ADONIESIS: LAS LAGRIMAS DE SANGRE DE LA MADRE SANTISIMA DE CRISTO Y SU MENSAJE NO ESCUCHADO

20.06.2026

DEL CIELO A LA TIERRA


SI TENÉIS EL CORAJE, EL TIEMPO, LA HUMILDAD Y LA FE PARA MIRAR ESTAS IMÁGENES, PODRÍAIS ARREPENTIROS Y CAMBIAR EL MUNDO.
PUESTO QUE NOSOTROS CREEMOS QUE NO TENÉIS NI EL CORAJE NI EL DESEO DE HACERLO, LAS LÁGRIMAS DE SANGRE DE LA MADRE CELESTIAL MYRIAM PERMANECERÁN VACÍAS Y SIN SER ESCUCHADAS.
LOS JUSTOS, LOS BUENOS Y LOS LLAMADOS ELEGIDOS YA ESTÁN BAJO LAS GRACIAS DEL ESPÍRITU SANTO.
PAZ.


Adoniesis
Planeta Tierra / 18 de junio de 2026 / G.B.

LAS LÁGRIMAS DE SANGRE DE LA VIRGEN: UN LENGUAJE DEL CIELO PARA LOS TIEMPOS DE CRISIS

Por Erika Pais

A lo largo de la historia, innumerables hombres y mujeres han afirmado haber presenciado fenómenos extraordinarios vinculados a imágenes de la Virgen María. Entre todos ellos, ninguno ha impactado tanto la conciencia colectiva como las lágrimas de sangre.

Una estatua que llora agua puede conmover. Una imagen que derrama aceite puede despertar asombro. Pero cuando las lágrimas son de sangre, el mensaje parece adquirir una intensidad distinta, casi desgarradora. La sangre habla un lenguaje universal. Es el símbolo de la vida, del sacrificio, del sufrimiento y también de la redención.

Por ello, cada vez que una imagen mariana ha sido vista derramando lágrimas de sangre, debemos formularnos la siguiente pregunta: ¿qué intenta decirnos una Madre cuando llora sangre?

Desde una perspectiva espiritual, la respuesta parece encontrarse en la propia naturaleza de la maternidad. Una madre llora cuando sus hijos sufren. Y cuanto más profundo es el sufrimiento, más profundo es también su dolor.

En distintas épocas, las lágrimas de sangre han aparecido en contextos marcados por grandes tensiones históricas. Muchos recuerdan el caso de la Virgen de Akita, en Japón, cuyas lágrimas y mensajes estuvieron asociados a advertencias sobre divisiones, sufrimientos y pruebas para la humanidad. Otros evocan las famosas lágrimas de sangre de Civitavecchia, en Italia, ocurridas en un período caracterizado por profundos cambios geopolíticos y espirituales tras el fin de la Guerra Fría y el inicio de un mundo cada vez más convulsionado.

También existen numerosos testimonios provenientes de América Latina, Europa y otras partes del mundo, donde estos fenómenos fueron interpretados por los fieles como llamados a la conversión, a la oración y a una profunda reflexión sobre el destino de la humanidad.

Sin embargo, más allá de la autenticidad o no de cada caso particular que los escépticos o creyentes quieran darle, existe un elemento común que merece atención. Ninguna de estas manifestaciones parece buscar el espectáculo. Ninguna parece orientarse a satisfacer la curiosidad humana. Por el contrario, todas apuntan hacia una transformación interior.

La diferencia entre las lágrimas humanas, las lágrimas de aceite y las lágrimas de sangre resulta particularmente significativa.

Las lágrimas humanas representan el dolor, la compasión y la tristeza. Son el lenguaje natural del sufrimiento.

Las lágrimas de aceite evocan la unción, la misericordia, la protección y la presencia del Espíritu. El aceite ha sido desde tiempos bíblicos símbolo de bendición y consagración.

