HE VISTO EL FUTURO EN SUS OJOS

Por Matilda Mulla
Luz.
Conocimiento.
Perspicacia.
Rigor.
Sensibilidad.
Pasión.
Fuego.
Dolor…
Todo esto, encerrado en los ojos de un hombre.
Cada vez que miro esos ojos, creo haber aprendido finalmente su color. Creo poder llevar conmigo ese color y guardarlo en la memoria. Pero, apenas me alejo, me doy cuenta de que se me ha escapado una vez más.
Quizás porque esos ojos no tienen un solo color.
A veces me parecen castaños, profundos como la tierra que ha bebido la lluvia. Otras veces azules, como un cielo lejano que oculta dentro de sí lo desconocido. Y algunas otras veces, adquieren un resplandor tan potente que me ciega y no me permite ver lo que se esconde detrás de ellos.
Pero yo lo siento.
Detrás de aquel resplandor no hay solamente un hombre.
Lo observo en medio de la multitud, entre la gente, entre los hermanos, y en mi mente afloran imágenes que me parecen extrañamente familiares, como si ya las hubiera visto o vivido alguna vez, en una época que mi memoria no logra alcanzar.
En mi mente aparecen imágenes lejanas, tan vivas que no parecen fruto de la imaginación. Me parecen familiares, como si ya las hubiera vivido, como si mi alma las hubiera visto en otro tiempo y ahora estuviera tratando de hacérmelas recordar.
Mi mirada se detiene en la parte superior de su cuerpo.
Veo sus manos.
Aquellas manos benditas que llevan sobre sí la Pasión de Cristo. Están vendadas, ocultas a los ojos del mundo, pero yo consigo verlas más allá de las vendas. Consigo sentir su dolor. Un dolor silencioso, profundo, que no pide piedad ni se lamenta. Un dolor que arde en el silencio y se transforma en amor por los demás.
No sé cómo llego sentirlo.
Luego mi mirada desciende más abajo y, ante mí, su cuerpo parece transformarse.
Veo dos pies descalzos.
Por un instante me quedo sin aliento. El corazón se detiene. Un escalofrío atraviesa todo mi ser, porque yo conozco esos pies.
Ya los he visto en alguna parte.
Son los pies de Jesús.
Son los pies que caminaron sobre el polvo de esta Tierra. Los pies que recorrieron los caminos entre los pobres, los enfermos y los abandonados. Los pies que fueron heridos por amor a la humanidad. Los pies que continúan caminando todavía hoy, a través del cuerpo de un hombre que ha aceptado llevar sobre sus propios hombros una carga que nosotros todavía no conseguimos comprender plenamente.
Y entonces todo se vuelve claro.
Jesús me está mostrando que Él es el tronco sagrado que mantiene fuerte a nuestro hermano. Es la raíz que lo nutre cuando las fuerzas lo abandonan. Es la sangre que corre dentro de su misión. Es la mano invisible que lo levanta cada vez que el cuerpo cae. Es el aliento que lo mantiene en pie cada vez que el dolor se vuelve insoportable.
Mis ojos se llenan de lágrimas cuando comprendo que Jesucristo se ha hecho carne y espíritu en medio de nosotros.
Nosotros Lo buscamos en el cielo, mientras Él camina tan cerca de nosotros.
Lo buscamos en milagros lejanos, mientras Él nos habla a través de la boca de Su siervo más fiel.
Nos guía a través de nuestro Juan, nuestro Giorgio, en este mundo herido, lleno de tentaciones, injusticias y dolor. En un mundo en el que el mal busca cada día apagar la luz, Él nos ha dejado una antorcha viva para que no perdamos el camino.
Observo ese cuerpo cansado.
Veo el peso sobre sus hombros. Veo las heridas, las noches sin dormir, las decepciones, las traiciones y los dolores que nunca nos ha contado. Veo cuántas veces puede haberse quebrado en silencio, mientras que ante nosotros siguió de pie.
