LA VÍA DE LA PASIÓN DE JESÚS

Por Antonietta Fusco
Introducción
Jesús no dice: «Es como si me lo hubierais hecho a mí», sino: «A mí me lo habéis hecho».
La caridad posee una fuerza casi sacramental: hace presente a Cristo. Así, los demás no son solamente un reflejo de Cristo, sino que también son Cristo para quienes viven de la fe y de la justicia. La justicia jamás es inferior a la misericordia; ambas caminan juntas.
Cuando descubrimos la maravillosa unión cristiana, descubrimos también qué es el verdadero amor; lo reconocemos hacia el prójimo a través del sacrificio de una justicia amorosa hacia nosotros mismos. Quien vive con una fe firme encontrará el rostro de Cristo en el rostro del hermano y, al mismo tiempo, la vida cristiana del hermano alimentará su propia fe. Será imposible e insoportable excluir de la propia vida a cualquier ser humano.
¿Cómo es posible adorar a Cristo en la comunión si no se le reconoce en todos aquellos que encontramos? Si alguien dice: «Yo amo a Dios», pero luego odia a su hermano, es un mentiroso, un hipócrita. «Quien no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?»
El amor a Dios y el amor al prójimo son dos realidades que no podemos abrir o cerrar según nuestra conveniencia. Debemos vivirlas con profundo Respeto, porque Jesús, con Su Pasión y Su Muerte, nos enseña que una está unida inseparablemente a la otra. No se puede alcanzar la justicia si antes no se ama al prójimo como a uno mismo, e incluso más que a uno mismo.
Primera Estación
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
Él, el Rey del universo, es burlado y entregado como alimento a los lobos, como un cordero llevado al matadero. Se somete con total aceptación a los sufrimientos y a los más amargos abusos que aquella humanidad le inflige.
Acepta Su condena e invita a cada uno de nosotros a aceptar la nuestra, ya sea que provenga de la culpa o de la inocencia. Él, el Inocente, el Sin Mancha, el Varón de Dolores, acepta todo únicamente por ti, por nosotros, por la humanidad, dispuesto a demostrar hasta dónde está dispuesto a descender en el abismo más profundo del sufrimiento, solo para hacer comprender al hombre que su Dios lo ama.
Manifiesta así Su amor absoluto, sabiendo de antemano que, a pesar de toda evidencia, será ridiculizado y rechazado. Nos enseña que seguirlo significa prepararnos para no ser comprendidos, para ser considerados locos. Solo así podremos aceptar nuestra propia Cruz y llevarla con gran devoción.
Él nos invita a no lavarnos las manos como Pilato, sino a asumir nuestras responsabilidades, sin descargar la culpa sobre otros ni desviar el discurso para responsabilizar a terceros.
Segunda Estación
JESÚS TOMA LA CRUZ SOBRE SUS HOMBROS
Cuando toma Su Cruz, de manera inexplicable la besa y la estrecha contra Sí, como si fuera un trofeo, un don incomprensible.
Nos invita a tomar nuestra propia cruz y a seguirlo, a pesar de todos nuestros defectos, nuestros pecados y nuestras faltas.
Tomemos nuestra cruz siguiendo Su enseñanza y llevemos cuanto podamos, recordando que el Padre jamás nos dará una cruz más pesada de la que somos capaces de llevar y soportar.
Nos enseña a cargarla sin quejas, sin victimismo, sino con paciencia y perseverancia, porque estas son las bases fundamentales para formarnos en la humildad.
Solo la aceptación de nuestra propia cruz y el honor de llevarla nos harán comprender que, mediante el sufrimiento que el Padre permite, Él mide Su misericordia hacia nuestras culpas.
Llevar la cruz significa vivir con honestidad, dignidad y santo temor de Dios.
Quien no toma su propia cruz no lo sigue, no es digno de Él.
Él la llevó con dignidad, soportándolo todo siendo inocente; la llevó sin lamentarse, sin gritar y sin caer en el victimismo.
¡Maestro de vida eres Tú! ¡Y cuán miserables criaturas somos nosotros!
Tercera Estación
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
Su cuerpo, ya herido de una manera sobrehumana, y la fiebre elevada lo habían dejado sin fuerzas.