La sangre, en cambio, posee un significado mucho más profundo. En las Escrituras, la sangre es vida. Es alianza. Es sacrificio. Es entrega.

Cuando una imagen de la Virgen derrama lágrimas de sangre, el símbolo parece trascender la simple tristeza. Es como si el sufrimiento y la maldad de la humanidad alcanzara una dimensión tan grave que tocara el corazón mismo de la Madre.

Las guerras, el hambre, la injusticia, la violencia contra los inocentes, la destrucción de la naturaleza y la pérdida de los valores espirituales constituyen heridas abiertas en el cuerpo de la humanidad. Y toda madre verdadera siente como propias las heridas de sus hijos.

Quizás por eso las lágrimas de sangre impresionan tanto. Porque no hablan solamente de un dolor individual. Hablan de un sufrimiento colectivo. Hablan de una civilización que corre el riesgo de perderse a sí misma.

A menudo se discute si estos fenómenos son auténticos o no. La pregunta es legítima. Pero tal vez exista otra pregunta aún más importante.

Si una Madre llora sangre, ¿qué ocurre en el corazón de sus hijos?

Tal vez el verdadero milagro no sea la sangre que brota de una imagen. Tal vez el verdadero milagro sea el despertar de una conciencia que esa Sangre puede generar.

Porque las lágrimas de la Virgen no parecen destinadas a sembrar miedo, por el miedo en sí mismo, sino esperanza de una conversión. No parecen anunciar solamente condenas, sino advertencias amorosas para que esas condenas sean evitables.

Son el llamado silencioso de una Madre que contempla el sufrimiento del mundo y continúa invitando a sus hijos a elegir el camino del amor, de la justicia y de la conversión.

Y mientras una sola lágrima siga cayendo desde los ojos de la Madre, seguirá existiendo también la posibilidad de que la humanidad recuerde quién es, de dónde viene y hacia dónde debe dirigirse.

LAS LÁGRIMAS DE SANGRE Y LOS SIGNOS DE NUESTRO TIEMPO

Resulta difícil contemplar las lágrimas de sangre de la Virgen sin dirigir la mirada hacia el estado actual del mundo.

Vivimos una época extraordinaria desde el punto de vista tecnológico, pero profundamente contradictoria desde el punto de vista humano. Nunca antes la humanidad había dispuesto de tantos recursos para erradicar el hambre, las enfermedades y gran parte del sufrimiento material. Sin embargo, como una contradicción demoníaca, nunca antes había acumulado una capacidad tan grande de destrucción.

Las guerras continúan ensangrentando la Tierra. Millones de personas son desplazadas de sus hogares. Los niños siguen muriendo bajo las bombas o consumidos por el hambre. El comercio internacional de armas genera beneficios económicos inmensos mientras pueblos enteros son devastados por conflictos que parecen no tener fin.

Al mismo tiempo, una profunda crisis espiritual atraviesa la sociedad moderna. El hombre ha conquistado el espacio exterior, pero parece haber perdido contacto con su universo interior. Posee más información que nunca, pero menos sabiduría. Está hiperconectado tecnológicamente y cada vez más aislado espiritualmente.

En este contexto, las lágrimas de sangre adquieren una dimensión inquietante.

No parecen ser solamente el símbolo del dolor de una Madre por los sufrimientos individuales de sus hijos. Parecen representar el sufrimiento de la humanidad entera. Son como un espejo colocado frente a nuestra civilización donde:

Cada guerra añade una gota. Cada injusticia añade una gota. Cada niño abandonado añade una gota. Cada acto de violencia añade una gota.

Cada vez que el ser humano traiciona los valores más elevados de la vida, una nueva herida se abre en el corazón del mundo.

Por esta razón, debemos interpretar las lágrimas de sangre como un lenguaje profético. No solamente porque anuncien fatalmente acontecimientos futuros, sino porque revelan el estado espiritual del presente.

