SEMILLAS LLEVADAS POR EL VIENTO
Crónica de dos días de encuentro, resistencia y memoria

Por Miriam Andaloro
Todo comenzó cuando me di cuenta de que mi hija estaba creciendo.
No fue un momento preciso, sino una conciencia que fue abriéndose paso poco a poco. Empecé a ver en sus ojos las primeras preguntas, la necesidad de comprender el mundo, de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, de construir su propio pensamiento crítico.
Fue entonces cuando me pregunté qué ejemplo quería dejarle.
Tuve la suerte de crecer junto a personas que marcaron profundamente mi vida. Personas como Giorgio Bongiovanni, Mara, Sonia, Lorella y, antes que nadie, mi madre.
De Giorgio aprendí el valor de la denuncia, la capacidad de no mirar hacia otro lado ante la injusticia y la responsabilidad de dar voz a quienes no la tienen.
De Mara aprendí la dedicación silenciosa, aquella que no busca reconocimiento, sino que se mide en la constancia y en la capacidad de estar siempre presente.
De Sonia aprendí que la sensibilidad no es una debilidad, sino una fuerza capaz de transformarse en servicio y cercanía hacia los demás.
De Lorella aprendí el valor de la perseverancia, la capacidad de seguir caminando incluso cuando el camino se vuelve difícil.
De mi madre aprendí la coherencia cotidiana, esa que no necesita grandes palabras porque se manifiesta en las decisiones de cada día.
Cada uno de ellos me transmitió algo valioso: el sentido de la justicia, el valor del compromiso, la capacidad de mirar más allá del interés personal y de reconocerse como parte de algo más grande.
De ellos aprendí que el amor no es un sentimiento pasivo, sino una responsabilidad, una elección diaria. Aprendí que no existe nada más importante que poner la propia vida al servicio del bien, de la justicia y de la verdad.
Cuando se recibe una herencia de este tipo, no se puede guardar para uno mismo. Es como un talento que la vida te confía a través de las personas que te han formado. Y un talento, si no se pone al servicio de los demás, pierde su significado.
Por eso sentí la responsabilidad de transmitirle a mi hija la misma oportunidad que yo había recibido: la de crecer junto a ejemplos capaces de señalar un camino y de enseñar que vivir también significa elegir de qué lado estar.
Por eso sentí la responsabilidad de crear, junto a otras personas, espacios en los que los jóvenes puedan encontrarse con ejemplos, valores e ideales capaces de orientar su camino. No lugares donde recibir respuestas prefabricadas, sino lugares donde aprender a hacerse preguntas, a desarrollar un pensamiento crítico y a reconocer su propia responsabilidad frente al mundo.
También por eso decidí contribuir a la reactivación de la asociación. Creo que hoy, más que nunca, las nuevas generaciones necesitan sentirse parte de una comunidad, de una visión y de una causa que dé sentido a su compromiso.
Fue en este camino donde conocí a Karim, Jamil, Yasmin, Gaia y a muchas otras personas que llevan adelante la lucha del pueblo palestino.
Lo que me impactó profundamente de ellos es que su lucha no se limita a la liberación de Palestina. Palestina es, sin duda, su tierra, su historia y su herida. Pero su testimonio habla de algo universal.
Porque la ocupación no es solo una cuestión geográfica. No se refiere únicamente a un territorio. Existen formas de ocupación que habitan nuestras sociedades, nuestras relaciones e incluso nuestras conciencias. Cada vez que la injusticia se normaliza, cada vez que la dignidad humana se sacrifica en nombre del interés, cada vez que el miedo prevalece sobre la libertad, se manifiesta la misma lógica que alimenta toda forma de opresión.
Por eso el evento del 13 de junio no nació como un simple gesto de solidaridad humanitaria.

Nació como un acto de conciencia
Y es desde aquí que comienza el relato de aquellos días.
