo por una profunda amistad, sino también por una curiosidad irrefrenable por todo aquello que existía más allá de los confines de su mundo. Quedarse quietos y tranquilos, hay que decirlo, ¡no era precisamente su especialidad! Habían crecido juntos entre viajes, aventuras y misiones en mundos lejanísimos.
Habían atravesado tormentas cósmicas, dormido bajo cielos iluminados por estrellas desconocidas, conocido pueblos muy diferentes, afrontado peligros, celebrado victorias y, alguna vez, habían regresado a casa maltrechos, prometiendo solemnemente que la próxima vez serían más prudentes… promesa que, naturalmente, ninguno de ellos cumplía.
A través de aquellas aventuras habían aprendido a conocerse de verdad. Cuando uno caía, el otro regresaba a buscarlo. Habían compartido decisiones tomadas en pocos segundos, discusiones furiosas que terminaban en risas y largos viajes en la oscuridad del espacio, hasta adquirir una certeza absoluta: ocurriera lo que ocurriera, nadie sería jamás dejado atrás. Se habían convertido en un equipo incluso sin darse cuenta.

Jamil era uno de ellos. Tenía esa energía incontenible de quien lograba transformar cualquier viaje en una aventura y cualquier imprevisto en algo para contar riendo al regresar. Podía discutir durante horas, hacer mil preguntas, bromear hasta un segundo antes, pero cuando llegaba una petición de ayuda, todo se volvía de repente sencillo. ¿Había que partir? Se partía. ¿Había alguien a quien ayudar? Se ayudaba.
Un día el grupo fue convocado por el Consejo de las Estrellas. Apenas entraron en la gran sala comprendieron que aquella vez había algo diferente.
—Hemos recibido una nueva solicitud de intervención —dijo el comandante del Consejo—. Esta vez la misión será diferente de todas las que habéis afrontado hasta ahora. El destino se encuentra en la Vía Láctea, alrededor de una pequeña estrella que sus habitantes llaman Sol.
Las luces de la sala se atenuaron. Delante de ellos apareció la inmensidad del Cosmos. La visión atravesó galaxias y constelaciones, entró en la Vía Láctea, alcanzó aquella pequeña estrella y comenzó lentamente a acercarse al tercer planeta que orbitaba a su alrededor.
Entonces apareció ella.
Maravillosa.
La Tierra.

