¿Por qué grita esta juventud?

01.11.2026

Cuando la voz de una generación se convierte en la conciencia de la humanidad

Por Matilda Mulla

¿Por qué grita esta juventud?
¿Por qué estos jóvenes, con los ojos llenos de fuego y los corazones latiendo con fuerza, alzan la voz hasta el cielo? ¿Por qué corren, exultan, lloran, se abrazan y ya no aceptan seguir callando?

¡Porque son jóvenes!

Porque dentro de ellos hierve esa fuerza maravillosa de la juventud que no conoce límites. Porque tienen el valor de lanzarse, de correr, de volar sobre las alas de sus propios sueños, de desafiar lo imposible y de creer que el mundo puede ser más hermoso de lo que es.

Pero esta vez, sus gritos no son simplemente una explosión de energía juvenil.

Esta vez, en sus voces se escucha algo mucho más profundo. Algo que viene de lejos, de las heridas de la historia, del silencio de las generaciones, de los dolores nunca expresados de millones de personas.

Son gritos que la humanidad ya ha oído en el pasado, en esos raros momentos en los que la conciencia despierta y el silencio se vuelve insoportable.

Es la voz de aquellos que durante mucho tiempo no han podido hablar. De aquellos que han inclinado la cabeza no porque carecieran de dignidad, sino porque la vida les había enseñado a tener miedo.

De aquellos que han conocido la injusticia, pero se han visto obligados a tragársela.

De aquellos que han visto apagarse sus propios sueños ante sus ojos y han aprendido a convivir con el dolor de un mundo que no los escuchaba.

Pero hoy algo está cambiando.

Las primeras voces, aquellas que tuvieron el valor de romper el silencio, parecen haber encendido un fuego que ya no permanece solamente dentro de ellas. Ha pasado de un corazón a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro.

Ha llegado también a aquellos que ayer temblaban de miedo. A aquellos que sentían vergüenza de admitir la amarga realidad. A aquellos que habían perdido la confianza en la posibilidad de que su propia voz pudiera cambiar algo.
Y de repente, las personas están recuperando algo que creían haber perdido para siempre:

La propia voz.

No solamente la voz que sale de la boca, sino esa voz interior que nace en las profundidades del ser, allí donde habitan la verdad, la conciencia, el amor y la dignidad.

Esa voz que te hace sentir el dolor de los demás como si fuera el tuyo. Que te enseña que no puedes ser verdaderamente libre cuando a tu lado alguien vive oprimido. Que te recuerda que la vida de una persona no vale menos que la de otra.
Y así, uno tras otro, se están liberando de las garras del miedo.

De las garras de sistemas manipuladores, deformantes, corruptos y explotadores que, en lugar de servir a la vida y a las personas, a menudo las han transformado en números, en instrumentos, en seres destinados únicamente a obedecer, soportar y callar.

Esas garras que durante años han oprimido la garganta de las personas, impidiéndoles decir la verdad, están perdiendo su fuerza cada vez que alguien encuentra el valor de hablar.

Porque cuando una persona vence el miedo, libera una parte de sí misma. Pero cuando miles y millones de personas lo vencen juntas, algo extraordinario comienza a suceder en la conciencia de la humanidad.
Y hoy resuenan gritos de júbilo.

¡Por la justicia!
¡Por la paz!
¡Por la igualdad!
¡Por la libertad, la dignidad y la unidad!

Resuenan en las calles, en las plazas, en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos. Resuenan en cada rincón del mundo, en diferentes idiomas, bajo distintas banderas, por parte de personas con historias, culturas y creencias diferentes.

Y aunque no comprendemos todos los idiomas, extrañamente, no necesitamos intérpretes.

Porque sus ojos hablan.
Las manos alzadas hablan.

Las lágrimas que corren por sus rostros hablan.
Los abrazos, el temblor de los labios, los rostros cansados y los corazones que no se rinden hablan.

Como si cada uno de ellos llevara dentro de sí un intérprete invisible, un lenguaje universal que no se aprende en la escuela, sino que nace junto con el alma.

El lenguaje del amor humano. El lenguaje del dolor compartido. El lenguaje de la verdad que no necesita palabras.

Y quienquiera que los mire con el corazón abierto, los comprende.
Los siente.

Vibra junto con ellos.

Porque hay algo en estos gritos que no te permite permanecer indiferente. Algo que penetra más allá de las pantallas, más allá de las fronteras, más allá de nuestras convicciones y diferencias, y toca esa parte del alma cuya existencia a veces hemos incluso olvidado.

Pero quizás la imagen más conmovedora no sea solamente la de los jóvenes que se regocijan.

Es la de sus padres.

De las madres y los padres que los miran con los ojos llenos de lágrimas, con un orgullo que difícilmente puede describirse con palabras.