Cuando algo comenzó a cambiar
Después de casi un mes de preparación, faltaban apenas dos semanas para el evento.
Si soy sincera, me sentía cansada y desanimada. Muchas de las cosas que había imaginado todavía no habían tomado forma. Las inscripciones para el almuerzo solidario eran pocas y varios aspectos de la organización seguían siendo inciertos.
Recuerdo que le escribí a Gaia un mensaje de desahogo. Me sentía frustrada. No tanto por el trabajo, sino por esa sensación de no alcanzar a ver los frutos de aquello que estábamos sembrando.
Entonces llegó mi cumpleaños.
La noche del primero de junio, mientras apagaba una vela, me descubrí formulando un pensamiento sencillo, casi una oración:
«Estoy a Tu disposición. Estoy a vuestra disposición.»
No sé explicar qué ocurrió en aquel instante. No sé decir si aquel fue realmente el punto de inflexión. Solo sé que, a partir de ese día, algo comenzó a moverse.
Aquella misma noche asistí a un encuentro organizado en homenaje a algunos miembros de la última Global Sumud Flotilla.
Fue allí donde conocí a Xurxo.
Su humanidad me impresionó de inmediato. Es enfermero jubilado, militante desde toda la vida, un hombre que atravesó experiencias durísimas, incluida la detención sufrida durante la última misión de la Flotilla.
Y, sin embargo, no quería hablar de sí mismo.
Cada vez que la conversación corría el riesgo de detenerse en su experiencia personal, él la devolvía a Palestina.
Quería hablar de su pueblo
Me dijo que su misión consistía en contar cada día lo que sucede al pueblo palestino para que el mundo no olvidara.
Aquella noche también conocí a Anna Fuentes.
Anna tiene una apariencia delicada, casi frágil. Pero detrás de esa fragilidad percibí una fuerza extraordinaria.
En un momento le pregunté qué era lo que más la había marcado de su experiencia.
Guardó silencio durante unos segundos y luego me dijo:
«¿Sabes qué es lo que no consigo olvidar? A los palestinos que estaban detenidos con nosotros. Vivíamos en condiciones terribles y, aun así, cuando alguno de ellos venía a traernos una botella de agua, antes intentaba arreglarse como podía. Se limpiaban el rostro, acomodaban su ropa gastada. Era un gesto de respeto.»
Sus palabras me llegaron muy hondo.
Después me habló de algunos detenidos palestinos que preguntaban:
«¿Tenéis familiares palestinos? ¿Amigos palestinos?»
Cuando recibían una respuesta negativa, se quedaban sorprendidos.
«Entonces, ¿por qué lo hacéis?»
Y luego añadían:
«Si algún día salimos de aquí, seréis nuestros invitados. Vendréis a comer con nuestras familias.»
Aquella generosidad me dejó sin palabras.
Cuanto más escuchaba aquellos testimonios, más comprendía algo que hasta entonces apenas había intuido: la fuerza del pueblo palestino no reside únicamente en su capacidad de resistir, sino en su capacidad de seguir amando y cuidando de los demás a pesar de todo.
Y fue entonces cuando comprendí que la resistencia más profunda no consiste solo en sobrevivir, sino en conservar intacta la propia humanidad allí donde todo parece destinado a destruirla.
El evento tomó forma
En las semanas siguientes, algo cambió.
Por fin logramos establecer contacto con el Ayuntamiento de Nigrán y con su alcalde. Organizamos una rueda de prensa y la iniciativa comenzó a aparecer en los periódicos locales.
A partir de ese momento se desencadenó una auténtica cadena de acontecimientos positivos.
Las inscripciones empezaron a llegar una tras otra.
Primero fueron personas individuales.
Después, familias enteras.
Cada día recibíamos nuevos mensajes, nuevas adhesiones, nuevas muestras de apoyo.
También el programa fue creciendo.
Música.
Danza.
Testimonios.
Espacios de reflexión.
Colaboraciones.