Cuando cae, sobre Su hombro derecho se abre una llaga que permanece descubierta. En Su interior se desencadena una inmensa devastación. Pero Él, ¿qué hace? ¿De dónde encuentra la fuerza? Se levanta de nuevo, y lo hace casi de inmediato.
La multitud lo observa con indiferencia; otros le escupen el rostro; algunos lo patean, y los soldados romanos continúan descargando sobre Él sus azotes, sin moderación ni compasión.
Padre nuestro, ¿es posible amar tanto a quien se burla de Ti, a quien Te maltrata, Te ultraja y Te blasfema sin piedad?
Nuestra salvación es el amor que Tú alimentas por nosotros.
¿Quién de nosotros es capaz de no experimentar jamás odio, como Tú? Un sentimiento que nunca Te perteneció ni jamás Te pertenecerá.
Tu único sentimiento es perdonar, perdonar siempre.
Este es el camino más importante que debemos recorrer, porque mediante el perdón se alcanzan la comprensión y la caridad, unidas ambas a la tolerancia y a la libertad de expresar siempre la verdad.
Jesús nos enseña que debemos agradecer incluso el sufrimiento, porque también él es un don, al igual que la alegría.
Cuando llega el dolor, ya sea por martirio o por karma, deberíamos aceptarlo comprendiendo que ese es también Su modo de amarnos.
Antes debemos ser profundamente humillados; solo entonces podremos comprender, quizá, Su designio más grande para la humanidad.
Cuarta Estación
JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE
Jesús encuentra a Su tierna y devotísima Madre, a quien habían apartado bruscamente. Ella guardaba en su corazón un inmenso dolor, un dolor semejante a una espada que lo atravesaba.
Imaginemos, humanamente, el sufrimiento de una madre que contempla a su propio hijo humillado, llevado a la fuerza, azotado, golpeado, escupido en el rostro, ridiculizado como un falso rey, presentado ante Pilato con el cuerpo destrozado por terribles heridas, coronado de espinas y cubierto con un miserable manto de púrpura.
Y después, verlo cargar la Cruz para morir clavado en ella.
¿Qué madre podría soportar un dolor tan indescriptible?
No encontramos palabras capaces de narrarlo; mucho menos de experimentarlo.
¡Oh Santísima Madre! ¡Cuánto dolor guardaste en Tu frágil y humilde corazón!
Aceptaste todo por Voluntad Divina, abandonándote por completo a ella.
Debemos aprender del sufrimiento de la Madre del Cielo y de la Tierra, comprendiendo que solo mediante la humillación adquirimos humildad; solo aceptando el dolor llegamos a comprender los valores de la justicia y de la libertad, hasta amar al prójimo incluso más que a nosotros mismos.
Solo entregándonos al Padre alcanzamos la verdadera caridad del espíritu.
Solo enfrentando nuestros propios límites y errores obtenemos la conversión.
Ella, la Inmaculada, aquella que fue elegida por el Espíritu Santo desde el principio para ser el nido de la Redención, ofrecido por nuestro Padre y Señor a toda la humanidad.
La Madre nos enseña que el amor posee dos puertas inseparables, que solo pueden abrirse o cerrarse al mismo tiempo: el amor lleno de devoción que Jesús siente por Su Madre, y el amor que Su Madre siente por Él. Ese es el verdadero fundamento de una familia santa.
¿Amamos nosotros a nuestra madre como Jesús amó a la Suya?
¿Somos capaces de sentir el dolor de una madre, su abandono confiado a la Voluntad del Padre Celestial?
La respuesta es una sola:
«No existe mujer más humilde.»
Perdónanos, Madre, porque todavía no comprendemos tu martirio, que es igual al de Tu Hijo.
Quinta Estación
JESÚS ENCUENTRA AL CIRENEO
Jesús carga la Cruz para enseñarnos a vivir y también a saber morir con dignidad y honor.
Cae una y otra vez; ya no puede más, pero sabe dónde encontrar la fuerza y vuelve a levantarse.
Los soldados, al verlo completamente agotado e incapaz incluso de mantenerse en pie, obligan a un hombre del pueblo, un tal Cireneo, a ayudarle.
