VINCULARSE CON EL UNO
Cada ser humano es, en esencia, una emanación del Padre. Esa presencia, esa esencia que nos pertenece, reside en lo que se denomina el átomo nous, el vínculo profundo de nuestro ser espiritual con el UNO que es el Padre.
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Por Juan Alberto Rambaldo
La profunda crónica escrita por Giovanni Bongiovanni, me impulsa a compartir con ustedes las siguientes reflexiones:
Nosotros conformamos una unidad espiritual, álmica y material —nuestro cuerpo— en vínculo permanente con toda la estructura de la naturaleza. A partir de nuestros actos, de nuestra observación y de cada una de las cosas que hacemos, vamos generando un estado de conciencia.
Nuestra materialidad es la receptora de la experiencia. Con nuestra dualidad propia de la tercera dimensión solo podemos conocer el mal si conocemos el bien, y solo podemos conocer la luz si conocemos la oscuridad. Esa contradicción que habita en el ser hace que cada elección nos permita dar un paso hacia adelante. El error es lo que nos permite analizar la situación y mostrarnos que la verdad era la otra, esa que en su momento no supimos ver, y de esa manera convertirla en una ventaja.
A través de la contradicción generamos ese estado de conciencia. Este es un mecanismo evidentemente dialéctico:
Blanco — Negro
Acción — Reacción
Yo - Tú, pero también, Nosotros
Unidad y multiplicidad, siempre dentro del marco de la dualidad. Por eso se nos otorgó el libre albedrío, para hacer posible la elección entre las opciones contradictorias que se nos presentan. Esas elecciones generan una reserva de conocimiento que se transmite al plano astral, al alma.
El alma recibe todas nuestras percepciones y se va "refinando" en nuestro espíritu que evoluciona y avanza a través de distintas dimensiones hasta regresar nuevamente al UNO. De este modo, la UNIDAD y la DUALIDAD, que parecen opuestas, son en realidad dos aspectos del desarrollo de nuestro espíritu: desde el origen de nuestro ser hasta su elevación a la máxima expresión, que es la unión con el UNO.
En otras palabras, cuando el estado de conciencia alcanza un punto evolutivo tal que el cuerpo físico o material deja de ser útil para ese proceso evolutivo, se abandona el ciclo de encarnaciones. La evolución se lleva a cabo a través de sucesivas idas y vueltas a esta vida material, que son las experiencias que permiten seguir creciendo espiritualmente. Cuando se alcanza un grado de evolución compatible con un aumento en la celeridad vibracional, el cuerpo físico deja de ser necesario y se pasa a existir como seres de cuarta dimensión o dimensión astral, a la que algunos se refieren como dimensión angélica. Este desarrollo evolutivo después culmina con nuestra simple vivencia espiritual o única.
Cuando Giovanni habla de unicidad, se refiere al monismo, a la experiencia del Uno. En filosofía suelen distinguirse dos corrientes: una dualista y otra monista. Más que dos corrientes separadas, pueden entenderse como dos etapas de la conciencia evolutiva. El dualismo señala que el ser está en relación con el UNO, pero para llegar a esa comprensión es necesario atravesar el dualismo, es decir, la vivencia de la división en opuestos que se excluyen mutuamente y, al mismo tiempo, se relacionan de manera recíproca.
Este planeta nos recibe en una etapa específica de nuestra evolución, como resultado de haber habitado primero un animal con conciencia de manada, hasta llegar al ser que somos hoy: un individuo con conciencia de unicidad, del yo. Parecería que nuestros hermanos mayores, cuando vinieron a trabajar sobre el pequeño animal del cual surgió nuestra forma, decidieron incorporarnos el ego sum, es decir, el Yo Soy, para que ese cuerpo fuera capaz de captar esa emanación —llamémosla solar— que se instala en el cuerpo material y a la que se ha dado en llamar el Átomo Nous a la que me referí anteriormente.
DEL DUALISMO AL UNO
Por Giovanni Bongiovanni
El viaje del Espíritu a través de la Consciencia
El dualismo y el viaje del Espíritu
Después de haber explorado el tema del Génesis y la necesidad de la separación como paso evolutivo del Espíritu, siento la necesidad de profundizar en una de las leyes fundamentales que rigen la experiencia humana: la dualidad. Vivimos inmersos en una realidad que se manifiesta a través de opuestos -luz y sombra, bien y mal, alegría y dolor- y, sin embargo, a menudo olvidamos que estos son instrumentos de conocimiento.
Para continuar en el camino de la comprensión del viaje del Espíritu a través de la Conciencia, es necesario mirar más de cerca esta dimensión dual, reconocer el significado, la función y, en última instancia, su superación. Solo comprendiendo la dualidad podemos intuir el camino de regreso al Uno.
La percepción de la separación
Desde su primera manifestación, el ser humano experimenta la realidad a través de la separación.
Un cuerpo distinto de los demás cuerpos, una mente habitada por pensamientos que parecen ser suyos, un Yo que se percibe como el único centro de las experiencias, separado del resto del mundo. Esta percepción de separación es el fundamento del dualismo. Un dualismo vivido, cotidiano, arraigado en la carne y en el alma. Hay un adentro y un afuera, un yo y un tú, un bien y un mal, una luz y una sombra. Pero ¿de dónde nace esta división? ¿Y qué propósito podría tener en el camino de la evolución espiritual? En este texto utilizo los términos Espíritu, Sí mismo y Conciencia como expresiones diferentes de una misma realidad: la chispa divina que habita en el ser humano y que, a través de la experiencia de la dualidad, se reconoce a sí misma.
