EL UNO Y EL OTRO DIÁLOGO FUERA DEL TIEMPO ENTRE GIORDANO BRUNO Y GIORGIO BONGIOVANNI

Por Erika Pais
El tiempo es lineal, se pliega, se detiene, trascurre, nos envuelve, puede ser atravesado, vivido, detenido…el tiempo.
El tiempo puede ser cualquier cosa que se nos ocurra y ocupar en nosotros cada partícula que elijamos donarle y con el poder que deseemos darle.
Porque el tiempo es en el silencio, es en el sonido, es en la angustiosa espera de un condenado a muerte y es en el efímero encuentro de los amantes.
En el tiempo No hay Roma. No hay Sicilia.
Hay simplemente un espacio sin fin, sin geografía. En el tiempo hay vida, hay muerte, hay encuentros donde las conciencias se reconocen. Donde se miran al espejo del ayer, del hoy, del mañana, de lo eterno.
El Uno está envuelto en una luz que no quema. En un silencio que entona melodías, en el trascurso de las cosas que detienen los suspiros.
El fuego para el ya no es castigo: es memoria transfigurada.
Mira el horizonte sin horizonte allí donde los ojos humanos no alcanzan a distinguir el inicio y el fin…
—El universo es infinito —dice.
No porque lo midiera, sino porque lo presentí.
Del otro lado, una voz que trae consigo el dolor, la alegría, el peso de la historia moderna y
la ansiedad de los últimos tiempos y que porta en su cuerpo humano la Sangre como signo responde:
—Y el tiempo no es eterno. Tiene límites. La justicia lo atraviesa.
Bruno sonríe.
—Tú hablas del fin. Yo hablé de lo ilimitado. Parece opuesto…
pero no lo es.
—No —responde el Otro—.
Porque el infinito sin justicia sería caos. Y la justicia sin infinito sería tiranía.
Silencio.
No el silencio de la censura. El silencio del entendimiento. Del reflejo de dos cuerpos atravesados por una única compenetración, dos encarnaciones, una vida.
—Te quemaron por romper el cielo —dice el Otro.
—Y a ti te cuestionan por señalar la tierra —responde el Uno.
Bruno avanza un paso en esa claridad que no proyecta sombra.
—El poder teme perder el centro.
—Y teme aún más ser juzgado —añade el Otro.
—Yo dije que los mundos son innumerables.
—Yo digo que las obras son contadas.
—Yo descentralicé el cosmos.
—Yo descentralizo la autoridad. Porque ésta no pertenece a los Hombres, le pertenece al Padre a través de Su Hijo
Se miran.
No como iguales en una época distinta, sino como proyección y perfección el uno en el otro. Complemento filosófico y espiritual atravesando el tiempo, la huella del Uno que lleva al Otro. La misma vibración, diferentes recuerdos. La Unión de las partes.
—Nos llamaron herejes —dice Bruno.
—Nos llaman exagerados, fanáticos, incómodos —responde el Otro.
Bruno alza la vista hacia ese infinito sin techo.
—Quizá temblaban más ellos.
El Otro inclina la cabeza.
—Y quizá aún tiemblan.
Un viento que no es viento atraviesa el espacio.
—¿Arderás también? —pregunta Bruno.
El Otro no responde de inmediato.
—El fuego cambia de forma. Pero el espíritu no negocia.
Bruno asiente.
—Entonces no somos el mismo hombre.
—No.
—Pero somos la misma pregunta.
—Sí.
Y en ese instante, infinito y juicio dejan de ser conceptos. Se vuelven una sola línea vertical
que atraviesa la historia. Una línea que no pertenece a la Iglesia, ni al Estado, ni a la plaza, ni al auditorio.
Pertenece al espíritu cuando decide no retroceder.
Y fuera del tiempo, El Uno y El Otro se funden, se confunden, se reconocen.
Como dos llamas distintas alimentadas por el mismo viento
Y ambos son el Otro fundido en el Uno.
En memoria de mi maestro eterno el de ayer, el de hoy y el de siempre.