Poco a poco, aquello que unas semanas antes parecía tan solo una idea sostenida por la voluntad de unas pocas personas comenzó a transformarse en algo mucho más grande.
Cuando llegó el día del evento, nos encontramos con 145 personas reunidas en torno al almuerzo solidario.
Pero lo que más me impresionó no fue el número.
Fue la red humana que había nacido alrededor de aquel proyecto.
Personas diferentes, procedentes de realidades distintas, unidas por una misma decisión: no permanecer indiferentes.
Y comprendí que aquello que habíamos estado sembrando durante semanas empezaba a dar sus primeros frutos.
Como semillas llevadas por el viento, las ideas, los gestos y los encuentros habían encontrado tierra fértil donde echar raíces.
El almuerzo solidario del 13 de junio
Finalmente llegó el 13 de junio.
Después de semanas de preparación, llamadas, reuniones, dudas, imprevistos y esperanzas, por fin nos encontramos allí, todos juntos.
Desde las primeras horas de la mañana se respiraba una atmósfera especial.
Voluntarios montando mesas y sillas.
Personas preparando los espacios.
Colaboradores que iban de un lado a otro comprobando que todo estuviera listo.
Mientras observaba aquella escena, sentía una profunda gratitud. Una de las cosas que más me impresionó de esa jornada fue la generosidad de las personas. Cada uno ofreció su tiempo, su energía y sus capacidades sin esperar nada a cambio.
El almuerzo comenzó con un momento ligero y alegre gracias a la actuación de Peter Punk, artista y payaso capaz de combinar humor, ironía y denuncia social.
Era un espectáculo pensado para niños y adultos al mismo tiempo.
Recuerdo las risas.
Recuerdo los ojos brillantes de los más pequeños.
Recuerdo a los adultos riendo junto a ellos.
Pero, sobre todo, recuerdo la capacidad de Peter Punk para invitar a la reflexión sin renunciar a la ligereza.
Tras el espectáculo comenzaron las intervenciones y las presentaciones.
Fue una oportunidad para compartir el trabajo realizado por la asociación, agradecer a todas las personas que habían colaborado y explicar el sentido profundo de la iniciativa.
A lo largo de la jornada también nos acompañó la música.
El grupo gallego Cans de Palleiro llenó distintos momentos del encuentro de alegría y cercanía, creando una atmósfera acogedora y festiva.
La música gallega tenía la capacidad de unir a las personas con una naturalidad sorprendente.
Entre conversación y conversación, entre una intervención y otra, surgían constantemente nuevos encuentros.
También tuvieron un papel importante los espacios creativos, como el de Charo, «El Barro y la Cometa», que había elaborado con gran delicadeza pendientes, broches y collares inspirados en la sandía, símbolo de los colores de la bandera palestina.
Fue igualmente significativa la presencia del alcalde de Nigrán. No se trató simplemente de una visita institucional: compartió el almuerzo con nosotros, participó en las actividades, conoció a Karim, Jamil y a los demás jóvenes de Our Voice, y mostró una sincera disposición a escuchar y a construir futuras colaboraciones.
Fue una señal importante.
Durante la tarde también hubo momentos dedicados al baile.
Una escuela de swing invitó al público a participar en un espacio espontáneo de danza y convivencia.
Muchas personas se dejaron llevar por la música.
Algunas bailaban.
Otras observaban sonriendo.
Otras aprovechaban ese momento para conocerse mejor.
Mientras contemplaba aquella escena pensé que, tal vez, la solidaridad también consiste en esto.
En crear oportunidades de encuentro.
En permitir que personas que no se conocen compartan un mismo espacio, una conversación, una sonrisa o una reflexión.
Entonces comprendí que el esfuerzo de las semanas anteriores había dado fruto.
Porque se había hecho realidad aquello que había deseado desde el principio: un espacio de encuentro, de escucha y de humanidad compartida.
