LA GUERRA DE LOS ANTICRISTOS Y LA PERDIDA DE LA CONCIENCIA HUMANA

Reflexiones para la Pascua 2026
Por Giovanni Bongiovanni
El mundo en tensión más allá de la geopolítica
En los últimos meses, el mundo parece haber entrado en una fase cada vez más inestable. Los conflictos se intensifican, aumentan las tensiones internacionales y poblaciones enteras siguen pagando el precio de decisiones tomadas lejos de su vida real.
Oriente Medio, una vez más, está en el centro de este escenario. Pero lo que está ocurriendo hoy no puede interpretarse únicamente como una guerra por intereses económicos o por el control de los recursos.
Las palabras que se utilizan y las referencias religiosas que emergen cada vez con más frecuencia en el discurso público indican que no estamos solo ante un conflicto de intereses, sino ante un enfrentamiento entre visiones del mundo.
El retorno de la religión en el poder
Frente a lo que sucede, la lectura más inmediata es la geopolítica. Se habla de equilibrios internacionales, de alianzas estratégicas, se analizan los movimientos de las grandes potencias y se buscan explicaciones en las relaciones de fuerza entre los Estados. Todo esto es real y es correcto comprenderlo.
Pero detenerse en este nivel significa captar solo una parte del problema.
Si se observa con mayor atención, emerge un elemento que no pertenece únicamente a la política o a la economía: el retorno explícito de un lenguaje religioso y escatológico.
En los últimos años hemos visto también en Occidente a líderes políticos acompañados de momentos públicos de oración y declaraciones en las que la referencia a Dios entra directamente en el discurso político, influyendo en la forma en que se interpretan los acontecimientos y los conflictos.
La dimensión religiosa se entrelaza cada vez más con el lenguaje del poder
Estamos acostumbrados a mirar a otras partes del mundo como realidades en las que religión y política se confunden, a menudo definiéndolas como teocráticas o fundamentalistas, y considerándolas implícitamente lejanas o inferiores respecto a nuestro modelo.
Pero si observamos con lucidez lo que ocurre también en Occidente, resulta difícil sostener que esta dinámica nos sea ajena. De formas distintas, siempre ha existido.
Este aspecto adquiere un significado aún más relevante si se observa a la luz de la historia reciente.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y gran parte de Occidente intentaron construir un equilibrio basado también en la separación entre religión y poder político, precisamente para evitar que visiones absolutas pudieran legitimar nuevamente conflictos y derivas extremistas.
Se trataba de impedir que la religión fuera utilizada como instrumento de dominio, sin negar por ello la dimensión espiritual.
En el siglo XX, incluso ideologías aparentemente alejadas de la religión recurrieron a lenguajes y símbolos pseudo-religiosos y mesiánicos. En el caso del nazismo, por ejemplo, el poder se presentó como portador de una misión histórica, utilizando símbolos y narrativas que evocaban una dimensión casi sagrada, aunque completamente vaciadas de su significado.
A la luz de todo esto, el retorno actual de un lenguaje cada vez más explícito en el que la religión entra en el discurso político y militar debería observarse con especial atención. No porque la religión sea un problema, sino porque lo es cuando se utiliza para justificar el poder y el conflicto.
Nos encontramos dentro de un clima cultural que se está reforzando, en el que la religión entra en el lenguaje del poder más allá de la esfera personal, influyendo en la forma en que se interpreta la realidad y se toman decisiones.
Es este paso el que hace que el escenario sea más complejo y, al mismo tiempo, más peligroso.
Mesianismos en conflicto y quién guía la historia
En este contexto, las visiones mesiánicas adquieren un papel cada vez más relevante en la determinación de las decisiones políticas. En algunos casos, la historia ya no se interpreta únicamente como un proceso humano, sino como el cumplimiento de profecías.
En el mundo occidental, en particular en Estados Unidos, algunas corrientes del cristianismo evangélico, a menudo vinculadas a una visión sionista, interpretan Oriente Medio a la luz de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
En esta perspectiva, textos como el libro de Daniel, el Apocalipsis y las profecías de Ezequiel son leídos como anuncios de una fase final de la historia marcada por un gran conflicto que precede al retorno de Jesucristo.
Israel, en esta lectura, asume un papel central, ya que su fortalecimiento y el retorno del pueblo judío a su tierra se interpretan como signos significativos en el camino hacia el cumplimiento de las profecías. Este proceso culminaría en un enfrentamiento final y en un juicio, en el que Cristo regresa como salvador, pero también como juez de la historia.
