CARTA AL PADRE ANTONIO SPADARO SJ


Por Giorgio Bongiovanni
Reverendo Padre Antonio Spadaro, S.J.
Soy Giorgio Bongiovanni, director de Antimafia Duemila. Soy creyente, cristiano católico, y en mi vida he vivido experiencias místicas personales, comenzando por la más significativa, que tuvo lugar en el santuario de la Virgen de Fátima en el año 1989.
Deseo expresarle mi sincero agradecimiento por su reciente artículo publicado en "Il Fatto Quotidiano" «El Hijo sacrificado. Cristo no ha venido para juzgar, sino solamente para sanar», que he leído con gran interés y aprecio. Sus palabras infunden en los lectores la aspiración de conocer a Cristo; es un escrito verdaderamente emocionante, un faro de luz para quienes caminan en la oscuridad de esta sociedad.
Precisamente porque he considerado tan valiosa su contribución, me permito, con el máximo respeto, someter a su consideración algunas reflexiones que podrían complementar el tema que usted ha abordado. En efecto, a mi juicio, en su hermoso escrito centrado en el Amor divino se percibe la ausencia de la parte final, aquella que ciertamente es más «incómoda», pero que resulta fundamental y absolutamente ineludible: la dimensión de la Justicia divina. Desde luego, en un único artículo dedicado a la figura de Jesús no es posible exponer íntegramente todas sus enseñanzas. Sin embargo, presentar la misión de Cristo como si estuviera centrada exclusivamente en el amor corre el riesgo de inducir a error a los lectores que no conocen plenamente la obra del Mesías, obra que usted, como teólogo jesuita, conoce perfectamente. El amor de Dios es indiscutible.
El mismo Juan, citado por usted, nos ofrece en su primera carta una de las definiciones más maravillosas de Dios:
«Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.» «Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios tiene por nosotros. Dios es amor; y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.»
1 Jn 4,8 y 1 Jn 4,16
No obstante, desde los Evangelios hasta los Hechos de los Apóstoles, desde el Apocalipsis hasta las Cartas apostólicas, encontramos que la Justicia de Dios es un elemento igualmente imprescindible, tanto en un sentido práctico, tangible y social, como en un sentido espiritual, trascendente e ideal, y sobre todo en un sentido escatológico.
Su artículo capta un aspecto auténtico y central del Evangelio: Dios ama al mundo. Las palabras dirigidas por Jesús a Nicodemo se encuentran entre las más luminosas de toda la Escritura (Jn 3,16). El propio cristianismo nace de la iniciativa gratuita de Dios, que ama a los pecadores, a los enemigos, a los alejados y a los indignos.
Sin embargo, surge una pregunta: ¿es correcto presentar la misión de Cristo como exclusivamente terapéutica, afirmando que «Cristo no ha venido para juzgar, sino solamente para sanar»? Si se considera el conjunto de las Escrituras, la respuesta debe ser negativa. Jesús anuncia ciertamente la misericordia de Dios, pero también anuncia el Juicio de Dios. Él es Salvador, pero también Juez. Reducir uno de estos dos aspectos significa alterar el cuadro evangélico.
Y es precisamente Jesús quien anuncia continuamente el Juicio futuro, profetizándose a sí mismo como Juez de la historia humana. El texto de Juan 3,17 afirma que Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo. Pero el mismo Evangelio de Juan contiene palabras que completan esta perspectiva, cuando Jesús declara:
«El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz»
Jn 3,19
Y también:
«El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado todo juicio al Hijo»
Jn 5,22
Y además:
«Y le ha dado autoridad para juzgar, porque es el Hijo del Hombre»
Jn 5,27
Más adelante afirma:
«Llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán de ellos: los que hicieron el bien, para una resurrección de vida; y los que hicieron el mal, para una resurrección de condenación»
Jn 5,28-29
Por lo tanto, el mismo Jesús que habla con Nicodemo anuncia el futuro Juicio de la humanidad. Incluso cuando dice:
«Yo no juzgo a nadie»
Jn 8,15
Añade inmediatamente:
«Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero»
Jn 8,16
Finalmente declara:
«El que me rechaza y no recibe mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que he anunciado lo juzgará en el último día»
Jn 12,48
Por consiguiente, Juan no contrapone Amor (salvación) y Justicia (condenación). Más bien enseña que la primera venida de Cristo está orientada a la salvación, pero que el desenlace parusíaco de la historia implicará un juicio real y concreto.
Raymond E. Brown, probablemente el más autorizado estudioso católico del Evangelio de Juan en el siglo XX, observa que el Cuarto Evangelio no elimina el juicio, sino que lo anticipa ya en el presente a través de la respuesta humana a la revelación de Cristo.
