Gangrenados

La metáfora de quitar la bacteria de un cuerpo sano a través de un filoso bisturí para evitar que se expanda y contagie a las partes sanas de la sociedad, ha sido utilizada por las dictaduras para justificar genocidios. En este texto Julián Axat invierte los usos de esa metáfora, construyendo un texto de sociología distópica con elementos de actualidad.
Por Julián Axat - Poeta, Abogado
Hay una metáfora médica inversa a la utilizada por todas las dictaduras para explicar y justificar su proceder. Me refiero a la metáfora de quitar la bacteria de un cuerpo sano a través de un filoso bisturí para evitar que se expanda y contagie a las partes sanas de la sociedad. La inversión suele ser utilizada por cierta sociología para explicar los movimientos energéticos, ya no del marxismo-leninismo, sino del capitalismo tardío para producir niveles de degradación social mientras ciertos sectores se benefician.
En el marco de esa metáfora, este es un texto de sociología distópica con elementos de actualidad
Comencemos así: la gangrena social es la lenta muerte de tejido social provocada por la falta de irrigación solidaria y altruista que el tiempo va fijando en las relaciones humanas. Si el genocidio ha sido el bisturí que, de un golpe, ha producido esos cortes (en forma abrupta para lograr efectos de irreversibilidad), la política que dosifica la destrucción de los tejidos sociales recurre a una tanatopolitíca similar, pero aplicada en otro orden de cosas y en otro orden del tiempo.
Por supuesto que son técnicas que han nacido a la vera de los colonialismos del siglo XIX los campos de concentración del siglo XX; hoy hay factores cibernéticos e imaginarios con vectores cuyo campo de batalla (también contrainsurgente) radica en la mente humana como objetivo políticol-militar.
Gaza no solo es el holocausto del siglo XXI en un punto del planeta, es también el territorio posible de la mente humana arrasada por dispositivos comunicaciones y técnicos basados en algoritmos manipulables por corporaciones. Un estado de destrucción de la subjetividad sujetada, controlada. Pulsión y ansiedad con poco margen de salida para definir la propia identidad (yo-generación).
Es la etnografía y percepción antropológica quien mejor capta en el campo los niveles de degradación social. Pues la intensidad de las relaciones sociales se perciben a nivel microsociológico, y adoptan un efecto expansivo general hacia los colectivos y grupos comunitarios que los rodean.
El etnógrafo las registra en su cuaderno de campo y hace su seguimiento cotidiano en cada uno de los grupos humanos en los que se involucra. Y así percibe en cuerpos y mentes, en prácticas y movimientos, el estado de las relaciones humanas ya sin Estado social, únicamente penal, policial y militar.
Y es en el campo del hacer que percibe la forma en la que crece, omnímoda, la energía oscura que disgrega y contamina las relaciones que se degradan. Y esa energía oscura se pliega y repliega, se expande a toda velocidad entre las mentes y cuerpos del mundo social, hasta que ya no nos damos cuenta de su capacidad de disponer de nosotros, de policializarlo.
Es tan oscura porque desde arriba se provoca sin destellos de luz. Es pura noche de los tiempos en tinieblas de la política, esperpento y Mal a través de acciones que generan temor a la producción de un daño y un deseo de hacer bien, pérdida de todo aquello que era bienes y servicios para una comunidad. Destrucción del buen vivir-estar, -o acaso- la posibilidad de mejorar-ser-habitar una vida en el mundo (lo dado, sin golpe de dados).
En este estado de cosas y del tiempo, nace así la degradación de relaciones sociales que comienzan a emanar un olor nauseabundo de los cuerpos que se pudren y no se alimentan sino de la misma energía oscura que los envuelve. Materia humana que serializa, aleja, se apaga, deambula de acá para allá en un movimiento de lo compartimentado. Que no solo olvidó el rechazo común, sino la puerta donde hacer el reclamo (no hay derecho de petición, hay beneficio concedible a la espera de una respuesta latente).
En ese laberinto de la pudrición social los cuerpos envejecen rápido. Es un estado corporal senil, de miasma y agotamiento. Pura falta de reacción orgánica. Abyecto que cae en la delación, en el insulto fácil, la injuria pueril, el egoísmo brutal, la mezquindad, los celos, envidia, desesperación, pelea y agresión constante. El malestar es un Estado y un estado general.
En esa situación la violencia es estado de latencia permanente a punto de estallar por cualquier motivo o excusa banal. Las relaciones sociales serán vistas como relaciones penales, en situación permanente de infracción. Y este brutalismo es pedagógico para el resto social, y demagógico y fascinante como espectacularidad en redes y medios. De allí que el mundo de la corrección política sea marasmo de los burócratas y un aprovechamiento del brutalismo para hacer política a sus anchas.
El "otro" deja de ser amigo. Pasa a ser sospechoso, vil, pendenciero, enemigo constante y sonante, al que se le tiene miedo y temor a que pueda quitar lo poco que se tiene. Lo poco que se ha logrado para sobrevivir es el territorio ya no común. Una parcela de la mente en el vacío de la indiferencia y el sálvese quien pueda. Lo familiar como lo ominoso: el siniestro social.
En estas condiciones la capacidad de resistencia busca ser agotada, desfondada, aplacada, humillada. Es el agobio comunitario. La resiliencia como estado de transito del gangrenado.
Y si los vínculos están tan gangrenados, pasados por la energía oscura que capta el etnógrafo en su libreta de campo, la guerra es entre los que viven en el mismo gueto y tarde o temprano mueren en él. Una guerra de espectros entre los que están más cerca, bajo la misma condición de gangrena. No de los que están afuera, los que gozan de la suerte o el aprovechamiento de otras energías.
En este contexto no es raro que la tasa de homicidios y lesiones tienda a subir. Es un fenómeno probado que las víctimas se conozcan entre sí, por ser parte del mismo entorno que se degrada, se disgrega, y donde la violencia irrumpe hacia los más débiles del grupo.
Pero la energía no es para todos oscura. Hay unos pocos que la evitan. Tienden un cerco. Tienen sus catalizadores para vivir apartados y soñar un mundo a costa de los gangrenados. Ellos no envejecen rápido. No están en estado de guerra permanente entre sí.
El etnógrafo también toma nota y visita estos guetos. Estos privilegiados construyen los cimientos de sus ciudades sobre las fosas comunes de gangrenados enterrados, que no ven y no los pueden ver. Mientras son vistos a los ojos por sus perros entrenados. Aquellos que administran por ellos el estado general de la gangrena y de la guerra cotidiana. La nueva ola de Príncipes brutales dispuestos a asumir el arte de gestionar el estado de gangrena expansiva.
Fuente:
https://www.movimientoalternativa.com.ar/l/sociedad/gangrenados/
