El Dios de la guerra y el Dios del amor

Del Antiguo Testamento a Cristo: la evolución de la conciencia y la revelación del amor
Por Giovanni Bongiovanni
¿Cómo podemos conciliar estas manifestaciones divinas? ¿Cómo puede el Dios que en las antiguas Escrituras ordena destruir poblaciones enteras ser el mismo Padre misericordioso anunciado por Cristo? ¿Es una contradicción o existe una explicación más profunda?
Estos interrogantes me llevaron a abordar la cuestión durante un encuentro público con mi padre, Giorgio Bongiovanni.
Sus respuestas abrieron una perspectiva espiritual en la que quise profundizar, relacionándola con las Sagradas Escrituras, la historia del pensamiento cristiano y las enseñanzas de otras tradiciones filosóficas y esotéricas.
Este artículo nace, por lo tanto, de las reflexiones que él compartió durante nuestro diálogo. Mi intención es reconstruir su significado, desarrollar sus conexiones e interrogarme sobre las consecuencias que esta visión puede tener para nuestra comprensión de Dios y de la evolución humana.
hombres, mujeres, niños y animales (1 Samuel 15,3). En el libro de Josué, la conquista de Jericó se relata como un acontecimiento en el que la intervención divina acompaña la destrucción de la ciudad y de sus habitantes (Josué 6,20-21).
Sin embargo, muchos siglos después, Jesús pronuncia palabras que parecen pertenecer a una concepción completamente distinta de Dios:
«Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mateo 5,44).
Comprender la relación entre el Dios de las antiguas Escrituras y el mensaje de Cristo significa interrogarnos también sobre nuestro presente y sobre la responsabilidad espiritual del ser humano.
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Las interpretaciones de las Escrituras y la perspectiva espiritual de Giorgio Bongiovanni
La aparente contradicción entre el Dios de la guerra y el Dios del amor ha sido abordada de distintas maneras a lo largo de la historia del cristianismo.
Algunos teólogos han interpretado los episodios más violentos como manifestaciones de la justicia divina dentro de una fase particular de la historia de Israel. Otros, como Orígenes, han propuesto lecturas alegóricas, en las que las guerras bíblicas también pueden representar la lucha interior contra el mal.
La investigación histórico-crítica moderna, en cambio, ha puesto de relieve cómo los autores bíblicos relataron los acontecimientos a través de la cultura y la mentalidad de su tiempo, atribuyendo a la voluntad divina también decisiones que reflejaban las convicciones religiosas de las comunidades antiguas.
Otra interpretación importante es la de la revelación progresiva.
Ya en los primeros siglos del cristianismo, autores como Ireneo de Lyon desarrollaron la idea de una pedagogía divina, según la cual Dios educa gradualmente al ser humano, respetando sus límites y acompañándolo hacia una comprensión más elevada. Este principio presenta algunas afinidades con la respuesta que se dio, aunque su interpretación se inscribe en una concepción espiritual más amplia.
Mi padre sostuvo, en efecto, que el ser humano que vivió hace dos o tres mil años no poseía el mismo grado de conciencia espiritual que la humanidad puede desarrollar hoy. No se refería simplemente a los conocimientos científicos o intelectuales, sino a la capacidad de comprender las leyes universales, reconocer la propia naturaleza espiritual y vivir conscientemente según el principio del amor.
Según esta visión, la humanidad atraviesa un larguísimo recorrido evolutivo, en el que la conciencia madura a través de las experiencias, de las consecuencias de sus propias acciones y de las enseñanzas recibidas de inteligencias espirituales superiores.
Dios, por lo tanto, no habría modificado su propia naturaleza a lo largo de la historia. Lo que habría cambiado sería, más bien, la capacidad del ser humano para comprenderlo y acoger sus enseñanzas. Esta es la clave con la que podrían interpretarse las manifestaciones divinas de las antiguas Escrituras. Sin embargo, para comprender mejor su razonamiento, debemos remontarnos a una fase aún más remota de la historia espiritual de la humanidad a la que mi padre hizo referencia: la civilización de la Atlántida.
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La Atlántida y el largo camino de la conciencia humana
La Atlántida aparece para explicar cómo la humanidad ha atravesado distintas fases de desarrollo espiritual, algunas de ellas marcadas también por profundas regresiones.
Según la reconstrucción que él propuso, la Atlántida habría sido una civilización muy avanzada, depositaria de conocimientos científicos y espirituales que los hombres de épocas posteriores habrían perdido en parte.
Su destrucción habría representado un punto de inflexión en la historia de la humanidad, obligando a los espíritus que habían vivido aquella experiencia a continuar su camino evolutivo en nuevas condiciones de existencia.