Dentro de ese cuerpo veo dos seres que se reflejan el uno en el otro.
Veo a Cristo dentro del hombre.
Y al hombre disuelto dentro de Cristo.
Veo al Maestro y al discípulo. Al Padre y al hijo. A Aquel que llama y a aquel que responde: «Aquí estoy. Estoy aquí.»
Veo una unión tan profunda que ya no sé dónde termina el hombre y dónde comienza la voluntad del Cielo.
Y de repente, las imágenes del pasado y del presente comienzan a alejarse. Ante mis ojos empieza a aparecer otra escena.
El futuro.
Un futuro que me llena de paz y, al mismo tiempo, me rompe el corazón.
El bien ha triunfado sobre el mal. La oscuridad se ha retirado. Las guerras han callado. Las lágrimas de los niños se han secado. Los hombres ya no tienen miedo unos de otros y sobre la Tierra ha descendido una paz que hoy apenas nos atrevemos a soñar.
Ante mí aparece un gran estadio, abarrotado de miles y miles de personas.
Pero esta vez nadie ha venido para presenciar un partido de fútbol.
En el campo no hay jugadores. No hay adversarios. No hay vencedores ni vencidos.
Se está preparando la celebración de la mayor victoria que la humanidad haya conocido: la victoria de la luz sobre la oscuridad, de la verdad sobre la mentira, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte espiritual.
Han venido todos para honrar a aquel que, con su voluntad, su sufrimiento y su sacrificio, ha ayudado a la humanidad a no perderse para siempre. Aquel que la tomó de la mano en el momento más oscuro y la condujo hacia la salvación, hacia ese mundo nuevo.
Miro a mi alrededor y quedo maravillada.
Entre las personas caminan seres provenientes de otros mundos.
Altos, luminosos, serenos.
Nadie tiene miedo de ellos. Su presencia parece completamente natural, como si la humanidad finalmente hubiera recordado que nunca estuvo sola en el infinito de la Creación.
Y comprendo que los organizadores de aquel día no somos nosotros.
Son ellos.
Ellos también han venido llenos de gratitud. Ellos también han decidido honrar al hombre que entregó su propia vida para servir a las almas perdidas. Se ocupan de cada detalle para que todo sea perfecto, porque aquella no es una ceremonia cualquiera.
Es el día en que la Tierra y el Cielo recuerdan juntos una vida entregada enteramente.
Luego, de repente, una voz poderosa resuena por todo el estadio.
La multitud guarda silencio.
Incluso el tiempo parece detenerse.
Y la voz anuncia:
«Hoy estamos reunidos aquí para conmemorar el 50.º aniversario de la muerte de Giorgio Bongiovanni.»
En ese instante, algo se rompe dentro de mí.
Las lágrimas brotan de mis ojos y no consigo detenerlas.
Cincuenta años…
¿Realmente habían transcurrido cincuenta años desde que había dejado esta Tierra?
Entonces comprendo.
Lo había conseguido.
Tal como nos había prometido, había llevado a término su misión.
Todas aquellas almas que veía en el estadio, todas aquellas personas que finalmente vivían en paz, todos aquellos niños que ya no conocían el miedo, estaban allí también gracias a él.
Gracias a cada herida que había soportado.
Gracias a cada lágrima que había ocultado.
Gracias a cada noche en la que había permanecido despierto por nosotros.
Gracias a cada traición que había perdonado.
Gracias a cada golpe que había recibido sin jamás volver atrás.
Gracias a cada parte de su vida que había entregado a almas que quizás nunca habrían comprendido cuán profundamente las había amado.
Aquellas personas lo recordaban.
Sus hijos lo recordarían.
Generaciones enteras pronunciarían su nombre con gratitud, porque la obra que nace del verdadero amor no muere junto con el cuerpo.
Se convierte en luz.
Se convierte en memoria.
Se convierte en eternidad.