El juicio no es solamente futuro; ya está actuando en la historia a través de la acogida o el rechazo de la luz. Para Rudolf Schnackenburg, uno de los mayores exegetas católicos del siglo XX, el Cuarto Evangelio presenta una doble dimensión del Juicio: una dimensión presente, ya operante en el encuentro con Cristo, y una dimensión escatológica, que se manifestará plenamente en el último día.
En los Evangelios Sinópticos el juicio ocupa un lugar central. En el Evangelio de Mateo, Jesús habla frecuentemente de la Gehena, el simbólico fuego inextinguible (Mt 5,22; 5,29-30; 10,28; 23,33), de las tinieblas exteriores (Mt 8,12; 22,13; 25,30), del llanto y el rechinar de dientes (Mt 13,42; 13,50; 22,13; 24,51; 25,30).
«Muchos me dirán en aquel día: "Señor, Señor…" Y entonces les declararé: "Nunca os conocí; apartaos de mí"»
Mt 7,22-23
En la parábola de la cizaña, el Hijo del Hombre envía a sus ángeles a recoger a los que obran la iniquidad y a arrojarlos al horno ardiente (Mt 13,41-42).
En la parábola de la red, los peces malos son separados de los buenos (Mt 13,47-50).
En la parábola de las diez vírgenes, algunas quedan definitivamente fuera de la fiesta (Mt 25,10-12).
En la parábola de los talentos, el siervo infiel es arrojado «a las tinieblas de afuera» (Mt 25,30).
Sobre todo, en el gran discurso escatológico, Jesús se presenta como juez universal:
«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria… separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos»
Mt 25,31-46
Aquí no encontramos solamente la sanación del mundo. Encontramos el juicio final de la humanidad. Aquí Cristo no aparece como un simple terapeuta de la humanidad, sino como juez escatológico de las naciones. Ulrich Luz, en su monumental comentario sobre Mateo, subraya que el juicio universal de Mt 25 representa uno de los textos más influyentes de la historia de la teología cristiana y no puede ser relegado a un plano secundario sin alterar la estructura misma del primer Evangelio.
Marcos conserva la misma perspectiva:
«El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea será condenado»
Mc 16,16
Y además:
«Quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás»
Mc 3,29
Lucas recoge palabras igualmente severas:
«Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Muchos intentarán entrar y no podrán» Lc 13,24
Y concluye con la imagen de los excluidos que permanecerán fuera mientras otros entran en el Reino (Lc 13,25-28). Además, sería conveniente recordar a los lectores que existen pecados que no son perdonados. El artículo sugiere un horizonte en el que el perdón divino está siempre disponible, sin excepciones. Pero el propio Jesús introduce una grave excepción:
«La blasfemia contra el Espíritu no será perdonada»
Mt 12,31-32
«No tendrá perdón jamás»
Mc 3,29
«A quien blasfeme contra el Espíritu Santo no le será perdonado»
Lc 12,10
Ya se interprete este pecado como un «rechazo obstinado de la gracia» o de otro modo (las violencias contra los niños, por ejemplo, o las explosiones nucleares que «separan [el átomo] lo que Dios ha unido»), permanece el hecho de que Jesús habla explícitamente de una culpa que no es perdonada. Si nos definimos cristianos, por lo tanto, no podemos afirmar que Dios perdona a todos en cualquier condición.
Otro aspecto de la Justicia divina emerge cuando Jesús habla en parábolas precisamente para ocultar la verdad (y, por tanto, la salvación) a todos excepto a sus discípulos. Cuando los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas, Jesús responde citando a Isaías:
«Les hablo en parábolas para que miren y no vean, escuchen y no comprendan, para que no se conviertan y les sea perdonado»
Mc 4,11-12
También Lucas 8,10 y Mateo 13,10-15 retoman la misma enseñanza, la cual demuestra que hace dos mil años Dios ya había decretado que la salvación no estaba destinada a todos:
...a vosotros os ha sido dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no les ha sido dado»
Mt 13,11
Asimismo, Juan 12,37-40 relaciona este punto con la profecía de Isaías:
«Ha cegado sus ojos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos ni comprendan con el corazón, y se conviertan y yo los sane»
(Jn 12,40)
Son textos difíciles, ciertamente. Pero existen y no pueden ser ignorados. Muestran que el misterio de la salvación no puede reducirse a una simple pedagogía de inclusión universal. Indudablemente, las palabras más importantes de Jesús, sobre todo para la actual humanidad, son aquellas con las que anuncia su retorno como juez de la historia:
«Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria»
Mt 24,30
«Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes»
Mc 13,26
Verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con poder y gran gloria»
Lc 21,27
Sin detenernos en las nubes de las que habla la Escritura (resultaría infantil creer que se trata de vapor de agua...), vemos que el Apocalipsis desarrolla aún más esta imagen. Jesús aparece como el juez escatológico que «juzga y combate con justicia» (Ap 19,11), y ante su trono los muertos son juzgados según sus obras (Ap 20,11-15).