Un maravilloso planeta azul. Inmensos océanos abrazaban continentes cubiertos por el verde intenso de los bosques, montañas blancas de nieve se elevaban hacia el cielo, ríos plateados atravesaban llanuras y valles, desiertos dorados se extendían hasta el horizonte, islas de un verde intenso emergían de aguas turquesas, volcanes incandescentes iluminaban la noche y atardeceres rojos, naranjas, rosados y violetas incendiaban el cielo. Alrededor de aquel mundo, una luna luminosa acompañaba silenciosamente su viaje.
En los océanos nadaban ballenas y delfines, en el cielo volaban miles de especies de aves, en las llanuras corrían caballos y millones de formas de vida poblaban cada rincón del planeta.
Era como si la Tierra hubiera reunido dentro de sí todos los colores del Universo.
Desde hacía mucho tiempo, los Seres de la Confederación observaban aquel pequeño mundo. Velaban por su evolución sin interferir con la libertad de sus habitantes y, en los momentos más delicados de su historia, dejaban señales de su presencia, llamados dirigidos a una humanidad que había olvidado que no estaba sola en el Universo.
Entonces aparecieron los seres humanos.
Los vieron enamorarse, abrazarse, dar vida a nuevas vidas, reír hasta las lágrimas, crear música y maravillosas formas de arte, pintar, esculpir, bailar, escribir poemas y relatos, transformando emociones, sueños y belleza en algo capaz de atravesar el tiempo, inventar, curar, construir.
Pero, de pronto, las imágenes cambiaron.
La Tierra seguía siendo la misma, maravillosa y llena de vida.
Pero el encanto se rompió.
Ciudades destruidas por las bombas aparecieron en las pantallas.
Niños que corrían entre los escombros.
Madres que estrechaban entre sus brazos a hijos hambrientos.
Hombres y mujeres obligados a abandonar su hogar y su tierra. Pueblos privados de la libertad. Seres humanos perseguidos por el color de su piel, por aquello en lo que creían o simplemente porque habían nacido del lado equivocado de una frontera.
Vieron hombres acumular riquezas inmensas mientras otros no tenían ni siquiera lo necesario para vivir.
Vieron criminalidad, corrupción, violencia, abuso de poder.
Vieron hombres poderosos comprar silencios, ocultar verdades y sacrificar otras vidas por el dinero y el poder.
Y vieron, quizá, aquello que para ellos resultaba más difícil de comprender: seres humanos que habían aprendido a pasar junto al dolor de otros seres humanos sin detenerse.
En la sala ya nadie hablaba.
Uno de los muchachos rompió el silencio.
—¿Pero cómo es posible? Un planeta tan maravilloso… son capaces de amar, de crear cosas magníficas… ¿y después hacen esto?
El comandante asintió lentamente.
—Éste es precisamente el gran misterio de la Tierra.
Los seres humanos son capaces de alcanzar cumbres inmensas de amor, valor, inteligencia y belleza, pero también de precipitarse en los abismos del odio, del egoísmo y de la violencia.
Han olvidado quiénes son.
Han olvidado el profundo valor de la fraternidad, de la justicia, del respeto por la vida.
Han olvidado que nadie puede ser verdaderamente feliz mientras a su lado otro ser sufre.
Han olvidado que todos pertenecen a la misma familia.
Permaneció en silencio durante unos instantes y luego añadió:
—Pero no todos han olvidado.
Las imágenes volvieron a cambiar.
Aparecieron hombres y mujeres que entre los escombros ayudaban a desconocidos, médicos que curaban sin preguntar quién tenían delante, personas que compartían lo poco que poseían con quienes no tenían nada, jóvenes que salían a las calles para defender a otros jóvenes, hombres y mujeres que protegían a los más débiles, que acogían, que consolaban, que tendían una mano.
Vieron también antiguas poblaciones nativas que continuaban viviendo en profunda armonía con la Madre Tierra, custodiando bosques, ríos, montañas y animales como seres vivos y sagrados, transmitiendo a sus hijos un conocimiento que gran parte de la humanidad parecía haber olvidado: que la Tierra no pertenece al hombre, sino que es el hombre quien pertenece a la Tierra, y que herirla significa inevitablemente herirse a sí mismo.
Vieron personas que continuaban buscando la verdad a pesar de las amenazas, otras que denunciaban crímenes e injusticias sabiendo que podrían pagar personalmente por aquella elección. Vieron seres humanos capaces de arriesgar su propia vida para salvar otra.
Y entonces comprendieron que, debajo de todo aquel dolor, la luz no se había apagado.
—En la Tierra todavía existen seres humanos capaces de amar, de luchar y de sacrificarse por los demás. Son hombres y mujeres que han elegido no mirar hacia otro lado.
Y también por ellos este planeta no puede ser abandonado.
Las imágenes cambiaron una vez más y en la pantalla apareció el rostro de un hombre.
—Él es uno de nosotros. Es uno de nuestros comandantes en misión en la Tierra. Su misión está vinculada a un acontecimiento extraordinario ocurrido en aquel planeta: la encarnación de Jesús el Cristo.
Al pronunciar aquel nombre, el comandante inclinó la cabeza.
En el silencio de la sala, todos los presentes hicieron lo mismo.