No lo hicieron por compasión.
Lo hicieron porque necesitaban que llegara vivo al lugar de la crucifixión.
Su diversión nunca cesó; continuaron atormentándolo cuanto pudieron.
¿Cómo puede un hombre permanecer insensible ante un sufrimiento tan sobrehumano?
Jesús nuestro, deberíamos avergonzarnos profundamente por todas las veces en que, consciente o inconscientemente, Te hemos ridiculizado, insultado o rechazado, cuando aún no Te conocíamos y ni siquiera deseábamos conocerte.
Perdónanos.
Perdona nuestra indiferencia, por no saber reconocer el sufrimiento de los más pequeños y de los más pobres.
Nos enseñas que, a lo largo del camino de la vida, habrá caídas y levantadas.
Y cuando ya no tengamos fuerzas para levantarnos, podremos pedir ayuda, tal como Tú lo hiciste.
No es una vergüenza pedir ayuda.
Es un gran acto de generosidad, porque permite que el otro crezca en la caridad.
Donde existe una fuente de oración, allí también brotan la bondad y la caridad.
El camino del Calvario, entendido como la vida de cada uno de nosotros, puede ser largo o breve; pero si llevamos nuestra cruz y, de vez en cuando, permitimos que otros nos ayuden, como hizo Jesús, y a la vez ayudamos nosotros a los demás a llevar la suya, entonces el peso de nuestro sufrimiento será más ligero.
Sexta Estación
JESÚS ENCUENTRA A LA VERÓNICA
A veces encontramos rostros que reflejan corazones bondadosos; a veces nos cruzamos con un alma caritativa, como la Verónica, que secó el rostro de Jesús, cubierto de sangre, polvo y hematomas.
Cada lágrima que derramamos por el dolor o por amor a nuestro prójimo hace que en nuestro propio rostro pueda manifestarse la misericordia de un Padre Bueno y Justo.
Quien llora por amor tendrá el rostro lleno de alegría, porque el mismo Jesús secará una por una todas sus lágrimas, así como la Verónica secó las Suyas.
¿Secamos nosotros el rostro de Jesús como lo hizo la Verónica?
¿Estamos dispuestos a exponernos incluso al ultraje y a ser golpeados por la multitud?
¿Damos la cara para decir la verdad y vivir conforme a la verdad?
Solo lo haremos cuando tengamos la conciencia de defender al más débil; cuando estemos dispuestos a perder nuestra reputación o a ser considerados locos por una causa justa.
Lo importante es ser Camino, como Jesús, que es el verdadero CAMINO y la Sangre preciosa.
Debemos comenzar a parecernos más a la Verónica, quien, sin miedo alguno y sostenida únicamente por una inmensa fe, sintió verdadera compasión por un hombre cuyo sufrimiento descendía hasta las entrañas más profundas de la Tierra, hasta hacerlo casi irreconocible.
El acto de caridad realizado por ella es sublime a los ojos del Padre.
Ella vio a un hombre santo y justo que perdía pedazos de carne, que estaba muriendo desangrado.
Lo conociera o no, eso no tenía importancia.
Lo verdaderamente importante era la caridad que sentía por Él.
Nosotros, en cambio, estamos demasiado acostumbrados a juzgar en lugar de tender la mano, y eso es profundamente injusto.
Séptima Estación
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
Prosigue Su camino cuando cae por segunda vez, agotado, al límite de Sus fuerzas.
Sin embargo, vuelve a levantarse para enseñarnos a no rendirnos cuando nosotros caemos.
Nuestras caídas pueden provenir del pecado, del cansancio, de la pereza, de la enfermedad...
No importa cuál sea su origen.
Lo verdaderamente importante es volver a levantarse.
El hombre es egoísta, y ese egoísmo lo lleva a rebelarse contra el Padre, porque no soporta ninguna imposición.
Sin darse cuenta, se aleja inexorablemente de Él.
El egoísmo nos vuelve soberbios, vanidosos y carentes de toda caridad hacia el hermano.
Jesús nos enseña, mediante Sus caídas, que la vida está llena de ellas y que debemos levantarnos una y otra vez.
Solo levantándonos venceremos la caída.