Para profundizar en estas afirmaciones resulta útil recordar las enseñanzas de Eugenio Siragusa, padre espiritual de Giorgio Bongiovanni, y las de Rudolf Steiner, quien aportó su visión esotérica de la evolución humana. En sus respectivas visiones, la Atlántida representa una fase fundamental de la historia espiritual del hombre.
Según Siragusa, los atlantes habrían recibido conocimientos científicos y cósmicos de seres pertenecientes a civilizaciones superiores. Sin embargo, una parte de aquella humanidad habría utilizado esos conocimientos con fines egoístas y destructivos, alejándose de las leyes universales.
También Rudolf Steiner, en su Ciencia oculta, vincula el fin de la Atlántida con el uso indebido de conocimientos espirituales y con la consiguiente liberación de fuerzas destructivas de la naturaleza.
La catástrofe habría marcado la conclusión de una época, pero no la desaparición de toda su población. Según estas tradiciones, algunos atlantes habrían sido advertidos de la inminente destrucción y habrían llegado a otros territorios, llevando consigo parte de la antigua sabiduría.
En las enseñanzas de Siragusa aparece un vínculo particular con Egipto y con las poblaciones de Mesopotamia, donde algunos supervivientes habrían contribuido a transmitir conocimientos espirituales y científicos.
Junto a la migración física, la reencarnación habría representado otra forma de continuidad entre la Atlántida y las civilizaciones posteriores.
Los espíritus de quienes habían muerto en la catástrofe habrían continuado su recorrido a través de nuevas encarnaciones, también entre los pueblos que se desarrollaron en las épocas posteriores.
La historia humana, según esta concepción, no sería solo una sucesión de generaciones diferentes, sino también el largo camino de espíritus inmortales que regresan a la Tierra para continuar su evolución.
Es en este contexto donde cobra sentido la referencia de Giorgio a la pérdida de una parte del antiguo conocimiento.
La destrucción de la Atlántida habría tenido profundas consecuencias espirituales. Los errores cometidos habrían generado responsabilidades kármicas, mientras que la humanidad habría tenido que afrontar una nueva fase de maduración.
Esto no significa que los seres humanos hayan partido de nuevo de una condición de total ignorancia.
Steiner describe, en efecto, el paso de la época atlante a las posteriores como una transformación de la conciencia: el hombre habría perdido progresivamente algunas antiguas facultades de percepción espiritual, desarrollando al mismo tiempo una mayor individualidad y una conciencia más clara de sí mismo.
La evolución habría sido, por lo tanto, un proceso complejo, caracterizado no solo por nuevas conquistas, sino también por la pérdida de determinadas capacidades y por la necesidad de recuperar un conocimiento más consciente de las leyes universales.
Esta reconstrucción pertenece a las tradiciones esotéricas mencionadas, no a la historia de las civilizaciones tal como la reconstruye la arqueología. Sin embargo, su significado es central para comprender la respuesta de mi padre.
La humanidad que encontramos en las antiguas Escrituras, aun siendo capaz de construir grandes civilizaciones, se habría encontrado todavía dentro de este largo recorrido de maduración espiritual.
No era una humanidad carente de inteligencia o de conocimientos, sino una humanidad que aún no había desarrollado plenamente la conciencia necesaria para comprender y vivir la ley universal del amor.
A partir de esta condición se interpreta la relación entre Dios, el pueblo de Israel y las guerras relatadas en el Antiguo Testamento.
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El Dios de la guerra y la misión del pueblo de Israel
La respuesta de Giorgio a la contradicción entre el Dios de la guerra y el Dios del amor parte precisamente de la condición espiritual de la humanidad antigua. Según su visión, los hombres de aquellas épocas vivían en una fase evolutiva en la que la violencia, la conquista y la defensa del territorio representaban comportamientos profundamente arraigados en la vida de las comunidades.
La guerra era una realidad habitual mediante la cual los pueblos buscaban garantizarse la supervivencia, el control de los recursos y su propia afirmación. Esta condición no dependía de la ausencia de inteligencia, sino de un grado de maduración espiritual que todavía no permitía reconocer plenamente en el otro la misma dignidad y pertenencia a la vida universal.
Explicó que, en aquella fase de la evolución humana, también las intervenciones de las inteligencias espirituales superiores debían adaptarse a las condiciones concretas en las que vivían los hombres.
En su concepción, el universo está gobernado por una única inteligencia creadora, cuya naturaleza más profunda es el amor. Dentro de este orden actúan seres pertenecientes a jerarquías espirituales superiores, encargados de acompañar la evolución de las civilizaciones.