Los antiguos profetas bíblicos no eran adivinos. Eran observadores espirituales capaces de percibir las consecuencias inevitables de determinadas conductas humanas. Cuando advertían sobre castigos, guerras o catástrofes, en realidad estaban describiendo el resultado natural del alejamiento de las leyes divinas.

Las lágrimas de sangre parecen cumplir una función similar. No anuncian el destino. Advierten sobre la dirección que hemos elegido. Y al mismo tiempo recuerdan que todavía es posible cambiar el rumbo.

Porque una Madre que llora no ha perdido la esperanza en sus hijos. Llora precisamente porque todavía cree en ellos.

EL MISTERIO DE LA SANGRE: UNA LECTURA TEOLÓGICA Y ESOTÉRICA

Desde los albores de la humanidad, la sangre ha sido considerada mucho más que un simple elemento biológico.

Todas las grandes tradiciones espirituales han visto en ella un símbolo sagrado. Los pueblos antiguos comprendían intuitivamente que la sangre estaba vinculada a la fuerza vital, al alma y al misterio mismo de la existencia.

La profunda carga simbólica de las lágrimas de sangre encuentra sus raíces en las propias Escrituras.

En el Libro del Levítico (17,11), Dios declara: "La vida de la carne está en la sangre", revelando así que la sangre no representa únicamente un elemento físico, sino el principio mismo de la vida.

Esta idea vuelve a ser reafirmada en Levítico 17,14: "La vida de toda carne es su sangre".

A lo largo de los textos bíblicos, la sangre aparece además como signo de alianza entre Dios y los hombres, como se expresa en Éxodo 24,8: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros".

Finalmente, en el Nuevo Testamento, Cristo eleva este simbolismo a su máxima expresión durante la Última Cena cuando afirma: "Esta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos" (Mateo 26,28).

Desde esta perspectiva teológica, la sangre se convierte en el símbolo supremo de la vida ofrecida por amor, del sacrificio redentor y de la unión entre el Cielo y la Tierra.

Por ello, cuando una imagen mariana derrama lágrimas de sangre, el signo adquiere una dimensión extraordinaria: ya no se trata solamente del llanto de una Madre afligida, sino de un lenguaje que remite al misterio mismo de la vida, al sufrimiento de la humanidad y al sacrificio amoroso que atraviesa toda la historia de la salvación.

Entonces nos encontramos con que la sangre no representa únicamente la vida física. Representa la energía vital que sostiene la manifestación de la vida. Representa el sacrificio. Representa la entrega. Representa el amor llevado hasta sus últimas consecuencias.

La sangre ocupa un lugar central en toda la historia sagrada.

Abel ofrece su sangre inocente. Los profetas hablan de la sangre de los justos. Los mártires sellan con sangre su testimonio.

Y finalmente Cristo derrama su sangre como expresión suprema del Amor Divino. La sangre es, por tanto, el puente entre la vida humana y la vida espiritual.

Desde una perspectiva esotérica, la sangre posee además una dimensión vibratoria profundamente ligada a la conciencia.

Numerosas tradiciones iniciáticas han considerado la sangre como el vehículo físico de una realidad más elevada: la energía espiritual que anima al ser humano.

Cuando la sangre es derramada en un contexto de sacrificio consciente, deja de representar muerte para convertirse en transformación. Este es precisamente el misterio de la Cruz.

La sangre de Cristo no simboliza una derrota. Simboliza una transmutación. La materia se convierte en espíritu. El sufrimiento se convierte en redención. La muerte se convierte en vida.

Bajo esta luz, las lágrimas de sangre de la Virgen adquieren un significado extraordinariamente profundo. No serían simplemente lágrimas teñidas de rojo. Serían la representación visible de una participación espiritual en el sufrimiento de la humanidad.

La Madre aparece asociada al mismo misterio sacrificial del Hijo. No porque deba redimir al mundo. Sino porque participa íntimamente del dolor de sus hijos y del dolor de Cristo.

Desde la teología cristiana, María es la Madre Dolorosa, aquella que permanece al pie de la cruz cuando casi todos han huido.