El dualismo como necesidad de la evolución
Según la visión del esoterismo cristiano, el Espíritu, que es uno con lo Divino, desciende en la materia para hacer experiencia y para conocerse. En este descenso, se separa y se olvida. Es el misterio de la encarnación, la gran parábola del alma que, para reconocerse como hija de la Luz, debe primero atravesar la noche del olvido. El dualismo, en esta perspectiva, se convierte en una necesidad pedagógica, un espejo en el que el Yo, nacido del contacto entre el Espíritu y el mundo, aprende a distinguir, a elegir, a conocerse a sí mismo a través del otro. La multiplicidad es la escuela de la unidad.
La función transfiguradora de los opuestos
El dualismo es, por lo tanto, funcional a la evolución. Sin opuestos no habría tensión hacia la superación. Sin el sufrimiento, faltaría el impulso hacia la búsqueda de la paz. Sin la ilusión de la separación, faltaría el deseo de volver al Uno. Así, el sentido más profundo del dualismo es el de impulsar a la Conciencia a su transfiguración. A reconocer que toda polaridad es una expresión de la misma Fuente. Que toda sombra contiene en sí la posibilidad de la Luz. Que toda experiencia de lejanía despierta el llamado del Hogar interior.
Es importante distinguir entre dos planos de la separación.
En la perspectiva del Génesis espiritual, la separación originaria del hombre de Dios es un acto querido y necesario. El Espíritu desciende a la materia para experimentar la libertad y el conocimiento de sí mismo. Pero en el plano de la experiencia humana, la percepción de estar separados de lo Divino es una ilusión de la Conciencia, un velo que se disuelve a medida que redescubrimos nuestra naturaleza espiritual.
Así, la separación es real solo como condición pedagógica de la evolución, pero ilusoria en su esencia, porque el Espíritu nunca se ha alejado verdaderamente de Dios.
El punto de vista del Budismo
En el Budismo, se diría que la ilusión de la dualidad nace de la ignorancia, de la incapacidad de la Mente de ver las cosas así como son. La realidad última es Vacuidad, interdependencia, ausencia de un sí mismo separado. El recorrido es una transformación. Meditando sobre las ilusiones, observándolas, acogiéndolas sin apego, la Mente se purifica y redescubre su verdadera naturaleza: clara y consciente. Donde en el cristianismo esotérico el Sí mismo evoluciona para volverse similar a lo Divino, en el Budismo la Mente se libera para volver a su origen no dual. En ambos casos, el fin es la unidad reencontrada.
El Yo como instrumento del retorno
El viaje de la Conciencia, por lo tanto, se mueve entre los pliegues de la dualidad, pero no se detiene en ella. Es un viaje que comienza en la ilusión de la separación y termina en la verdad del Uno. El dolor, la lucha, el amor, la pérdida, la alegría, cada fragmento de vida es un eco de esa unidad de la que provenimos y hacia la que tendemos. El Yo, frágil, inquieto, a menudo confuso, es el instrumento a través del cual este retorno se realiza. Cuando el Yo reconoce sus raíces en el Espíritu, se transfigura en el Sí mismo, en el Ser Espiritual-. Y entonces el dualismo ya no es una prisión, sino un umbral. Un umbral que hay que atravesar para abrazar aquello que siempre hemos sido.
El retorno al Uno, un mito para comprender
Para comprender simbólicamente el sentido de este camino, desde la separación hasta la unidad, del dualismo a la conciencia del Uno, podemos releer, en clave esotérica, uno de los relatos más antiguos y poderosos de la humanidad: el Génesis.
En el Jardín del Edén, el ser humano vive en comunión con Dios. Aún no conoce la separación, la muerte ni el dolor. Es un estado de inocencia, pero también de inconsciencia. Todavía no hay experiencia, ni elección, ni una individualidad realizada.
La caída como inicio del viaje
El Árbol del Conocimiento del bien y del mal representa el dualismo, la posibilidad de discernir y de elegir. Es el punto en el que el Yo nace e inicia su viaje. El mordisco al fruto, a menudo interpretado como pecado, es en cambio, en la lectura esotérica, un acto necesario. Es el descenso del Espíritu en la materia, para experimentar la libertad y la evolución.
Adán y Eva no son castigados, son iniciados, es decir, la expulsión del Jardín es el inicio de la historia de la Conciencia encarnada. Desde ese momento, el ser humano vive en el mundo de la separación, entre Espíritu y materia, masculino y femenino, bien y mal, pero con la memoria del Uno dentro. El deseo de regresar a la casa del Padre se convierte en el motor de toda búsqueda.
El ciclo del retorno
Esa separación inicial representaría un ciclo, nada definitivo. El ser humano, como el hijo de la parábola evangélica, se aleja para conocerse a sí mismo, para madurar libremente y luego regresar de manera consciente como Conciencia divina realizada.
El camino a través del dualismo es, por lo tanto, necesario, le sirve al Yo para descubrir que, en el fondo, nunca ha estado separado. Es solo a través de la experiencia de la división que podemos intuir, en plenitud, la verdad de la unidad.
Todo camino espiritual encuentra sentido solo si se vuelve vida.
Reconocer a Dios en todo lo que existe no es solamente un acto de fe y de presencia, es una elección cotidiana nutrida de conciencia. El ser humano se eleva también a través de gestos simples: elegir aquello que nutre y cultivar un estilo de vida equilibrado, respirar con calma, respetar a los hombres y a la Tierra.
La espiritualidad es vivir con conciencia lo que somos, aquí y ahora.
Giovanni Bongiovanni
Presidente de Funima Int.
24 de abril de 2026