Entre estas figuras, en la tradición espiritual a la que hace referencia, adquiere particular importancia Adoniesis, identificado con Adonai, nombre que, en las Escrituras hebreas, se utiliza en cambio como título divino.
Esta distinción es importante porque no se trata de sostener la existencia de dos divinidades contrapuestas, sino de comprender distintas manifestaciones y funciones dentro de un único orden espiritual.
Según Giorgio, algunas de estas inteligencias superiores habrían acompañado directamente la historia de los pueblos, interviniendo también a través de acontecimientos militares.
Es en este marco donde se inscribe la misión del pueblo de Israel. En la reconstrucción propuesta por mi padre, Israel habría recibido una responsabilidad particular dentro del proyecto espiritual destinado a preparar la venida de Cristo.
No se trataba de una superioridad biológica o étnica, sino de una misión confiada a un pueblo que debía custodiar una alianza y atravesar una serie de experiencias históricas fundamentales. Su existencia, sin embargo, transcurría en un mundo marcado por guerras, invasiones y conflictos territoriales. En estas condiciones, las entidades espirituales que acompañaban a Israel habrían intervenido también militarmente para protegerlo y preservar la continuidad de su misión.
Esta es una de las claves para comprender los episodios del Antiguo Testamento en los que Dios aparece como un comandante de los ejércitos, imparte órdenes de guerra o apoya a su pueblo en la conquista de otros territorios.
La guerra no representaría la naturaleza última de Dios, sino una modalidad mediante la cual la justicia divina se habría manifestado en una fase histórica y espiritual dominada por la violencia.
Existe, en efecto, una distinción entre la justicia, que puede adoptar también formas severas e intervenir a través de los conflictos, y el amor, que constituye el principio más elevado del orden divino. Desde esta perspectiva, las intervenciones militares atribuidas a las entidades espirituales no habrían tenido el propósito de enseñar a la humanidad que la guerra fuera un valor eterno, sino de acompañar a un pueblo y a una civilización a través de condiciones que los hombres todavía no eran capaces de superar. La distinción es fundamental.
Dios no habría conducido a la humanidad hacia la guerra como destino final. Habría acompañado a hombres que vivían mediante la guerra, preservando un proyecto espiritual destinado a llevarlos más allá de aquella condición.
La responsabilidad de las decisiones humanas sigue siendo, en todo caso, central.
Los hombres conservan su libre albedrío y pueden elegir entre vivir mediante el sometimiento de otros o buscar formas más elevadas de convivencia.
La intervención espiritual se insertaría en este proceso sin anular su libertad. La historia de la humanidad se convertiría así en un recorrido en el que los seres humanos aprenden también a través de las consecuencias de sus propias decisiones, sin que la violencia deba considerarse una necesidad absoluta de la evolución. El objetivo último no sería, en efecto, perfeccionar la guerra, sino superarla.
Aquí se sitúa el significado de la venida de Cristo. Jesús no habría anunciado un Dios diferente, sino que habría manifestado plenamente aquella ley del amor que la humanidad de las épocas anteriores todavía no había logrado comprender y vivir conscientemente.
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Cristo y el cumplimiento de la revelación
En esta reflexión, la venida de Jesús representa un momento decisivo de la evolución espiritual de la humanidad.
Cristo no viene a revelar un Dios distinto al de las antiguas Escrituras, sino a manifestar plenamente su naturaleza, mostrando a los hombres un camino que hasta ese momento no habían sido capaces de comprender y recorrer en su totalidad.
En el Sermón de la montaña, Jesús afirma: «Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mateo 5,43-44). Estas palabras introducen un principio enormemente revolucionario.
Jesús no se limita a pedir a los hombres que moderen la violencia o que respeten determinadas reglas al gestionar los conflictos. Los invita a transformar radicalmente la manera en que miran al otro, superando la separación entre quien pertenece a la propia comunidad y quien es considerado un enemigo. Es una enseñanza que concierne, ante todo, a la conciencia. Amar al enemigo significa reconocer que el valor espiritual de un ser humano no depende de su pertenencia a un pueblo, de su religión o de la relación que mantiene con nosotros.
Desde esta perspectiva, Cristo manifiesta así el cumplimiento de un largo proceso de preparación espiritual. La humanidad es llamada a reconocer conscientemente lo que antes todavía no lograba vivir plenamente: la ley universal del amor.