Desde una visión esotérica más amplia, representa también el Principio Femenino Universal: la matriz de la vida, la conciencia receptiva, la energía maternal que sostiene la evolución de los seres.

Cuando esta Madre llora sangre, el símbolo alcanza una dimensión cósmica. Es la Vida llorando por la vida. Es la Creación llorando por sus criaturas. Es la Madre Universal contemplando las heridas que los hombres se infligen entre sí. Por eso las lágrimas de sangre no deben interpretarse únicamente como un signo de dolor. También son un signo de amor.

Porque solamente quien ama profundamente puede sufrir profundamente.

Y solamente quien continúa amando puede seguir llorando por aquellos que aún no han despertado. La sangre que aparece en estos fenómenos no habla únicamente de muerte. Habla de una vida sagrada que sigue llamando a la puerta de la conciencia humana. Habla del sacrificio silencioso de los justos. Habla de los inocentes que sufren. Habla del Cristo vivo que continúa derramando Su Amor sobre el mundo.

Y habla de una Madre que, dos mil años después del Calvario, sigue acompañando a la humanidad en su largo camino hacia la Luz.

ANTES DE LA TORMENTA

Quizás el aspecto más inquietante de las lágrimas de sangre sea que muchas veces parecen aparecer antes de que el sufrimiento alcance su punto culminante.

No después. Antes. Como si una Madre viera acercarse aquello que sus hijos todavía no perciben.

A lo largo de la historia, numerosos creyentes han asociado estos fenómenos a períodos de crisis, guerras, catástrofes naturales, persecuciones religiosas, colapsos sociales o profundos cambios históricos. No porque la Virgen anuncie fechas o acontecimientos específicos, sino porque parece manifestar un dolor anticipado frente a las consecuencias de determinadas acciones humanas. Toda madre conoce esa experiencia. Ve el peligro antes que el hijo. Ve la caída antes que ocurra. Ve la herida antes de que se abra. Y sufre incluso antes de que el sufrimiento llegue.

Las lágrimas de sangre parecen contener precisamente ese misterio.

Son el dolor del después vivido en el antes. Son la compasión anticipada. Son el amor que contempla una tragedia que todavía puede evitarse.

Quizás por eso estos signos suelen generar una sensación de urgencia espiritual.

No hablan solamente de lo que está sucediendo. Hablan de lo que podría suceder. Hablan de caminos que la humanidad todavía está a tiempo de abandonar. Porque el verdadero sentido de una advertencia no es anunciar una desgracia.

Es impedirla.

Cuando una estatua de la Virgen llora sangre, la imagen parece representar a una Madre situada entre dos mundos.

Detrás de ella está el presente, con sus guerras, injusticias, egoísmos y violencias.

Delante de ella se encuentra el futuro, con las consecuencias que inevitablemente surgirán si el hombre continúa avanzando por el mismo camino. Ella contempla ambas realidades simultáneamente. Nosotros solamente vemos una. Por eso sus lágrimas aparecen antes.

Porque el amor ve más lejos. Porque el amor comprende antes. Porque el amor sufre antes.

Y quizás esa sea la verdadera dimensión profética de las lágrimas de sangre. No la predicción de acontecimientos inevitables. Sino la revelación de una posibilidad. La Madre llora porque ve lo que podría llegar. Pero también porque sabe que todavía existe esperanza.

Toda profecía auténtica contiene estas dos dimensiones inseparables: la advertencia y la misericordia. Si sólo existiera la advertencia, habría miedo. Si sólo existiera la misericordia, habría indiferencia. Las lágrimas de sangre unen ambas. Son una llamada urgente a despertar.

Son un grito silencioso dirigido a la conciencia humana. Son la expresión visible de un amor que intenta evitar el sufrimiento antes de que sea demasiado tarde.