Este es el momento decisivo para cada uno de nosotros:
o nos arrepentimos,
o dejamos que la mundanidad nos venza.
Si elegimos a Cristo, Él nos sostendrá en cada tribulación y en cada caída.
Entonces aprenderemos a discernir el bien del mal y seremos moldeados por el bálsamo de Su protección.
Octava Estación
JESÚS ENCUENTRA A LAS PIADOSAS MUJERES
Cuando Jesús encontró a las piadosas mujeres que lloraban, les dijo:
«No lloréis por Mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué no harán con el seco?»
La mayor consolación que podemos ofrecer consiste en consolar antes que buscar ser consolados.
¡Cuán agradable habría sido para Jesús recibir consuelo!
¡Qué inmenso acto de caridad sería consolar al Hijo del Hombre!
Nosotros consolamos a Jesús cuando estamos presentes en los hospitales, en las cárceles, cuando alimentamos a los sin techo, cuando defendemos al justo, cuando protegemos a un niño.
Consolar a Cristo significa actuar.
Significa salir a las plazas, dar la cara.
Él no nos pide holocaustos.
Nos pide obrar el bien con perseverancia, orar en el silencio de nuestra habitación y en lo más profundo de nuestra alma.
Él aceptó aquella Cruz y fue encarcelado no solamente para ser recordado, sino, sobre todo, para ser imitado, con mansedumbre y perseverancia, en la vida de cada día.
Novena Estación
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
Por tercera vez vuelve a caer, completamente extenuado. Su rostro es ya irreconocible, cubierto de hematomas, con el ojo derecho casi totalmente cerrado. Su cuerpo entero estaba sumido en una agonía lenta y despiadada.
¡Oh, Señor mío! Te hundes en el polvo, haciéndote uno con él. Ya no tienes ningún pudor en mostrarte como «nada» delante de Tu Padre. ¿Por qué?
Para ofrecer al soberbio la inmensidad de Tu misericordia, porque el hombre soberbio está convencido de que siempre tiene razón.
Pero ¿qué es la justicia y quién es el justo?
Justo es quien vive conforme a la verdad, quien tiene el valor de ser una ética viviente. Justo es quien respeta la justicia y la pone en práctica cada día.
La humillación de Cristo también es ofrecida al impío que siembra discordia, dolor y división.
El hombre necesita la prueba infinita de Tu amor. Debe conocerla y sentirla en su propia carne; debe ver hasta qué extremo de ignominia es capaz de llegar el Creador de todas las criaturas y de todas las cosas para alcanzar el corazón del ser humano miserable.
Sin detenerse, vuelve a levantarse, porque el hombre, a pesar de su odio, continúa maldiciéndolo, mientras Él prosigue Su Calvario bendiciéndolos.
¡Oh Jesús! ¿No eres Tú el Dios de la Paz y del Amor, que desciende hasta el abismo de la Tierra?
¿Te cubres de polvo para reconciliar el Cielo y la Tierra, como si quisieras ofrecernos el beso de la paz?
Enamorado de nosotros, a pesar de las torturas, para hacernos hijos del Sumo Bien, nos has llevado y continúas llevándonos en Tus brazos, como una madre protege a su hijo haciéndose una sola cosa con él.
¿Quién eres Tú?
Cargas sobre Ti todo esto sin juzgarnos, mientras nosotros, miserables, no dejamos de señalar con el dedo, y Tú abrías los brazos para abrazar hasta al último de los hombres.
Décima Estación
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
¡Cuánta serenidad y cuánta dignidad cuando Te despojaron de Tus vestiduras!
Esta nueva y terrible humillación atravesó Tu corazón incluso antes de que la lanza del soldado lo abriera.
Arrancaron Tus vestidos sin ninguna compasión, repartiéndoselos como un trofeo. ¡Cuánta vergüenza sentías por ellos!
Sin el menor respeto, se reían de Ti, Te escupían al rostro y al cuerpo; y si encontraban alguna parte aún no herida, la golpeaban nuevamente con una crueldad indescriptible.
Nos enseñas, pobres y miserables criaturas que somos, que cuando atravesamos situaciones difíciles o de escándalo, nunca debemos utilizar nuestro cuerpo como instrumento para alcanzar un objetivo, aunque este parezca justo o verdadero.
