
EL REINO DENTRO DE NOSOTROS: LA LLAMADA QUE TRANSFORMA EL CORAZON

Por Sara Marzario
Llevo días reflexionando sobre el llamado de Dios, sobre esa forma silenciosa pero poderosa en que Él entra en nuestro corazón y nos permite reconocer su voz. Es una presencia que no fuerza, sino que espera; una luz que se da en la medida en que nos abrimos. Y cuando encuentra espacio en nosotros, nos envuelve con un amor que fluye por todos nuestros sentidos interiores y habla a través de imágenes, intuiciones, sueños y pensamientos que evocan su rostro más íntimo, el que se guarda en lo más profundo del corazón.
En cada uno de nosotros esta oculta una preciosa semilla, dada y plantada por Dios: es la parte más luminosa del ser humano, la semilla más poderosa: «el Reino de Dios».
Pero esta en nosotros, con la luz de nuestra conciencia espiritual, aquella linterna interior que Dios ha puesto en nosotros, iluminarla y protegerla.
El Reino nace en el corazón; no se impone desde fuera: crece desde dentro a medida que nos abrimos a la gracia. Jesús nos dice:
«El Reino de Dios es como un grano de mostaza... cuando crece, se convierte en árbol»
(Mt 13,31-32)
Y de nuevo:
«El Reino de Dios está dentro de vosotros»
(Lucas 17:21)
Cuando lo acogemos con fe y amor, comienza a tomar forma en modo discreto, casi invisible pero capaz de transformar todo eso que vive en nosotros.
«El hombre, nacido de carne y sangre, renace en Dios por medio del Espíritu Santo» (cf. Juan 1:13; 3:5-6) De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de carne ,carne es, y lo que es nacido del espíritu espíritu es. (extractado tal cual de la biblia no se que va porque el sentido es otro al mensaje del autor).
Y al mismo tiempo, Jesús anuncia con potencia el Reino, que también es una promesa futura, vinculada a su Segunda Venida: «Entonces verán al hijo del hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria"» (Marcos 13:26). Es una esperanza, una certeza dada por Jesucristo, nuestro único Salvador, el que venció a la muerte. El que murió en la cruz por sus amigos. Él aparecerá glorioso, potente y majestuoso, trayendo la plenitud de su Reino a la tierra.
Para comprender y vivir este Reino, el Señor nos ha indicado el camino de las Bienaventuranzas. No son simplemente una enseñanza moral, sino la forma concreta de un corazón que se deja transformar por Cristo. Cada Beatitud es una faceta de su amor, un reflejo de la nueva vida que Él genera en nosotros.
Jesús mismo abre este camino al decir: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Es una invitación a confiar plenamente en Él, a reconocerlo como el único Señor y Salvador, Aquel que guía nuestras vidas hacia la luz. El Reino de Dios es Dios mismo.
Esta semilla es el punto de contacto entre alma, cuerpo y espíritu: un vínculo que desciende de lo divino y toca cada fibra de nuestro ser. En ese pequeño pero poderoso núcleo, se mueve Cristo, según la medida de nuestra apertura. Como un brote que busca la luz, el Reino también quiere crecer, transformarse, florecer. Pero todo comienza con un simple "sí": el deseo de dejarnos amar por Él y, a su vez, aprender a amarlo como Él nos ama.
Y así el Señor se acerca a la tierra donde plantó la semilla, aquel lugar interior donde podemos percibirlo. Según nuestra apertura, entra en profundidad y nos toca con su luz: la linfa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos nutre, sacia nuestra sed, acaricia nuestra alma y nos susurra lo que debemos comprender.
Nos muestra valores como la humildad, que es la clave para reconocer nuestra pobreza radical ante Dios; el abandonarse totalmente a Él, poniendo nuestra vida en sus manos y dejando que sea Él para guiarnos y para cuidarnos ; la caridad, la entrega a los otros; la justicia; la paz y la pureza del corazón, son valores que abren la puerta a la vida beata , a la vida del Reino.
Entonces, lentamente, el mundo adquiere un nuevo rostro. Una hoja, una brizna de hierba, un insecto, el respiro del aire, el canto de un pájaro, una flor que brota del cemento... Cada cosa empieza a hablarnos. En todo se revela la misericordia de Dios, su fuerza, su esplendor, su amor que envuelve a cada criatura.
Y cuando tu mirada encuentra un otro ser humano, no se detiene más en las apariencias. En cambio, ves la belleza de Dios reflejada en cada persona: criaturas maravillosamente imperfectas que, precisamente con su corage cotidiano, pueden contribuir a transformar el mundo.
Las imperfecciones se convierten entonces en un lugar sagrado: espacios a través de los cuales aprendemos unos de otros. Nuestras fragilidades, afrontadas con verdad, pueden convertir una gracia para quienes nos rodean, un ejemplo silencioso que nos anima y nos apoya, tanto a nosotros como a los demás. Así nos educamos mutuamente, permitiendo que Cristo obre a través de eso que somos.
Si primero elegimos ser libres, estar en paz y ser salvados por la presencia viva de Jesucristo, nuestro único Redentor, permaneciendo en Él y permitiéndo a Él morar en nosotros, entonces nuestro Libertador puede de verdad transformarnos. Jesús mismo nos prometió: «El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto» (Juan 15:5).
compartiendo eso que llevamos en el corazón y eso que recibimos de los demás, aprendemos a sostenernos y a crecer sin juicio. Si iniciacemos de verdad a vernos así, sin juicio, sino como instrumentos a través de los cuales Dios nos forma y nos hace madurar, ¡cuántas realidades nuevas podríamos construir juntos!
Es de esto que hablaba Jesús: un Reino que nace en el corazón y luego se irradia, transformando la vida y la sociedad.
Y así, el espíritu que contiene la semilla, que inicialmente no se comprendía a sí mismo, ahora sabe que una transformación está en marcha. Desconoce lo que está por venir, pero no quiere detenerse: desea acoger la luz del Espíritu del Señor, sabiendo que todo lo que sucederá será obra de Cristo y su voluntad. Por eso, se confía y se deja plasmar.
Nace entonces el deseo de contemplar las obras de Dios a través del Reino que habita en nosotros y de responder a su llamada a renacer según el corazón de Cristo.
Cada uno camina hacia Dios de una manera única, y cada camino debe renovarse continuamente en las pruebas, en las tentaciones, en las alegrías y en las luchas. Esto es especialmente cierto en los momentos de las llamadas interiores, siempre inesperadas, siempre sorprendentes. Y lo que más nos une, a pesar de nuestra diversidad, es la expansión del corazón.
No siempre vemos claramente las realidades espirituales: somos como seres vendados mientras vivimos en la dimensión material. Pero la presencia del Cristo en nosotros se reconoce con los ojos de la fe y del amor.
Jesús nos recuerda:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
(Mt 5,8)
Solo a través de la fe y la acción del Espíritu nos volvemos sensibles a Su voz.
No tenemos que esperar un acontecimiento especial para experimentar el Reino de Dios. Ya está aquí, listo para transformarnos por completo, si tenemos ojos para ver y oídos para oír. No es un ideal lejano: es una realidad presente que nos llega por medio de Jesucristo, nuestro Salvador y Señor, quien nos llama a la vida eterna.
Abramos, entonces, el corazón a su fuerza transformadora, dejando que nos plasme a imagen de nuestro Señor. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia(Mt 6:33), confiando en que, al crecer en nosotros, dará fruto más allá de nosotros.
Sara Marzario
2 de diciembre de 2025
Adjuntos:
Santa Navidad 2007. El Reino de Dios esta dentro de vosotros