LA ESTATUA QUE COBRA VIDA

La estatua representa una imagen, un símbolo, algo aparentemente inmóvil. Que cobre vida podría significar que el símbolo deja de ser una representación para convertirse en una presencia viva. Es como si el mundo espiritual irrumpiera por un instante en el mundo material para recordar una verdad olvidada.

Las lágrimas de sangre añaden una dimensión sacrificial. No expresan solamente tristeza. Expresan participación en el sufrimiento. Hablan de una Madre que no permanece indiferente ante el dolor de sus hijos, sino que lo comparte y lo vive interiormente.

En medio de esa manifestación, la figura pronuncia unas palabras que condensan siglos de fe y de historia espiritual:

«Soy la Madre de Dios.»

Esta afirmación posee una enorme profundidad teológica. Desde los primeros siglos del cristianismo, María fue reconocida como Theotokos, la Madre de Dios. Sin embargo, cuando estas palabras aparecen en el contexto de una visión, su significado parece ir más allá de una simple definición doctrinal.

No parecen estar dirigidas a exaltar a María, sino a recordar la identidad de Aquel de quien ella es Madre.

Es como si la visión dijera:

«No olvidéis quién es Cristo.»

A lo largo de toda la tradición cristiana, María jamás dirige la atención hacia sí misma. Su misión consiste siempre en conducir las almas hacia el Hijo. Toda auténtica manifestación mariana termina conduciendo a Cristo.

Pero existe un detalle que otorga a esta visión una profundidad aún mayor.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, la Virgen elevaba el índice de su mano derecha apuntando hacia el cielo.

En el lenguaje simbólico de las tradiciones espirituales, los gestos poseen una fuerza tan profunda como las palabras. La mano derecha ha sido desde antiguo símbolo de autoridad legítima, justicia y acción divina. El dedo elevado no acusa ni amenaza. Tampoco condena.

Indica una dirección. Señala un origen. Recuerda una verdad.

Por ello, el gesto parece contener una enseñanza silenciosa. Mientras las lágrimas de sangre expresan el dolor de una Madre por el sufrimiento de la humanidad, el dedo levantado recuerda que la respuesta a ese sufrimiento no se encuentra únicamente en las soluciones humanas, sino en el retorno a los principios espirituales que el hombre ha ido abandonando.

Las lágrimas hablan del dolor. El dedo señala la esperanza.

Las lágrimas muestran las heridas abiertas de la humanidad. El dedo indica el camino capaz de sanarlas.

Las lágrimas recuerdan las consecuencias del alejamiento de las leyes divinas. El dedo señala el regreso a ellas. La sangre revela la gravedad de la crisis. El gesto revela la posibilidad de superarla.

Por eso, quizás el verdadero centro de la visión no sea la sangre ni el prodigio. No sea siquiera la estatua que cobra vida.

El verdadero centro parece encontrarse en aquello que la Madre señala. Su dedo elevado parece repetir el mismo mensaje que los profetas, los santos y los grandes maestros espirituales han transmitido a lo largo de los siglos:

"Levantad vuestra mirada."

Porque la humanidad atraviesa una época de enormes avances materiales y, al mismo tiempo, de una profunda desorientación espiritual. Posee un poder sin precedentes sobre la materia, pero cada vez comprende menos el sentido de su propia existencia.

Tal vez por eso las lágrimas de sangre aparecen precisamente en momentos de crisis. No para anunciar fatalmente una desgracia inevitable, sino para despertar una conciencia adormecida.

Toda auténtica profecía contiene dos dimensiones inseparables: la advertencia y la misericordia.

Si sólo existiera la advertencia, habría miedo. Si sólo existiera la misericordia, habría indiferencia. Las lágrimas de sangre unen ambas realidades.

Son dolor y esperanza.

Son justicia y amor.

Son una llamada urgente a despertar antes de que sea demasiado tarde.

Quizás la verdadera pregunta que debemos formularnos no sea si la sangre es auténtica ni si el fenómeno puede ser explicado científicamente.