El cuerpo merece tanto respeto como el espíritu.
La televisión transmite constantemente anuncios y películas donde el cuerpo es exaltado como símbolo de placer o de escándalo.
Perdónanos por todas las veces que hemos ofendido nuestro cuerpo mediante la embriaguez, el tabaco, las drogas, los excesos sexuales y tantos otros desórdenes, olvidando que nuestro cuerpo es templo del espíritu.
Dividir las vestiduras significa dividir las religiones y las instituciones.
Y sabemos perfectamente a quién pertenece el nombre del gran divisor.
Undécima Estación
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
Te acomodan sobre la Cruz, estirando Tu cuerpo hacia todos los lados.
Todavía no estaban satisfechos.
Sin embargo, ni un solo hueso de Tu cuerpo fue quebrado.
El verdadero dolor consistía en saber que aquellos clavos significaban el final de todo movimiento para Tus manos y Tus pies.
Sabías que ya no podrías volver a abrazar a los niños que tanto amabas llamar junto a Ti.
Era el final de la posibilidad de anunciar Tu Palabra a aquellos hombres que aún no habían comprendido —y todavía hoy muchos no comprenden— el fruto de Tu esencia divina y universal.
Este es el Santo Evangelio:
el Amor incondicional del Padre.
El fundamento del Evangelio es el amor de los unos por los otros.
Quisiste llegar hasta el final, Señor mío.
Casi Te obligaste a no morir antes de tiempo para que el hombre pudiera contemplar plenamente la inmensidad de Tu amor por cada uno de nosotros.
En aquellos clavos nos contemplabas a todos:
a Tus hijos,
a Tus amigos,
a Tus enemigos.
Veías Tu vida entregada gratuitamente por nosotros.
¿Cómo puede amarse de esa manera?
Nos enseñas que solo quien entrega su vida por los demás manifiesta al verdadero Dios escondido.
En aquellos clavos veía a toda la humanidad.
Veía Tus ojos llenos de amor y de compasión hacia quienes viven en la angustia, en la perdición y en el sufrimiento más profundo.
Aquellos ojos que se empeñaban en permanecer abiertos para mostrarnos Tu perdón inmenso e infinito.
Deberíamos preguntarnos:
¿Seremos capaces algún día de dejarnos crucificar por Ti?
¿O nuestras palabras son solo palabras?
¿Amamos verdaderamente a nuestro prójimo?
No.
Todavía no hemos alcanzado ni una pequeña parte de la humildad que se nos exige.
Y comprendemos que ningún ser humano podrá jamás amarte como Tú nos amas.
¿Estamos dispuestos a clavar en la cruz todos nuestros defectos?
¿A crucificar nuestros vicios, nuestros miedos, nuestra soberbia, nuestra arrogancia y nuestra extrema vanidad?
¡Oh Maestro nuestro!
Te adoramos...
pero quizá solamente con los labios.
Tenemos muy poco que ofrecerte.
Ven a consolarnos y, si es Tu voluntad, hazlo junto a Tu Madre, que también es nuestra Madre, la que Te consoló y vivió en Ti, contigo y para Ti todas Tus torturas, experimentando en su propio cuerpo el mismo dolor que Tú padeciste.
Perdónanos por cada una de nuestras quejas.
¡Oh Jesús!, clavado y elevado sobre el ignominioso patíbulo...
¡Qué horroroso e indescriptible sufrimiento!
Tu preciosa Sangre corre por Tus manos, por Tus pies y por Tu costado.
Una crueldad jamás vista sobre este planeta.
Peores que Satanás son los hombres, porque no fue él quien Te puso en esa Cruz, sino el propio ser humano.
También nosotros deberíamos morir contigo sobre ella.
Morir para el mundo y renacer cada vez que Tú lo quieras, únicamente para ser siervos de Tu Casa.
Nos enseñas que la Cruz es el más grande de los dones.
Y que, si Tú no nos crucificas frecuentemente, como el Padre lo hizo contigo, hace tiempo que ya Te habríamos abandonado.
Cuanto más es humillado un espíritu, tanto más se acerca al Amor Divino y Cósmico.