Son esos padres que los han criado entre sacrificios, privaciones y dificultades. Que a menudo se han quitado el pan de la boca para dárselo a sus hijos. Que han ocultado las lágrimas, soportado las injusticias y llevado sobre sus hombros el peso de una vida que no siempre les ha concedido la posibilidad de elegir.

Son aquellos que alguna vez soñaron con un mundo más justo, pero que quizás no tuvieron la fuerza, la posibilidad o el valor de luchar para hacerlo realidad.
Y hoy, al mirar a sus propios hijos, comprenden que sus sacrificios no han sido en vano.

Porque, en medio de toda la pobreza, las dificultades y las incertidumbres, han logrado no transmitir a sus hijos la carga más pesada que ellos mismos habían llevado: El miedo.

Lo que una generación no logró decir en voz alta, hoy sus hijos lo gritan con toda la fuerza del alma.
Aquello que los padres callaron con lágrimas en los ojos, hoy los hijos lo reivindican con la cabeza bien alta.

Y en ese instante sucede un milagro silencioso.
Los padres comienzan a sentirse jóvenes de nuevo.
No porque los años hayan retrocedido, sino porque la esperanza que alguna vez se apagó en ellos está renaciendo en los ojos de sus propios hijos.

Y no son solamente los padres.
También están los abuelos.

Está el maestro que alguna vez enseñó a los niños a creer en el bien. Está el médico que ha pasado noches enteras luchando por la vida de los demás. Está el abogado, el artista, el obrero, el barrendero, el vendedor ambulante que ha permanecido durante horas a la intemperie, en el frío, para asegurar el pan de su familia.

Está la anciana madre que apenas logra caminar.
Está el abuelo en su silla de ruedas, que quizás ya no puede ponerse de pie, pero cuyo corazón se eleva junto con cada grito de júbilo.

Está el enfermo tendido bajo las sábanas de un hospital frío, donde faltan incluso las condiciones más esenciales para la dignidad humana.

Está la persona que sufre sola en una cama humilde, entre las cuatro paredes de su casa, con el cuerpo cansado, pero con un alma que todavía desea creer.

Ellos también están allí.

Quizás no todos puedan salir a la plaza. Quizás ya no tengan fuerzas para correr, regocijarse o permanecer mucho tiempo de pie.

Pero están allí con el corazón.
Con sus oraciones.
Con sus lágrimas.

Con ese fragmento de fuerza que les queda y que hoy entregan a sus hijos, a sus nietos, a sus nietas y a todos los jóvenes que reclaman un futuro más digno.
Porque el futuro pertenece a estos jóvenes.

Pero la esperanza que llevan consigo pertenece a todos.
Y qué sublime es ver a una persona anciana que, aunque su cuerpo ya no le obedezca, encuentra dentro de sí la fuerza para levantar una mano y decir:

Yo estoy con ustedes. Creo en ustedes. Quizás yo no lo conseguí, pero ustedes pueden lograrlo.

¡Cuánto amor hay en ese gesto!
¡Cuántas historias jamás contadas!
¡Cuántos sueños que quedaron inconclusos y que hoy piden seguir viviendo a través de otra generación!

Porque en el pecho de estos jóvenes arde un fuego especial.

Un fuego divino.

No ese fuego que destruye, sino el que ilumina.
No el que alimenta el odio, sino el que despierta el amor.
Un fuego que desafía la ignorancia con el conocimiento, la injusticia con la verdad, la violencia con el valor de la paz y la oscuridad con la luz de la conciencia.

Un fuego que no busca quitar vidas, sino protegerlas.

Que no busca humillar, sino elevar la dignidad humana.
Que no busca sustituir una injusticia por otra, sino poner fin a la injusticia misma.

Porque la verdadera justicia no puede nacer del odio, ni la paz del miedo.
Y la libertad no puede ser completa si pertenece solamente a algunos.

La paz no es simplemente la ausencia de la guerra. Es la presencia de la justicia. Es el pan sobre la mesa del pobre, la atención del enfermo, la dignidad del trabajador, la seguridad del niño y el derecho de todo ser humano a vivir sin miedo.

Este es el mundo por el que vale la pena alzar la voz.
¡Y véanlos!

Bajo banderas de distintos colores y símbolos, ya no son simplemente multitudes de personas separadas por fronteras, lenguas u orígenes.
Son partes de un gran mosaico humano.

Cada bandera atesora su propia historia y su propia identidad, pero todas juntas crean otra bandera, invisible y majestuosa.
Una bandera que no pertenece solamente a una nación, a una raza o a una fe.

La bandera de la humanidad.

Una gran bandera multicolor, tejida de sueños, lágrimas, esperanzas, coraje y amor.
Se extiende sobre los hombros de cada uno de ellos, ligera como un abrazo y poderosa como una promesa.
Como el manto de un héroe.

