LA INFANCIA DE JESÚS Y LA MISIÓN DE CRISTO

08.03.2026

Por Luigi Benedetti

No hay muchas citas del Evangelio que se refieran a la infancia de Jesús, un argumento siempre envuelto en un velo de misterio. Sin embargo, es bien conocida la importancia de los primeros años de vida en el desarrollo de una persona, de su carácter y de su personalidad.

La figura de Jesús ha sido evaluada correctamente por las hazañas y los milagros realizados durante su misión, como un jóven de treinta años que era, pero hay pocos datos que permitan formarse una imagen precisa y detallada de sus primeros años de vida y de su infancia.

Por suerte, hoy tenemos la posibilidad de consultar un cronovisor vivo e inmortal que, a través del tiempo, nos muestra las imágenes y los recuerdos pasados que han involucrado a la persona de Jesús. Todo lo que gira en torno a este jóven, hombre-Dios, podemos hacerlo nuestro escuchando el espíritu de la verdad que siempre ha flotado en el tiempo y que, a través de sus personajes, megáfonos humanos, habla al mundo por medio de la estirpe de Juan. Pero como el mundo es sordo a sus llamados, se ha elegido a un pequeño número de almas sensibles, porque ya conocen su voz y comprenden sus palabras.

No podemos separar la figura de Jesús de la de los dos Juanes, y no solo porque estuvieran vinculados a él hace dos mil años, uno como precursor y el otro como discípulo amado, sino también y sobre todo porque estos tres espíritus representan una sola voz, una sola enseñanza, un solo linaje solar que, desde los tiempos de la Atlántida hasta nuestros días, saca a la luz la verdad en todas sus facetas. Y es por esto que hoy podemos conocer hechos y acontecimientos relacionados con los primeros años de la vida de Jesús en Palestina.

A propósito de esto, el sábado 21 de febrero de 2026 se ha celebrado en Milán una bellísima entrevista a Giorgio Bongiovanni titulada precisamente «La infancia de Jesús y la misión de Cristo».

A través de las numerosas respuestas que Giorgio ha sabido dar, llegamos a conocer a un Jesús como ningún texto sagrado nos lo había descrito, con detalles y particularidades que solo quienes han vivido con él pueden contar.

El nacimiento de Jesús

Por ejemplo, hoy sabemos que Cristo ha construído su cuerpo en el seno de la Santa Madre, es decir, que científicamente la semilla biológica ha sido insertada en el óvulo de María. Esta semilla tenía un código genético no humano que ha producido el cuerpo perfecto de Jesús, que albergaría el espíritu del genio solar Cristo.
Sabemos que Jesús, desde su nacimiento, tenía un coeficiente intelectual muy elevado. Ya era consciente de ser el instrumento del hijo de Dios. En el momento de su nacimiento, Jesús establece un contacto entre el espíritu de Cristo y el espíritu cósmico de la Santa Madre. De esta manera, se convierte en el dominador de los elementos naturales: agua, aire, tierra y fuego. 

Su formación y su vínculo con Juan el Bautista

En su gran humildad, Jesús creció adaptándose a las reglas del mundo, jugando como todos los niños, estudiando en la escuela y siguiendo las enseñanzas y reglas de los esenios. Pero en realidad él era el maestro, era él quien, respetando las reglas, enseñaba a los demás la esencia crística. Era él quien enseñaba a los esenios los preceptos de la Atlántida, y no al contrario. El vínculo con el Bautista era tan fuerte que este acudía a los esenios para escuchar las enseñanzas de Jesús.

Juan el Bautista estaba muy triste por no poder acompañar a Jesús en su misión. Juan tenía un temperamento muy fuerte y habría defendido a Jesús hasta el final, incluso yendo en contra del plan de Cristo, por lo que ha sido detenido y luego con su muerte física. Antes de su arresto, Jesús lo va a visitar por la noche diciéndole que no debería haberse entrometido en su misión, prometiéndole también que algún día revelaría a la humanidad la verdadera identidad de Jesucristo. Y esto es lo que está sucediendo hoy mismo. 

Jesús curaba a todos con su alegría

Sabemos que Jesús sentía alegría en la conmiseración. Cuando se reunían multitudes de miles de personas, Jesús imponía las manos y sanaba a todos. Los enfermos se curaban a través de su alegría, es decir, se alimentaban de su felicidad y se curaban, porque Jesús era capaz de ser feliz al ver la alegría en el prójimo. Él también quería hacer feliz a Judas y, en ese momento, el genio solar de Cristo corría el riesgo de perderse, experimentando algo que no conocía, es decir, la profunda tristeza, el vacío total. Por eso el Padre lo envía al Getsemaní, haciéndolo tentar por su instrumento que lo pone a prueba en el amor y la fidelidad. Pero Cristo logra vencer la tentación, transformando su tristeza en alegría. 

La peculiaridad de Cristo, Hijo de Dios

La peculiaridad de Jesucristo es que Él es el Hijo de Dios. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. A Él todo le está permitido. ¿Qué puede hacer el apóstol Juan? ¿Qué puede hacer el maestro Yogananda? ¿Qué puede hacer San Francisco? ¿Qué puede hacer Padre Pío? ¿Qué puede hacer Krishna? ¿Qué puede hacer Buda? ¡Mucho! Todos ellos pueden hacer mucho, ¡pero no todo! ¿Y qué puede hacer Jesucristo, el Hijo de Dios? ¡Todo!


Muchísimas otras cosas nos fueron donadas en el encuentro que pueden ver en su totalidad en el enlace que aparece a continuación.

En la fe,
Luigi Benedetti
27 de febrero de 2026