Duodécima Estación
JESÚS MUERE EN LA CRUZ DESPUÉS DE TRES HORAS
Es elevado en la Cruz, el Varón de Dolores, el Cordero inocente, que se ofrece a Sí mismo para la salvación de las criaturas y de toda la Creación.
Las tres horas de agonía... y mucho más aún.
Sí, porque Su agonía permanece viva entre nosotros a través de los estigmatizados.
Permanece viva porque el hombre continúa pecando, continúa cometiendo actos abominables, homicidios, suicidios, indiferencias y toda clase de acciones negativas.
Quien vive de ese modo se aleja cada vez más de Ti, casi con repulsión, con un odio incomprensible y con el ateísmo.
La agonía de Jesús es desgarradora.
Y la Santa Madre lleva también Su espada: la más dolorosa de las siete espadas que atravesaron Su Corazón, permanecer al pie de la Cruz de Su Hijo divino, sostenida por el discípulo a quien Jesús amaba de manera especial.
Jesús entrega Su Madre a Su hermano Juan y, al hacerlo, la entrega al mundo entero.
El Hijo de Dios perdona.
Suplica al Padre que tenga misericordia de Sus hijos.
Ruega perdón por nosotros, porque no sabemos lo que hacemos.
Salva al ladrón concediéndole la Redención, porque él creyó y lo reconoció.
No nos pide demasiado.
Lo más grande ya lo ha hecho Él, sanándonos de nuestros pecados.
Con ojos llenos de amor y devoción contempla a Miriam y le pide una vez más que continúe siendo Madre de la Tierra y de todo cuanto ella contiene.
Cuando pronuncia las palabras:
«Todo está cumplido»
en realidad significa que
«Todo comienza».
Con amor contempla a Magdalena y a las mujeres que permanecen allí.
Aceptó plenamente la Voluntad del Padre, enseñándonos que detrás del sufrimiento auténtico —no el sufrido por uno mismo, sino el ofrecido exclusivamente por los demás— se encuentra la aceptación de la Voluntad Divina.
Solo así podremos encontrar la paz y la verdadera alegría, incluso aquí, sobre esta Tierra.
Cuando dijiste a Tu Padre:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
nos enseñaste que también eras verdaderamente hombre.
Y precisamente ahí se manifiesta la aceptación, porque para el Padre aquello era bueno y justo.
Jesús exhala Su último aliento.
Y todavía nos deja otra enseñanza:
«Con Su muerte, nosotros vivimos.»
Todo quedó sumido en la oscuridad.
Y aquel que atravesó Su costado fue invadido por el temor y cayó de rodillas ante Él, implorando misericordia.
Decimotercera Estación
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ
El Cordero del Sacrificio es descendido de la Cruz y depositado en los brazos de Su Madre.
Imaginemos por un instante lo que Ella debió experimentar al contemplar aquel cuerpo irreconocible, desangrado y desgarrado.
Y, sin embargo, todavía ruega misericordia por nosotros, pobres miserables.
¡Oh María!
Nos enseñas, con Tu mansedumbre y Tu aceptación, a respetar el dolor ajeno; a amar y perdonar siempre incluso a quienes nos tratan mal, muy mal.
Nos enseñas que quien posee la fe posee también la llave que abre las puertas del amor, de la justicia, de la libertad y de la obediencia total a la Verdad, que es Cristo Nuestro Señor.
Si vivimos así, entonces la muerte llegará a ser nuestra hermana.
Decimocuarta Estación
JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO
El cuerpo del Salvador es depositado en el sepulcro.
Él, la Luz del mundo, permanecerá allí solamente tres días.
Después de tres días resucita, dejándonos todavía muchas otras enseñanzas.
La mayor de todas es esta:
«La muerte no existe».
Dejemos nuestro corazón en el Suyo y Él cuidará de nosotros.
Todo lo demás nos será dado por añadidura.
Cristo es nuestro Científico y nuestro Maestro.
La Santísima Madre es la Maestra excelsa.
El Calvario es nuestra escuela.
Estudiemos.
Obremos.
Y oremos.
No estamos nunca solos.
Nunca.
Ni siquiera cuando creemos estarlo.
Antonietta Fusco
20 de junio de 2026