El anfiteatro en el bosque
Por la tarde fuimos invitados a participar en un festival autogestionado organizado por comunidades rurales comprometidas con la defensa del territorio.
A las seis de la tarde nos reunimos en un anfiteatro natural, escondido entre los árboles del bosque.
Todavía recuerdo aquellos árboles.
La luz filtrándose entre las ramas.
El silencio atento del público.
Karim tomó la palabra.
Con claridad y lucidez explicó la historia de Palestina, las raíces de la ocupación y las consecuencias que esta sigue teniendo sobre la vida de millones de personas.
Después intervino Yasmin.
Fue ella quien compartió una historia que todavía llevo dentro.
Habló de unos trabajadores portuarios italianos que habían perdido su empleo después de ayudar a activistas comprometidos en impedir el paso de cargamentos de armas.
Yasmin dijo:
«Unas semanas después, aquellos trabajadores recibieron una carta. La había escrito una niña de Gaza.»
El anfiteatro quedó en silencio.
«Aquella niña les escribía para decirles: "No estáis solos". Quería expresarles su solidaridad.»
Sus palabras me atravesaron.
Una niña que vivía bajo las bombas encontraba tiempo para preocuparse por personas que se encontraban al otro lado del Mediterráneo.
Y comprendí que hay gestos capaces de revelar la verdadera dimensión de un pueblo mucho más que cualquier análisis político.
Porque eso también es Palestina.
La capacidad de seguir viendo al otro incluso en medio del sufrimiento.
La capacidad de conservar la humanidad allí donde otros intentan destruirla.
Y quizá sea precisamente esa su forma más profunda de resistencia.

El concierto y las palabras de Jamil
Aquella noche también participamos en la apertura del concierto del festival.
Subimos al escenario todos juntos.
Nosotros, desde la asociación.
Los jóvenes de Our Voice.
Xurxo.
Anna.
Tras unas palabras de agradecimiento, Xurxo tomó la palabra. Y al finalizar su intervención comenzó a entonar un canto de resistencia gallega dedicado a Palestina:
«Ceibe, Ceibe, Ceibe Palestina, Ceibe do sionismo, Ceibe de verdá…»
Poco a poco otras voces se fueron uniendo a la suya.
Mientras observaba aquella escena, tuve la sensación de que todas las luchas que habíamos encontrado a lo largo de aquella jornada habían convergido en un mismo lugar.
Como si, por unas horas, diferentes historias de resistencia hubieran reconocido que compartían una misma raíz.
Después tomó la palabra Jamil.
Fue, quizá, el momento que quedó grabado con más fuerza en mi memoria.
En un momento de su intervención dijo:
«Nosotros, los palestinos de la diáspora, somos semillas llevadas por el viento. Cada uno con su propia historia, cada uno con sus propios sueños. Pero a todos nos corresponde una tarea ancestral: contar la historia y la resistencia de nuestro pueblo.»
Habló de la Nakba.
Habló de la memoria.
Habló de la identidad.
Y dijo:
«Para nosotros la Nakba no ha terminado. La llamamos Nakba al-Mustamra. La Nakba continua».
Luego formuló una pregunta que atravesó el silencio del público:
«¿Podéis imaginar lo que significa sufrir un abuso y tener que demostrar constantemente al mundo que realmente sois víctimas de ese abuso?»
El silencio que siguió a aquellas palabras fue, quizá, la respuesta más elocuente.
Pero su discurso no terminó en el dolor.
Terminó en la resistencia.
«Han intentado borrar nuestra tierra y no lo han conseguido. Han intentado borrar nuestra lengua y no lo han conseguido. Han intentado borrar nuestra cultura y no lo han conseguido.»
Y finalmente pronunció una frase que aún hoy sigue resonando dentro de mí:
«Palestina existirá siempre mientras exista el último palestino».
El público estalló en un largo aplauso.