La pregunta más importante es otra: ¿Qué intenta enseñarnos una Madre cuando llora sangre y señala el Cielo? Tal vez la respuesta sea tan simple como profunda. Que la humanidad todavía está a tiempo. Que el sufrimiento no es inevitable. Que el futuro no está completamente escrito. Que el amor de Dios continúa llamando a la puerta de la conciencia humana.

Y que, mientras una sola lágrima siga cayendo desde los ojos de la Madre, seguirá existiendo también la posibilidad de que los hombres recuerden quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde están destinados a regresar.

CONCLUSIÓN

Al final, las lágrimas de sangre de la Virgen nos conducen inevitablemente a una pregunta que trasciende el fenómeno mismo. No se trata solamente de determinar si una imagen ha llorado realmente sangre ni de demostrar científicamente un acontecimiento extraordinario. La verdadera cuestión es otra.

¿Por qué una Madre llora? Y más aún: ¿Por qué llora sangre?

La respuesta parece encontrarse en el misterio del amor. Sólo quien ama profundamente puede sufrir profundamente.

Sólo quien se siente unido al destino de los demás puede experimentar como propias las heridas ajenas.

Por eso las lágrimas de sangre parecen expresar algo más que dolor. Expresan participación. Expresan comunión. Expresan la unión íntima entre una Madre y la humanidad que le ha sido confiada.

A lo largo de estas páginas hemos visto cómo la sangre representa la vida, la alianza, el sacrificio y la redención.

Hemos visto también cómo estos signos suelen manifestarse en períodos de profundas transformaciones históricas, cuando el hombre parece alejarse de los principios que sostienen la armonía entre la Tierra y el Cielo.

Sin embargo, las lágrimas de sangre no parecen anunciar una condena inevitable.

Toda auténtica manifestación espiritual contiene una esperanza. Y precisamente porque existe esperanza, existe también advertencia.

La Madre llora porque ve.

Ve las consecuencias de los actos humanos. Ve el sufrimiento que puede evitarse. Ve el dolor que todavía no ha llegado. Y precisamente porque lo ve, llama a sus hijos antes de que sea demasiado tarde.

Por ello resulta particularmente significativo el gesto que acompaña la visión descrita en estas páginas.

Mientras pronunciaba las palabras «Soy la Madre de Dios», la Virgen elevaba el índice de su mano derecha señalando hacia el Cielo.

Las lágrimas mostraban el dolor. Pero el dedo mostraba la dirección.

Las lágrimas revelaban la herida. Pero el dedo revelaba la cura.

Las lágrimas hablaban del mundo que somos. El dedo señalaba el mundo que todavía podemos llegar a ser. Quizás esa sea la síntesis más profunda de todo el mensaje.

La sangre nos recuerda las consecuencias de nuestros errores. El dedo elevado nos recuerda que todavía existe un camino de regreso.

Porque mientras la humanidad conserve la libertad de elegir, ninguna profecía será completamente definitiva. Y mientras una Madre continúe llamando a sus hijos, ninguna oscuridad podrá apagar completamente la esperanza.

Las lágrimas de sangre no parecen ser el anuncio del fin. Parecen ser, más bien, el último llamado del Amor antes de la tormenta.