El Mesías no pertenecía solamente a la historia de la Tierra. En Él reconocían la manifestación de la Inteligencia Suprema, encarnada en aquel pequeño planeta para mostrar a la humanidad el Camino.
Y, sin embargo, aquella misma humanidad lo había matado.
—Nuestro Mensajero enviado a la Tierra lleva sobre su propio cuerpo los signos sagrados de aquella misión. La traición y la redención, la cruz y la salvación.
Su tarea es recordar a los hombres aquellos valores a través del amor, la compasión, el servicio a los últimos, la lucha por la justicia y la verdad, la denuncia del mal, el apoyo a los justos y el despertar de las conciencias.
Su misión continúa, pero necesita otras manos, otras voces, otros corazones.
Sonia permaneció inmóvil.
Sus compañeros la conocían bien, conocían su valor, su determinación y aquella fuerza que, en las misiones más difíciles, parecía multiplicarse precisamente frente a los obstáculos.
Pero ante aquel rostro, la emoción se apoderó de ella.
Por un instante pareció dejar de respirar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Dio un paso hacia la pantalla y gritó:
—¡Es mi padre!
Nadie tuvo tiempo de decir nada.
—¡Voy inmediatamente con él!
Volvió a mirar la Tierra.
—¡Quiero llegar hasta él y ayudarlo! Y además, miradla… mirad cuán maravillosa es. No podemos permitir que todo esto sea destruido.
Luego se volvió hacia sus compañeros y compañeras:
—¿Quién viene conmigo?
Prácticamente no había terminado de formular la pregunta cuando una mano ya estaba levantada.
Jamil.
—¡Yo, obviamente, voy!
Sonia sonrió.
Estaba segura.
Jamil siempre había sido así.
Podía bromear hasta un segundo antes, discutir durante horas, polemizar y hacer mil preguntas, pero cuando llegaba el momento en que alguien realmente lo necesitaba, todo se volvía de pronto sencillo.
¿Había que ir? Se iba.
¿Había alguien a quien ayudar? Se ayudaba.
Después se levantó otra mano.
Y otra más.
Al final decidieron partir todos juntos.
Pero antes fueron advertidos:
—La misión en la Tierra será diferente de todas las que habéis afrontado hasta ahora.
Una vez que lleguéis, lo olvidaréis todo.
Olvidaréis las Pléyades, vuestras naves espaciales, los mundos que habéis atravesado, las misiones vividas juntos e incluso el hecho de haber sido compañeros de viaje.
Naceréis en lugares y momentos diferentes.
No tendréis mapas, coordenadas ni señales para volver a encontraros.
Durante unos instantes nadie habló.
Entonces alguien preguntó:
—¿Y entonces cómo haremos para encontrarnos?
El comandante del Consejo sonrió.
—Os reconoceréis.
—¿Cómo?
—Por aquello que llevaréis en el corazón.
Y así fue como partieron.
Uno tras otro dejaron aquel mundo maravilloso para llegar a la Tierra, sabiendo que muy pronto ya no recordarían nada de aquello que habían sido, ni de la promesa que los había unido.
Pasaron los años.
Nadie recordaba ya aquella sala, las Pléyades, las naves espaciales ni los mundos que habían atravesado juntos.
Y, sin embargo, volvieron a encontrarse.
Uno tras otro.
Como si un hilo invisible hubiera continuado manteniéndolos unidos atravesando galaxias, espacio y tiempo.
No se reconocieron por los rostros, porque aquellos rostros eran nuevos.
No se reconocieron por los nombres, porque también ellos habían cambiado.
Se reconocieron por aquello que llevaban en el corazón.
Otros caminos comenzaron a cruzarse con los suyos, llegaron otros jóvenes, como llamados por la misma inquietud, por el mismo deseo de justicia y por la misma imposibilidad de permanecer indiferentes.

Alrededor de aquel sueño que Sonia había encendido cuando todavía era muy joven, dándole un nombre que ya contenía todo aquello en lo que se convertiría, "Nuestra Voz", nuevos muchachos y muchachas continúan llegando, trayendo nuevas historias, nuevas ideas, nuevos talentos y nuevas energías.
Cada uno con su propia voz, diferente e irrepetible, pero capaz de unirse a la de los demás hasta convertirse en una sola.
Una voz que toma posición, denuncia las injusticias y combate la criminalidad, la corrupción, el racismo, las discriminaciones, la opresión, la violencia y toda forma de abuso.
Una voz que defiende la paz, la inclusión, la igualdad, los derechos y la libertad de los pueblos.
Hoy los encuentras en las calles y en las plazas, junto a los pueblos oprimidos, junto a los últimos, a los invisibles, a quienes luchan por la libertad.
Los encuentras con el puño en alto y con la voz convertida en un grito que reclama justicia, cuando vidas inocentes son destruidas, cuando pueblos enteros son privados de su tierra, de su libertad y del derecho a existir.
No susurran aquello en lo que creen.
Lo gritan.
Con esa pasión que nace de la imposibilidad de permanecer indiferentes ante el sufrimiento de otro ser humano.

Utilizan el periodismo, el arte, el teatro, la música, las imágenes y las palabras para denunciar, contar, provocar, escandalizar, sacudir las conciencias y dar voz a quienes no la tienen.
Jamil, junto a Sonia y a sus inquebrantables compañeros y compañeras, lleva adelante todo esto con la misma energía con la que, en otro tiempo, atravesaba las galaxias.
Organiza, construye, escribe, propone, impulsa, carga sobre sus hombros mil cosas y continúa avanzando con una fuerza que parece no agotarse jamás.
Pero hay algo que quizá lo describe mejor que cualquier otra cosa.
Cada vez que alguien le dice:
—¡Bravo, Jamil, estuviste increíble!
Él casi se apresura a responder:
—No soy yo. ¡Somos un equipo!
Y precisamente en esas pocas palabras vuelve a aflorar, sin que él pueda recordarlo, el lejano eco de sus raíces entre las estrellas.
Así como ocurre con todos y cada uno de ellos.
Quizá ya no recuerdan de dónde vinieron, pero recuerdan, sin saberlo, por qué están aquí.
Para derribar las barreras que dividen a los seres humanos, romper las fronteras del odio y construir un mundo en el que cada ser pueda reconocerse en el otro.
El mismo sueño que atraviesa mundos y galaxias y que, desde siempre, habla una sola lengua.

¡Paz por encima de todas las fronteras!
¡Feliz cumpleaños, Jamil, tesoro, con todo el corazón!
Te amamos muchísimo.
Sonia Alea
13 de septiembre de 2026

