
DELANTE DEL CALIZ VIVIENTE
Por Matilda Mulla
Había pensado, había fantaseado, había construido hasta el infinito escenarios en mi mente sobre lo que podría ver o vivir. Durante meses dieron vueltas dentro de mí, los había revestido de sentimientos, de expectativas, de miedo y de esperanza. Pero ninguno de ellos se acercó ni siquiera remotamente a la experiencia, impactante y al mismo tiempo maravillosa, que me fue concedida vivir.
La espera estaba cargada. La ansiedad me oprimía el pecho, mientras el entusiasmo me encendía el alma. Todas esas emociones se mezclaban con el amor inmenso que irradiaba de cada Hermano presente: un amor vivo, silencioso pero poderoso, que hacía latir mi corazón como enloquecido, como si quisiera salirse del pecho.

Cuando sentí que por primera vez que sería testigo de la sanguinación de los estigmas de Giorgio, mi mente se llenó de una tempestad de pensamientos. Veía Su cuerpo cansado aquella noche, un cansancio que intentaba ocultar detrás de la luz de sus ojos, una luz que parecía más fuerte que aquella de carne y de los huesos. Y, sin embargo, dentro de mí, las preguntas no cesaban.
La noche de la espera la iniciamos con una oración fraterna. Tomados de la mano, pasé a formar parte de un círculo que de pronto ya no era solo terrenal. Dentro de ese círculo vi a Jesús caminar en medio de nosotros, sosteniendo entre Sus brazos a Giorgio, ya sin fuerzas, impulsándolo dulcemente a seguir adelante, como si le dijera: "Yo estoy aquí, no te detengas".
En ese instante, cada hermana y cada hermano se transformó ante mis ojos. Sus cuerpos ya no eran carne, sino ramificaciones verdes, jóvenes, llenas de vida. Sobre sus cabezas brotaban rosas rojas, nuevas, aún húmedas del rocío del misterio divino. Y, como para sellar aquel momento fuera del tiempo, apareció la Santa Madre, vestida enteramente de un azul intenso y resplandeciente. Caminaba en medio de nuestro círculo con una dulzura que derretía el corazón y, con los ojos colmados de amor, arrojaba sobre cada uno de nosotros rosas del mismo color de su vestido.
La noche apenas comenzaba y me preguntaba si mi mente me estaba jugando malas pasadas. Pero aquella sensación no era una ilusión. Era algo más profundo, más verdadero.
Después llegó la dulce espera. La ansiedad que no te deja dormir, el cansancio que apenas se asomaba desaparecía enseguida, como si no se atreviera a quedarse en una noche tan santa. Todo acompañaba en aquella noche que parecía no terminar nunca.
Y finalmente sucedió. Giorgio sanguinó.
Tanto quienes lo vivían por primera vez como aquellos que lo habían visto por centésima vez, todos estaban envueltos por la misma emoción, por la misma sagrada inquietud. Cada paso que me acercaba a la pequeña casita de madera me quitaba el aliento. El corazón me latía con fuerza, como si no supiera cómo afrontar lo que estaba a punto de llegar.
Y luego… me dijeron que podía entrar.
No soy capaz de describir con exactitud ese instante. Mi cuerpo temblaba mientras intentaba ver, comprender, aceptar lo que estaba sucediendo. El temblor era tan intenso que, instintivamente, apreté la mano del hermano que estaba a mi lado, como si mi alma buscara un ancla.
La mente estaba invadida por innumerables preguntas. Intentaba comprender el proceso de esas heridas santas que sangran por nosotros cada vez. Y, al mismo tiempo, me sentía indigna de estar allí. Mi conciencia hacía un balance doloroso: cada vez que me quejo por cosas fútiles, cada vez que olvido el sacrificio de Cristo, mientras delante de mí el cáliz viviente del dolor yacía y gemía.
Ya había visto este proceso en visión. Había sentido el momento de la sanguinación. Había besado aquellas manos sangrantes en el espíritu, mientras veía a Jesús sentado a la cabecera de la cama, sosteniéndolo por los hombros para darle fuerza. Había visto todo esto en visión. Pero nada, absolutamente nada, es comparable a estar allí, cara a cara con esta sagrada realidad.
Más allá del respeto y de la gratitud infinita por nuestro cáliz viviente, mi mayor deseo era acercarme y besar aquellas manos en la realidad. Pero una voz interior me decía que no tenía la pureza necesaria para un acto tan santo.
Al observar el cuerpo de Giorgio, que intentaba soportar los golpes repentinos que lo hacían temblar y gemir, todo lo demás desapareció. El mundo se apagó. El tiempo se detuvo.
En medio de aquel dolor, para nosotros inimaginable, él seguía buscando la mirada de cada uno de nosotros, como si quisiera decir sin palabras: "Siempre estoy aquí para ustedes". Mientras que nosotros, ante pequeñas dificultades, bajamos la mirada, nos quejamos y nos dejamos limitar por un mundo que olvida lo esencial.
Cuando pienso que estos sufrimientos son solo una pequeña parte de lo que Cristo, nuestro único Dios, soportó por nosotros… no me queda otra cosa que pensar sino en vivir cada segundo, cada día, únicamente para Él.
Con mucho amor y respeto.
Matilda Mulla
12 de enero de 2026