Erika Pais

15 de junio de 2026

DEL CIELO A LA TIERRA

LA SANTÍSIMA MADRE DE CRISTO, ESPOSA DE DIOS

LA SANTÍSIMA MADRE DE CRISTO, ESPOSA DE DIOS.
YO, QUE TANTO LA AMO, HE ESCUCHADO Y, UNA VEZ MÁS, HE ESCRITO.
¡QUISIERA!
¡QUISIERA TANTO QUE TODAS LAS COSAS CAMBIARAN DEL MAL AL BIEN!
¡QUIERO LLORAR DE NUEVO LÁGRIMAS DE SANGRE ESPERANDO EL ARREPENTIMIENTO DE LA HUMANIDAD PECADORA Y DESOBEDIENTE A LAS LEYES Y A LOS MANDAMIENTOS DEL PADRE!
¡QUISIERA TANTO, TANTÍSIMO, LA SALVACIÓN DE LOS NIÑOS INOCENTES Y MÁRTIRES DE LOS HOMBRES VERDUGOS Y DEMONIOS DE SATANÁS!
¡QUISIERA!
¡QUISIERA TANTO QUE EL SANTO PADRE Y LOS OBISPOS DE LA IGLESIA DE MI HIJO DEJARAN DE ESTAR AL SERVICIO DEL DIOS MAMÓN Y DE SER TOLERANTES CON LOS ABANDERADOS DEL DEMONIO, QUE CORROMPEN SUS CUERPOS Y SUS ALMAS!
¡QUISIERA!
¡QUISIERA TANTO SALVAR AL MUNDO, A TODOS MIS HIJOS DE LA MADRE TIERRA, QUE SOY YO!
¡QUISIERA!
¡QUISIERA!
¡LO IMPLORO!
¡PERO! YA NO PUEDO IMPEDIR AL PADRE QUE DEJE LIBRE EL BRAZO DE MI SANTO HIJO Y SUYO, CRISTO.
BRAZO Y MANO QUE EMPUÑAN LA ESPADA DE LA JUSTICIA DEL SOL Y DEL ESPÍRITU SANTO.
PRONTO LOS SERES HUMANOS SERÁN, Y SERÉIS, GOLPEADOS POR LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA.
EL MENSAJE APOCALÍPTICO DE FÁTIMA ENTRA COMPLETAMENTE EN SU FASE FINAL.
LOS SIERVOS DE ADONIESIS, LOS DOS TESTIGOS, PRONTO SERÁN LLAMADOS A SERVIR AL ALTÍSIMO CON PODER DIVINO PARA UNIRSE Y DESENMASCARAR EL ROSTRO DEL ANTICRISTO, EL HIJO DEL MAL.
¡PREPARAOS!
NO OS SEPARÉIS DEL CÁLIZ DE LA COMUNIÓN CRÍSTICA. ÉL ES LA VOZ DEL PADRE.
TODOS VOSOTROS QUE ESCUCHÁIS MI VOZ ESTÁIS PROTEGIDOS POR MI MANTO SAGRADO SOLAR.
¡QUISIERA!
¡QUISIERA LA SALVACIÓN DE TODOS!
¡QUISIERA!
LA SANTA MADRE, ESPÍRITU SANTO DEL COSMOS, OS AMA INFINITAMENTE.
A TI, HIJO DEVOTO DE MI CRISTO, TE DOY LAS GRACIAS POR SER LA VOZ Y EL CUERPO DEL PADRE EN EL MUNDO, QUE QUIERE GLORIFICAR EL REGRESO GLORIOSO A LA TIERRA DE JESÚS REDENTOR Y REY DEL UNIVERSO.
¡PAZ!
¡PAZ!
¡PAZ!
DEL CIELO A LA TIERRA

PLANETA TIERRA
8 de Noviembre 2025
G. B

DEL CIELO A LA TIERRA 

¡SOY LA MADRE DE TODAS LAS MADRES!