En el mundo judío religioso, en particular en algunos sectores vinculados al sionismo, la referencia sigue siendo la Biblia hebrea, el Tanaj, y los profetas como Isaías, Ezequiel y Zacarías. En esta perspectiva, Israel es destinatario de una promesa de restauración y centralidad en la historia, mientras que el Mesías aún no ha llegado y no es reconocido en Cristo, sino esperado como una figura futura capaz de guiar al pueblo hacia su plena realización.
Aquí el cumplimiento pasa por la afirmación de Israel y la llegada de un Mesías que actúa en la historia también en el plano político, no mediante un juicio universal guiado por Cristo.
En el mundo chiita, en países como Irán, la visión está ligada al retorno del Mahdi, una figura destinada a restablecer la justicia tras una fase de caos y conflicto. También aquí la historia es leída como un proceso que conduce a un enfrentamiento final.
De manera aparentemente paradójica, perspectivas incompatibles entre sí terminan convergiendo en la realidad concreta. Corrientes que reconocen a Cristo y corrientes que lo rechazan hoy sostienen los mismos procesos históricos, porque ambas interpretan los acontecimientos actuales como pasos necesarios hacia su propio cumplimiento final.
Cuando varias visiones consideran el mismo tiempo como decisivo, el conflicto puede acercarse e incluso ser favorecido.
La distorsión de lo sagrado y la pérdida de conciencia
Es aquí donde emerge una verdad más profunda. El problema no está solo en las ideologías, las religiones o las estrategias políticas. El problema está en el hombre, en la pérdida de su conciencia originaria.
Cuando el ser humano pierde el contacto con su dimensión más profunda, deja de buscar la verdad y comienza a buscar confirmaciones; adapta la realidad a su propio punto de vista. Es en este espacio donde nace la distorsión.
Las escrituras, que deberían ser instrumentos de elevación, se convierten en herramientas de justificación. Las profecías, que hablan al interior del hombre, se transforman en programas a realizar. Lo sagrado, que debería guiar hacia la unidad, se utiliza para legitimar la división.
En algunos casos, esta distorsión nace de una pérdida real de conciencia y de una lectura limitada de los textos. En otros, el lenguaje espiritual se utiliza conscientemente como herramienta para orientar el consenso y justificar el poder.
Es una diferencia sutil pero fundamental.
Cuando el hombre quiere sustituir a Dios
En este nivel, el hombre, perdiendo la conciencia y guiado por el deseo, comienza a querer determinar la realidad. Ya no se percibe como parte de un orden mayor, sino como quien debe realizarlo.
Es un arquetipo antiguo: el momento en que el hombre deja de ser servidor del diseño y busca ocupar su lugar.
Este paso ha sido representado simbólicamente por la figura de Lucifer, no como enemigo externo, sino como principio de separación.
El anticristo como principio de distorsión
En este contexto, el término "anticristo" adquiere un significado más profundo. No es solo aquello que se opone a Cristo, sino aquello que adopta su lenguaje vaciándolo de sentido.
Se presenta como promesa de salvación que no libera, sino que controla; como orden que rigidiza; como paz que prepara el conflicto.
Cristo y la inversión del poder
Aquí el mensaje de Jesucristo revela toda su radicalidad.
Cristo no entra en la lógica del dominio. Su fuerza reside en la relación, en el servicio, en la conexión con el Padre incluso en la prueba. No impone, no domina, no construye poder. Y precisamente por eso es rechazado.
Retorno a la conciencia y acción en el mundo
Reconocer esta diferencia significa mirar hacia dentro. El único espacio en el que realmente podemos actuar es nuestra conciencia. Es allí donde se originan las dinámicas que luego se reflejan en el mundo. Desde este trabajo interior puede surgir una acción concreta.
FUNIMA International, organización humanitaria que presido, nace con esta intención: actuar en el mundo junto a las personas más vulnerables. Desde hace algunos meses estamos presentes también en Gaza, apoyando a las poblaciones afectadas por esta guerra. Pero hay también una dimensión más profunda: estar allí significa posicionarse en dirección opuesta a las fuerzas de separación, llevando una acción basada en la unión y el amor. No se trata solo de intervenir en las consecuencias visibles, sino de asumir una nueva conciencia.
Es un trabajo que FUNIMA International acompaña cada día a través de sus acciones en el mundo.
Giovanni Bongiovanni
Presidente de Funima International
4 de abril de 2026