Y entre la multitud volvió a elevarse un canto:
…Palestina vencerá…
La noche
Con las palabras de Jamil concluyó también el último encuentro de la jornada.
Regresamos todos juntos.
Estábamos cansados.
De ese cansancio hermoso que llega después de haber entregado todo lo que uno tenía para dar.
Y, sin embargo, éramos felices.
Yo, en particular, me sentía profundamente serena y agradecida.
Había deseado que aquellos encuentros pudieran convertirse en un espacio de escucha, de reflexión y de conciencia.
Un lugar donde Karim, Jamil, Yasmin, Xurxo y Anna pudieran compartir no solo la realidad de Palestina, sino también algo mucho más profundo: el significado de la resistencia.
Porque la resistencia no se aprende en los libros.
No se transmite a través de discursos.
La resistencia se reconoce en los ejemplos.
En los encuentros.
En las personas.
En quienes, aun atravesando el dolor, siguen eligiendo la dignidad.
Aquella noche me acosté exhausta.
Pero también con una profunda sensación de paz.
La certeza de que algo había sido sembrado.
Y de que aquella semilla, silenciosamente, ya había comenzado a germinar.
Galizia y la resistencia
En los días que siguieron continué reflexionando sobre todo lo que habíamos vivido.
Sentía que esta tierra guarda algo especial.
Galicia es una tierra que nunca ha dejado de dialogar con su propia memoria.
Es una tierra de mar y de emigración, de despedidas y regresos, de comunidades que aprendieron a resistir al paso del tiempo, al abandono y al olvido.
Quizá por eso la palabra resistencia encuentra aquí un terreno fértil.
Al observar a las personas que conocí durante aquellos días tuve la sensación de que la solidaridad con Palestina no nacía únicamente de la indignación.
Nacía también del reconocimiento.
Como si un pueblo que ha sabido preservar su identidad a lo largo de los siglos pudiera reconocer el valor de otro pueblo que lucha por hacer lo mismo.
Pensé entonces que existen experiencias históricas que, aun siendo diferentes, son capaces de dialogar entre sí.
Porque quien conoce el valor de la memoria comprende también el dolor de quien intenta conservarla.
Quien sabe lo que significa proteger una lengua, una cultura o una identidad entiende mejor a quienes luchan para que las suyas no desaparezcan.
Entonces volvió a mi memoria una frase de Castelao que había leído poco tiempo antes, citada en un libro:
«A nosa galeguidade provén da forteza do espírito, e aínda que carecemos de vontade ofensiva somos inexpugnables na resistencia.»
«La nostra identità galiziana proviene dalla forza dello spirito e, pur non avendo volontà offensiva, siamo inespugnabili nella resistenza.»
Quizá fue precisamente eso lo que percibí durante aquellos días.
Una resistencia que no nace del odio.
Una resistencia que no busca dominar.
Una resistencia que nace del amor por lo que uno es, por su tierra, por su memoria y por su comunidad.
Y quizá por eso Palestina no me pareció una realidad lejana.
Porque, en el fondo, tanto Galicia como Palestina me hablaron de la misma fidelidad a las propias raíces.
Conclusión
Fue entonces cuando comprendí verdaderamente el sentido de todo aquello.
No se trataba de organizar un evento.
No se trataba de llenar una sala.
No se trataba de contar asistentes.
Se trataba de contribuir a crear un espacio donde las personas pudieran encontrarse, escucharse y reconocerse unas a otras.
Un espacio donde la memoria siguiera viva.
Un espacio donde la solidaridad se transformara en acción.
Un espacio donde las nuevas generaciones pudieran encontrar referentes, del mismo modo que yo tuve la suerte de encontrarlos durante mi propio camino.
Y quizá, algún día, mi hija recuerde estos momentos como yo recuerdo hoy a quienes me enseñaron a no mirar hacia otro lado.
Nigrán, 17 de junio de 2026
Miriam AndaloroManos para el Mundo
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