También la misión confiada al pueblo de Israel adquiere, en esta lectura, un significado más amplio. Con la venida de Cristo, el mensaje divino ya no se dirige únicamente al pueblo de Israel, sino a todos los hombres y a todos los pueblos de la Tierra, sin distinción de origen, cultura o pertenencia religiosa.
La misión confiada antiguamente a Israel encuentra así su cumplimiento en la enseñanza universal de Jesús, sin que esto deba borrar la historia y la identidad religiosa del pueblo judío. Todo ser humano es llamado a reconocer a Dios a través del amor.
El cambio fundamental es, por lo tanto, interior: no basta con conocer una ley divina o respetar un mandamiento; es necesario transformar la propia manera de pensar, de actuar y de relacionarse con los demás.
Este es, a mi juicio, uno de los aspectos más profundos del mensaje de Jesús:
El conocimiento de Dios no puede separarse de la transformación de la conciencia humana.
Pero si Cristo ha indicado con tanta claridad el camino del amor, ¿por qué la humanidad sigue eligiendo la violencia? La respuesta nos conduce a otro elemento fundamental de esta reflexión: el libre albedrío.
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El libre albedrío, el karma y la responsabilidad humana
En la visión espiritual de mi padre, la evolución de la humanidad no sigue un recorrido rígidamente preestablecido.
Existe un designio divino que orienta la creación hacia una progresiva maduración de la conciencia, pero los seres humanos conservan la libertad de elegir cómo vivir y qué experiencias atravesar.
El libre albedrío representa, por lo tanto, una condición esencial de la evolución espiritual. Podemos elegir vivir según las enseñanzas de Cristo o seguir los impulsos del sometimiento, del egoísmo y de la violencia. Nuestras decisiones producen consecuencias, no solo en la vida individual y colectiva, sino también en el recorrido del espíritu.
Aquí se inserta el principio del karma, estrechamente vinculado, en esta concepción, a la reencarnación.
Según las enseñanzas espirituales a las que se hace referencia, el espíritu atraviesa múltiples existencias, llevando adelante un proceso de aprendizaje en el que las experiencias y las acciones realizadas contribuyen a su maduración. El karma expresa la relación entre nuestras elecciones y las consecuencias que estas generan.
Sin embargo, no debe reducirse a un mecanismo automático de castigo, como si todo sufrimiento fuera necesariamente el resultado de una culpa cometida en una vida anterior.
Una interpretación semejante correría el riesgo de transformar una ley espiritual en un instrumento para juzgar a los demás. Ninguno de nosotros posee el conocimiento necesario para establecer cuál es el recorrido kármico de otra persona.
Esta distinción adquiere una importancia particular cuando observamos las tragedias de la historia. La persecución de los judíos, la Shoá, las guerras y los sufrimientos de la población palestina no pueden utilizarse para atribuir a las víctimas presuntas responsabilidades espirituales. Quien comete una injusticia es responsable de sus propias acciones. Quien sufre la violencia debe encontrar en los demás solidaridad, protección y apoyo.
Es precisamente la enseñanza de Cristo la que nos indica cuál puede ser nuestra respuesta al sufrimiento. La compasión, la voluntad de aliviar el dolor en lugar del juicio y del sentimiento de culpa oculto.
Esto nos permite comprender otro aspecto de esta reflexión. El ser humano puede madurar a través de las consecuencias de sus propios errores, pero no es necesario atravesar el mal para alcanzar una conciencia más elevada.
El conocimiento, el servicio a los demás, la compasión y el amor representan caminos a través de los cuales el espíritu puede evolucionar sin tener que experimentar necesariamente el sufrimiento provocado por la violencia.
La libertad humana consiste también en esto: en poder elegir conscientemente un camino diferente. La historia no nos condena a repetir eternamente los mismos errores.
Pero ¿cuánto hemos cambiado realmente respecto de los hombres de las antiguas Escrituras?
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El Paráclito y la evolución del conocimiento espiritual
Durante nuestro diálogo, Giorgio sostuvo que el ser humano contemporáneo posee posibilidades de comprensión espiritual más amplias que las de las épocas antiguas.
Esta afirmación no significa necesariamente que hoy nos hayamos convertido en mejores hombres. Creo, en efecto, que es importante distinguir dos aspectos de la evolución: el crecimiento del conocimiento y la maduración de la conciencia moral.
A lo largo de los siglos, la humanidad ha desarrollado extraordinarias capacidades intelectuales. Hemos ampliado nuestra comprensión de la naturaleza, del universo y de los mecanismos que regulan la vida.
También en el plano espiritual tenemos acceso a enseñanzas que en otro tiempo estaban reservadas a grupos reducidos o eran difícilmente accesibles. Sin embargo, esta mayor disponibilidad de conocimiento no se ha traducido automáticamente en una mayor capacidad de amar.
