EL PERFUME DEL MAESTRO

Por Facundo Perez
Sucede a menudo que, cuando leemos la vida del maestro Jesús, tendemos a idealizar y teorizar, cayendo en el error de vincularnos con ello de manera externa, casi como si fuera un texto meramente histórico. Vincularnos así con los textos sagrados hace que carezcan de sustancia y que la verdad deje de expresarse a través de símbolos.
Símbolos necesarios, como la escritura, para que por medio de ellos nos conectemos con la verdad. Verdad que debe ser abordada en nuestro interior como una idea multidimensional y multidireccional, que captamos, entendemos y de la cual nos nutrimos según el grado de vibración o nivel de consciencia desde el cual la abordemos.
Casi sin querer, de manera automática le damos demasiada entidad a la mente. Este proceso puede entenderse como el de un músculo: cuanto más se la ejercita, más se expande, pero a la vez disminuye el canal del plexo solar. Canal primordial por donde el verdadero conocimiento nos vivifica, donde "la verdad nos hará libres, pero libres de verdad".
Forzoso se vuelve entonces el camino de la mente al corazón, un camino que es antinatural, que nos impide avanzar y nos aleja de la verdadera gnosis. Así, todo se convierte en conocimiento vano, donde muchos filósofos han partido erróneamente en la búsqueda de esa amada gnosis, pero tristemente han quedado en un bucle de cada vez más preguntas sin respuesta.
Difícil es el camino de hacer carne aquello que la mente quiere forzar al corazón. Por tal razón, creo que la enseñanza del maestro Jesús es también aplicable cuando: "Nadie puede servir a dos señores; porque amará a uno y odiará al otro" (Mateo 6:24).
Cuando era un infante, siempre pensaba en Jesús. Lo imaginaba en la cena. En mi casa, siendo pequeño, armaba mi cama y dormía en un rincón, dejándole el lugar más grande y mi mejor almohada. En mi mente infantil calculaba el tamaño de un Jesús adulto, que abarcaría casi la totalidad de mi espacio de reposo. Lo imaginaba, lo veía dormir conmigo, lo veía tomando el té conmigo.
Recuerdo que en ese entonces me sentía invencible. Todo era posible. ¿Por qué tener miedo si Él está ahí, conmigo? ¿De qué podía dudar si Él está conmigo?
Siempre recordé ese momento con cierta gracia y ternura. Pero, dejando esos sentimientos de lado, decidí hacer lo mismo que hacía de niño. Comencé a pensarlo, a verlo, a imaginar sus ojos, a oler su perfume, el olor de la tierra en sus vestiduras, en sus sandalias. Sentía que lo iba a encontrar realmente al caminar por la plaza. ¿Por qué no habría de hacerlo, si es mi maestro? Comencé a vincularme desde el corazón.
Eso ha hecho que mi corazón se expanda. Que mis ojos dejen de extrañarlo. Que cuando leo algo de Él, sea Él quien me lo cuenta, quien me instruye y vivifica mi alma, mi mente y mi espíritu.
Al punto de verlo en todo como algo real, y no como una figura lejana y teórica, esto me ha generado las ganas de vivirlo: a través de lo social, a través de decir que no ante un sistema que está corrompido y busca corrompernos. Me hace querer buscar a mis hermanos, me llena y me completa con solo sentir el perfume del maestro.
Porque Él está conmigo.
La mente es una herramienta poderosísima que debe ser puesta al servicio de las demandas del espíritu, y no al revés. Si tan solo una vez viéramos y viviéramos a través del corazón, si nos vinculáramos con los conceptos sagrados conectando el canal del plexo solar, ciertamente la experiencia sería real y gratificante.
Y vivir esa verdad nos llevaría a la meta.
Y la meta es Cristo.
Isaías 29:13
Mateo 15:8
Con amor,
Facundo Pérez.
10 de abril del 2026