El último libro del Nuevo Testamento no describe solamente una sanación cósmica; describe también un Juicio cósmico. En los Hechos de los Apóstoles, la predicación apostólica después de la resurrección insiste en que Jesús ha sido constituido juez universal. Pedro afirma:
«Y nos ordenó anunciar al pueblo y dar testimonio de que Él es quien Dios ha constituido juez de vivos y muertos»
Hch 10,42
Pablo proclama en Atenas:
«Dios ha fijado un día en el que juzgará al mundo con justicia por medio de un hombre que Él ha designado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos»
Hch 17,31
Ante el gobernador Félix, Pablo habla explícitamente:
«de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero»
Hch 24,25
También en las Cartas apostólicas encontramos numerosas referencias a la Justicia de Dios. En la Carta a los Romanos, Pablo enseña que Dios juzgará imparcialmente a cada hombre:
«Él dará a cada uno según sus obras»
Rm 2,6
«Tribulación y angustia sobre todo hombre que hace el mal»
Rm 2,9
«Gloria, honor y paz para quien obra el bien»
Rm 2,10
«Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios»
Rm 14,10
En la Primera Carta a los Corintios, Pablo advierte sobre la exclusión del Reino:
«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios?»
1 Cor 6,9.
En la Segunda Carta a los Corintios, uno de los textos más contundentes de todo el Nuevo Testamento, leemos:
«Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo»
2 Cor 5,10
Aquí el juez es explícitamente Cristo.
En la Carta a los Gálatas:
«No os engañéis: Dios no puede ser burlado. Lo que el hombre siembre, eso cosechará»
Gal 6,7
En la Carta a los Efesios, Pablo habla de la ira divina frente a determinados comportamientos:
«Por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia»
Ef 5,6
En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, en uno de los pasajes más solemnes sobre el retorno de Cristo, está escrito:
«Cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo con los ángeles de su poder, entre llamas de fuego, para hacer justicia sobre aquellos que no conocen a Dios y no obedecen al Evangelio»
2 Tes 1,7-8
También la Primera Carta de Pedro (1 Pe 4,17) y la Carta a los Hebreos (Heb 9,27) insisten en la seriedad del Juicio, afirmando además:
«Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo»
Heb 10,31
La Carta de Santiago subraya la relación entre misericordia y juicio:
«El juicio será sin misericordia para quien no haya tenido misericordia»
Sant 2,13
Luego, la Segunda Carta de Pedro habla del:
«día del juicio y de la perdición de los impíos»
2 Pe 3,7
Y en la Carta de Judas se recuerda la Parusía del Señor:
«para ejecutar el juicio contra todos»
Jud 14-15
¿Y Juan? ¿El llamado «apóstol del amor»?
«En esto ha alcanzado el amor su perfección en nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio»
1 Jn 4,17
El Nuevo Testamento enseña ciertamente que Dios ama al mundo, que Cristo murió por los pecadores y que la misericordia divina precede todo mérito humano. Sin embargo, enseña con la misma claridad que Cristo regresará como juez; que cada hombre deberá rendir cuentas de sus obras; que existe una posibilidad real de perdición; que algunos pecados no son perdonados; y que el juicio final pertenece al corazón mismo de la predicación apostólica.
Una misericordia que elimina todo juicio no es la misericordia anunciada por el Nuevo Testamento. Pensar que Amor y Justicia son opuestos entre sí es un error frecuente entre los inexpertos, ciertamente no entre los teólogos. Si Dios fuera solamente amor en el sentido sentimental del término, el juicio sería superfluo. Si fuera solamente justicia, la cruz sería inútil. El Nuevo Testamento presenta ambas dimensiones.
El Hijo viene al mundo para salvar; pero ese mismo Hijo volverá en gloria para juzgar. Ofrece el perdón; pero advierte que puede ser rechazado. Llama a todos; pero no todos acogen la llamada. La noche de Nicodemo es real. Pero en los Evangelios existe también un amanecer en el que el Hijo del Hombre vendrá para juzgar a vivos y muertos antes de instaurar el Reino prometido, que no es una realidad etérea, sino una verdadera sociedad donde no hay lugar para los perversos, los malhechores y los asesinos de la vida. Ignorar esta segunda perspectiva significa dejar incompleto el mensaje evangélico.
Atentamente,
Giorgio Bongiovanni
9 de junio de 2026