Poseemos herramientas tecnológicas que nos permiten comunicarnos con cualquier parte del planeta, pero seguimos utilizando otras para destruir ciudades enteras.
Sabemos mucho más sobre el mundo que nos rodea, pero no siempre hemos aprendido a vivir en armonía con él.
Esta distinción hace particularmente significativo un pasaje del Evangelio de Juan. Durante su enseñanza a los discípulos, Jesús afirma:
«Muchas cosas tengo todavía que decirles, pero por el momento no son capaces de soportar su peso. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará a toda la verdad».
(Juan 16,12-13)
Jesús reconoce, por lo tanto, que sus discípulos todavía no están preparados para comprender todo lo que habría querido transmitirles. Por eso anuncia la venida del Paráclito, el Espíritu Santo, que seguirá guiándolos en la comprensión de la verdad.
En la tradición espiritual transmitida por Eugenio Siragusa y Giorgio Bongiovanni, esta promesa adquiere un significado que se extiende a todo el camino evolutivo de la humanidad.
El Paráclito no representaría únicamente una manifestación circunscrita a los primeros tiempos del cristianismo, sino una presencia espiritual que continúa actuando a lo largo de la historia. A través de hombres y mujeres llamados a misiones particulares, el Espíritu de la verdad seguiría inspirando y transmitiendo enseñanzas adecuadas a las capacidades de comprensión alcanzadas por el ser humano.
Desde esta perspectiva, el conocimiento espiritual podría ampliarse progresivamente, permitiendo a la humanidad comprender aspectos de las leyes universales que en el pasado todavía no estaba preparada para acoger.
Entre estas enseñanzas, en la tradición de Siragusa y Giorgio, adquieren particular importancia la reencarnación, el karma, la evolución de la conciencia y la relación entre la humanidad y las inteligencias espirituales del cosmos.
Se trata de profundizar en su significado a la luz de un conocimiento espiritual más amplio.
Es importante distinguir esta interpretación esotérica del significado literal del pasaje evangélico: Juan anuncia la acción del Espíritu de la verdad, sin describir explícitamente las modalidades a través de las cuales las tradiciones espirituales posteriores consideran que dicha acción puede manifestarse.
El principio que surge de esta lectura sigue siendo, en todo caso, coherente con la reflexión inicial sobre la revelación progresiva.
La verdad divina no cambiaría a lo largo de la historia. Lo que evolucionaría sería la capacidad del ser humano para comprenderla.
Pero un conocimiento más amplio implica también una responsabilidad mayor. Si hoy somos capaces de comprender mejor las consecuencias de la violencia, si hemos recibido enseñanzas espirituales más profundas y poseemos herramientas extraordinarias para mejorar la vida, no podemos seguir justificando nuestros comportamientos mediante la mentalidad de las antiguas sociedades guerreras.
El verdadero progreso espiritual no se mide únicamente por lo que sabemos; se manifiesta, sobre todo, en la manera en que elegimos vivir.
Conclusión
La elección que tenemos por delante
Quizás este diálogo haya disipado la contradicción que parece atravesar las Sagradas Escrituras.
El Dios de la guerra y el Dios del amor no representarían dos divinidades diferentes, sino distintas modalidades a través de las cuales una humanidad en evolución ha entrado en relación con el mundo divino.
Las manifestaciones divinas de las antiguas Escrituras habrían acompañado a los hombres a través de las condiciones de su época, mientras que Cristo habría revelado plenamente el principio hacia el que se orienta todo el recorrido evolutivo: el amor.
Son visiones que pueden ayudarnos a vivir nuestro presente, apartándonos de una interpretación exclusivamente histórica y del pasado.
Después de milenios de guerras y sufrimientos, poseemos ya conocimientos suficientes para reconocer las consecuencias de nuestras acciones y comprender que la violencia no puede representar el destino de la humanidad.
Podemos seguir repitiendo los mismos errores o elegir conscientemente un camino diferente. Esta es, creo, la mayor responsabilidad que se deriva del mensaje de Cristo. El conocimiento espiritual no debería limitarse a explicar el misterio de Dios o a interpretar los acontecimientos de la historia. Debería transformar nuestra manera de vivir.
Si nuestro conocimiento espiritual no produce una mayor capacidad de amar, perdonar, socorrer a quien sufre y reconocer la dignidad de los demás, debemos preguntarnos qué hemos conocido realmente.
Giovanni Bongiovanni
2 de noviembre de 2026