Y mientras toda aquella multitud honraba su obra inmortal, yo sentía un dolor profundo: habría querido volver atrás en el tiempo, a los días en que todavía estaba entre nosotros, para abrazarlo, tenderle la mano, decirle que no estaba solo.
Luego, de repente, la visión desaparece.
Regreso al presente.
Lo veo de nuevo delante de mí.
Todavía está aquí.
Todavía está entre nosotros.
Respira. Habla. Camina. Lucha. Sufre. Nos llama y nos espera.
Mi corazón late tan fuerte que parece querer salir del pecho.
Y comprendo la grandeza de este momento.
Hoy no estamos reunidos para recordarlo después de que se haya ido.
Hoy celebramos el 50.º aniversario de su obra mientras todavía está vivo, todavía entre nosotros, todavía comprometido en luchar para que nosotros podamos alcanzar ese futuro que se me apareció.
¡Qué don inmenso es este!
¡Qué tremenda responsabilidad!
Todavía tenemos la posibilidad de decirle: «Estoy aquí».
Todavía tenemos la posibilidad de tenderle la mano antes de que sea demasiado tarde.
Todavía tenemos la posibilidad de ofrecerle nuestros brazos cuando los suyos estén cansados, nuestro corazón cuando el dolor pese sobre él, nuestro amor cuando el mundo lo golpee y nuestra fidelidad cuando el camino se vuelva solitario.
Todavía tenemos la posibilidad de no dejarlo solo.
Él es el camino de la salvación que Jesucristo nos ha donado en la Tierra.
Es la voz que nos despierta cuando nuestra alma duerme.
Es la mano que nos arrastra fuera del abismo.
Es la antorcha que arde para mostrarnos el camino, aunque su propio fuego lo consuma cada día.
Él y solamente él.
Por eso hoy no quiero solamente honrarlo con las palabras.
No quiero solamente mirarlo desde lejos.
No quiero esperar al día en que ya no esté entre nosotros para comprender cuán valioso era cada instante a su lado.
Quiero darle todo lo que tengo.
Mis brazos.
Mi corazón.
Mi aliento.
Mi amor.
Mi fidelidad.
Todo mi ser.
Quiero convertirme en una pequeña piedra en el camino que él está construyendo para la humanidad. Quiero tomar sobre mí una parte, por pequeña que sea, de su carga. Quiero servir sin pedir nada, luchar sin miedo y permanecer incluso cuando los demás se vayan.
Porque yo he visto el futuro.
He visto la paz.
He visto a la humanidad salvada.
He visto a miles de almas pronunciar su nombre con lágrimas de gratitud.
Y ahora sé, más que nunca, dónde quiero estar.
Quiero estar a su lado.
No solamente en los días de luz, sino también en las noches más oscuras.
No solamente en la victoria, sino también en el dolor.
No solamente cuando la multitud lo aplaude, sino sobre todo cuando se queda solo.
Quiero caminar a su lado hasta mi último aliento.
Servir hasta que mis manos ya no tengan más fuerza.
Amar hasta que mi corazón dé su último latido.
Porque cuando miro en sus ojos, no veo solamente a un hombre.
Veo las llagas de Cristo.
Veo las lágrimas de la humanidad.
Veo el fuego de una misión que ni el dolor, ni la traición, ni la muerte pueden apagar.
Veo el pasado que nos llama.
Veo el presente que nos pide elegir.
Veo el futuro que nos espera.
Y en la profundidad de esos ojos, más allá del color que nunca he logrado distinguir, veo una promesa:
Que la luz vencerá.
Que su sacrificio no habrá sido en vano.
Que el amor salvará a la humanidad.
Y que un día, cuando todo se haya cumplido, el Cielo y la Tierra recordarán por la eternidad el nombre de aquel que ha entregado toda su vida para que nosotros pudiéramos vivir.
Con amor e infinita gratitud.
Matilda Mulla
26 de agosto de 2026
