LA GRANDEZA DEL SILENCIO Y LA PROFUNDIDAD DE LA ESCUCHA

Por Sara Marzario
En este maravilloso camino iniciatico, a través de las pruebas que Dios nos regala por amor, pude descubrir y comprender la grandeza del silencio y la profundidad de la escucha: no como simples prácticas externas, sino como un retorno al corazón auténtico, alla donde el Divino opera en nosotros.
He comprendido que escuchar es, ante todo, un estado del alma: no solo una acción, sino una disposición interior que nos hace sensibles a eso que va más allá de nosotros mismos, a la presencia viva de Dios. Cuando el corazón se vuelve dócil y se deja guiar por Cristo Jesús, los movimientos interiores se hacen más claros, como las notas de una sinfonía que acompañan la mirada del alma hacia espacios inexplorados.
El silencio se revela entonces como vientre fecundo de la creación divina, lugar oculto de aquello que debe nacer. No proviene del exterior, sino que es una luz que se enciende en las profundidades del espíritu, en ese espacio sin límites donde Dios habla sin ruido. Es allí donde se abren los canales de la verdadera comprensión, porque "el Reino de Dios está dentro de nosotros" (Lc 17,21). En el silencio guiado, la mirada se vuelve más atenta y mas verdadera, capaz de mirarnos a nosotros mismos y de acercarnos a los demás con respeto y compasión. No es tanto lo que nosotros decimos lo que transforma, sino lo que Cristo Jesús nos dice a nosotros y a través de nosotros.
He comprendido que el silencio es un don precioso en un mundo colmado de ruido y dispersión. Pidamos al Señor la gracia de habitar el silencio y de reconocer, en lo profundo, Su voz que guía. A menudo le tememos porque nos pone frente a nuestras fragilidades o porque lo confundimos con el vacío; en verdad el silencio es un espacio vivo y santo, morada de una Presencia que transforma. He comprendido que dejarse amar por Cristo significa abandonar nuestros miedos y abrir el corazón a Su toque.
En el silencio, Cristo revela un camino de equilibrio que conduce a la paz interior y abre a la madurez del corazón, enseñándonos el valor de un respeto auténtico que nace, ante todo, dentro de nosotros y luego se extiende a los demás. He comprendido que este respeto hunde sus raíces en reconocer la sacralidad de la creación de Dios y Su justicia. Cuando el amor es ordenado y firme, no hay necesidad de levantar muros: es el propio amor el que orienta decisiones rectas y responsables, convirtiéndose en una disciplina interior capaz de devolver cada cosa a su justo lugar.
Este camino nos enseña a relacionarnos no según la emotividad del momento, sino según la presencia de Dios en el otro. De aquí toma forma una empatía auténtica: no una simple participación emocional, sino una sensibilidad espiritual que nos permite percibir sus límites, sufrimientos, rechazos y alegrías sin perder nuestro centro.
Aprendemos así a relacionarnos no en función de lo que queremos afirmar a toda costa, sino en función de la persona que tenemos delante, dejando espacio a la persona que encontramos. "Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios" (Génesis 1,27). Cuando nos miramos con este amor respetuoso, muchas barreras construidas por el ego y el miedo comienzan a disolverse y, precisamente a través de esta liberación interior, reconocemos con mayor verdad que somos criaturas maravillosamente imperfectas, llamadas a crecer en el amor equilibrado, en la tolerancia y en la unidad. "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Marcos 12,31). El primer paso siempre parte de nosotros.
El alma que busca a nuestro Señor está llamada a un paso valiente: salir de sí misma para encontrarse verdaderamente, morir para renacer. En este camino se comprende, en su profundidad, que la presencia de Cristo Jesús es el primado constante de la vida interior, guía de toda transformación a través de las pruebas y del abandono confiado en Él: "Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará" (Evangelio según Mateo 16,25).
Estamos dentro de una escuela continua maravillosa y exigente, en la que nunca dejamos de aprender y conocernos a través de nuestro Rey, Cristo Jesús, vivo y operante dentro de nosotros, que nos da la posibilidad de conocerlo a su vez.
¡Cuán grande es Su misericordia para con nosotros! ¡Cuán grande es el amor de Dios, que se manifiesta en cada aspecto perfecto de Su creación! En cada instante, en el silencio y en la escucha, podemos percibir Su luz que nos envuelve y nos renueva.
También el activismo, vivido con esta mirada interior, se convierte en una fuerza guiada por lo Divino. No nace de la rabia, sino del amor, de la fidelidad a la verdad y del deseo de proteger y custodiar la vida en todas sus formas, incluso a costa de la vida misma.
Cuando Cristo está en el centro de cada acción, el coraje crece y la luz se convierte en testimonio vivo, incluso en los lugares más heridos del mundo. Cada gesto realizado por el bien, por la justicia y por la dignidad de la creación se transforma en oración encarnada, porque Cristo camina con nosotros y en nosotros. Así, cada acción hecha con fe se convierte en una semilla de transformación: no es solo compromiso humano, sino un camino compartido con Cristo, que guía, sostiene y renueva el corazón de quien elige amar sin miedo.
Sara Marzario
12 de febrero del 2026