Pero no de ese héroe que viene a dominar el mundo.
Del héroe que viene a sanarlo.

Y quizás sea precisamente esto lo que el mundo espera desde hace tanto tiempo.

No un único salvador.
No una sola persona que lleve sobre sus hombros el destino de todos.

Sino millones de corazones que eligen no abandonarse unos a otros.
Millones de personas que comprenden que la fuerza más grande no es la capacidad de someter, sino el coraje de proteger.

Que la grandeza no reside en el poder sobre los demás, sino en el amor que se les brinda.
Cada uno de estos jóvenes es un regalo del Cielo a la Tierra.
Cada uno lleva dentro de sí una luz irrepetible, un talento, un sueño, una manera especial de amar y de hacer más bella la vida.

Y cuando estas luces se unen, no se opacan unas a otras.
Al contrario, brillan con aún más intensidad.

Como los colores de una obra de arte, que solo juntos revelan su belleza.
Como las notas de una melodía que, separadas, son sonidos, pero unidas se convierten en una sinfonía.

Como miles de corazones que laten a ritmos diferentes, pero se encuentran en un mismo deseo:

Vivir.
Amar.
Crear.
Ser libres.
No tener miedo del mañana.

Construir un mundo en el que la vida humana no se mida en función de la riqueza, el poder, el origen o la pertenencia, sino que sea honrada por el simple hecho de ser vida.

Un mundo en el que la belleza, el arte, el conocimiento, la justicia, la solidaridad y el amor no sean privilegios de unos pocos, sino el aliento que anima a toda la sociedad.

Tal como creemos que fue el designio divino desde el momento de nuestra creación: no vivir los unos contra los otros, sino aprender a vivir los unos junto a los otros.
No destruir lo que es diferente, sino descubrir la belleza oculta en nuestras diferencias.

No dominar la vida, sino amarla, protegerla y honrarla.
Por eso, cuando escuchen a estos jóvenes gritar, no escuchen solamente el ruido.

Escuchen la historia que habla a través de ellos.
Escuchen a las madres que han llorado en silencio.
Escuchen a los padres que han guardado el dolor dentro de sí mismos.
Escuchen a los abuelos que todavía esperan ver un día mejor.
Escuchen a los niños que aún no han nacido, pero que algún día heredarán el mundo que les dejaremos.
Escuchen también a aquellos que ya no están, pero que alguna vez soñaron con la misma justicia, la misma paz, la misma libertad.

Porque en esos gritos no está solamente la voz de una generación. Está el eco de las generaciones que han callado y la esperanza de las generaciones que vendrán.

Y si un día estos gritos de exaltación cesan, que no sea porque las voces han sido silenciadas nuevamente.
Que sea porque, finalmente, han sido escuchadas.

Porque la justicia ya no es solamente una petición.
Porque la paz ya no es solamente un sueño.
Porque la dignidad ya no es un privilegio.
Porque ningún ser humano debe inclinar la cabeza para sobrevivir y ningún niño debe heredar el miedo como parte de la vida.

Y hasta entonces, no olvidemos nunca que el grito más poderoso no es el que se escucha más lejos, sino el que logra despertar la conciencia de otro ser humano.

¿Por qué grita esta juventud?

Porque ama la vida.
Porque no acepta que el sufrimiento sea considerado algo normal.
Porque cree que el futuro puede ser más justo que el pasado.
Porque, más allá de la rabia, el dolor y las lágrimas, dentro de ella todavía vive aquello que la humanidad nunca debe perder: El amor.

El amor por el ser humano. Por la vida. Por la verdad. Por la Tierra que nos sostiene a todos.
Y quizás, al final, este sea el grito más grande de esta juventud:

No nos dejen como herencia el miedo. No nos enseñen a odiar. No nos pidan que callemos ante la injusticia. Déjennos construir un mundo en el que nadie tenga que gritar para ser tratado como un ser humano.

Porque el mundo no necesita más odio.
No necesita más muros.
No necesita más personas obligadas a acostumbrarse a vivir sin esperanza.

El mundo necesita paz. Justicia. Amor.

Y, sobre todo, necesita recordar que, antes que cualquier bandera, cualquier frontera, cualquier nombre y cualquier diferencia, somos seres humanos.

Y la vida de cada uno de nosotros es sagrada.
Que este grito no sea, entonces, el comienzo de un nuevo odio, sino el fin de un largo silencio.

No un llamado a destruirnos unos a otros, sino el coraje de salvarnos los unos a los otros.
Porque la paz sin justicia sigue siendo una promesa incumplida. Y la justicia sin amor corre el riesgo de perder su propia alma.
Que triunfe la vida. Que triunfe la dignidad. Que triunfe la humanidad.

Con amor

Matilda Mulla

25 octubre 2026


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