LA ROCA SAGRADA DE LOS TEHUELCHES
Doña Agustina Quinchamal de Manquel, hija del cacique Keltchamn, hermana de Pedro y José, esposa de un mapuche. Escalada la considera una enciclopedia viviente de su cultura: hablaba dos dialectos del tehuelche y el mapuche. Nacida alrededor del año 1878, había conocido la vida nómada del toldo y refería leyendas, cuentos, tradiciones y canciones.

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Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela Casado
A mitad de camino entre el río Mayo y el alto río Senguer, cerca del paraje Pastos Blancos de la actual provincia de Chubut, había un gran trozo de hierro que los tehuelches veneraban desde tiempos inmemoriales.
Al principio de la historia la gente y los animales vivían dentro de una cueva. Había, entre la gente, una mujer que no provenía de madre y padre porque era obra de Soichú, el Dios creador de todas las cosas. Esta mujer, que tenía poderes sobrenaturales, era dueña de la Tierra y los animales. También tenía un hijo que era el objeto de su amor y todos sus desvelos. Un día sucedió que el zorro, siempre pícaro, asustó a todos los animales y generó una estampida.
La mujer salió corriendo tras ellos, temerosa de perderlos, y vio que su hijo, huyendo entre los animales, se había convertido en un potrillo blanco. Tuvo que convertirse en una yegua blanca para poder alcanzarlo. Sin embargo, su hijo murió ahogado en una laguna a la que se había arrojado para abrevarse.
La madre volvió a adoptar su forma humana para llorar su irreparable pérdida. Pasó mucho tiempo llorando y sin comer entre los páramos hasta un día en el que, ubicada tras un matorral de calafate, decidió convertirse en un extraño hierro. Antes de la metamorfosis entonó una canción que los tehuelches repitieron a lo largo de las generaciones. Era una sola frase que parecía ser una invocación o plegaria: Mineral pesado de mi gente, de mi sangre.
Desde entonces los tehuelches visitaban la roca para efectuar ceremonias, ofrendando alimentos y sacrificando animales. A veces la levantaban y transportaban y volvían a depositarla en su sitio, con la idea de que tendrían una vida larga los que hubieran podido llevarla más lejos.
Un manuscrito de Julio Germán Koslowsky, naturalista viajero, colaborador del Perito Moreno, refiere que esa roca, un meteorito de 112 kilos, fue trasladada al Museo de Ciencias Naturales de la Plata en 1896. Es el meteorito CAPPER y muchos indígenas han hecho el reclamo para que lo devuelvan.