SOY LA FUERZA OMNICREANTE, GENERADORA DE DEIDADES SOLARES, DE HOMBRES-DIOSES.
DIOS ES MI HIJO, CRISTO ES HIJO DE MI HIJO, SE NUTRE DE MI SENO Y ES UNA MISMA COSA CON SU PADRE.
LAS CÉLULAS, LAS MACROMOLÉCULAS Y LAS GLÁNDULAS ENDÓCRINAS DE LOS UNIVERSOS (PLANETAS-SISTEMAS SOLARES-ESTRELLAS) SON PERSONIFICADAS POR MI AMOR MATERNO CÓSMICO.
A LOS PATRIARCAS ESTELARES Y, SOBRE TODO, AL PADRE ADONAY, LES HE DADO EL PODER DE COORDINAR EN LA ARMONÍA DE LA JUSTICIA, DE LA PAZ Y DEL AMOR, LA VIDA Y LA EVOLUCIÓN DE TODAS LAS ALMAS QUE MI GRAN ESPÍRITU HA GENERADO Y DE TODAS LAS MANIFESTACIONES VISIBLES E INVISIBLES DEL SER MACROCÓSMICO.
UNA DE ESTAS CÉLULAS DEL UNIVERSO, LA TIERRA, REPRESENTA Y PERSONIFICA MI SANTO AMOR MATERNO Y DIVINO.
HACE YA DOS MIL AÑOS A LOS PIES DE LA CRUZ MARÍA SANTÍSIMA EMANABA EL ALIENTO DE LA CONSOLACIÓN A SU SANTO HIJO CRUCIFICADO PARA LA SALVACIÓN DE SUS HERMANOS.
ELLA, MARÍA SANTÍSIMA, Y YO, SOMOS UNA SOLA COSA Y HOY, EN ESTE TIEMPO, CON SUS NUMEROSAS APARICIONES EN EL MUNDO, ANUNCIA LA SEGUNDA VENIDA DEL CRISTO REDENTOR, HIJO DEL ALTÍSIMO.
SABEDLO Y NO LO OLVIDÉIS JAMÁS, EN ÉL ME HE COMPLACIDO, A ÉL Y AL PADRE ADONAY LES SERÁ DADO EL CETRO DEL NUEVO REINO QUE MI SANTÍSIMO AMOR INSTAURARÁ TAMBIÉN EN EL PLANETA TIERRA.
¡AMADME!
AMADME Y RESPETAD MI SAGRADA NATURALEZA QUE SE MANIFIESTA EN LOS MILES Y MILES DE FRUTOS, EN LAS MILES Y MILES DE FLORES, EN LAS MILES Y MILES DE FORMAS QUE MANIFIESTO EN TODOS LOS SERES VIVOS: HOMBRES, MUJERES, NIÑOS, ANIMALES, PLANTAS, RÍOS, LAGOS, MARES, MONTAÑAS. SI NO ME AMÁIS MIS FUERZAS SUPREMAS DE LA JUSTICIA: EL AGUA, EL AIRE, LA TIERRA Y EL FUEGO, OS GOLPEARÁN SEVERAMENTE EXORTANDOOS AL ARREPENTIMIENTO Y A LA PENITENCIA.
¡POR LO TANTO, AMADME Y SERÉIS AMADOS!
¡AMAOS Y SED FELICES!
HE PREPARADO PARA VOSOTROS EL NUEVO JARDÍN DEL EDÉN. NO TODOS LOS ESPÍRITUS DE LA TIERRA LO HEREDARÁN, SINO SOLO AQUELLOS QUE SE HAYAN ARREPENTIDO ANTE EL MENSAJE DE MI SANTÍSIMO HIJO JESÚS-CRISTO Y DE TODOS LOS MENSAJEROS QUE EL PADRE ADONAY, POR VOLUNTAD MÍA, OS HA ENVIADO EN TODAS LAS ÉPOCAS Y EN TODAS LAS TRIBUS DE LA TIERRA.
SOY YO LA MADRE CÓSMICA, LA MADRE DE TODAS LAS MADRES, GENERADORA DEL AMOR Y DE TODA LA CREACIÓN. SOY YO EL SANTO ESPÍRITU, LA UNIDAD EN LA MULTIPLICIDAD. EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO, EL INFINITO Y EL ETERNO PRESENTE. HIJOS MÍOS BENDITOS TENED FE, PERSEVERAD EN EL CAMINO Y PERMANECED CONMIGO A LOS PIES DE LA CRUZ EN LA ESPERA DE SU VENIDA CON GRAN POTENCIA Y GLORIA.
HIJOS MÍOS MALDITOS Y PECADORES, OS RUEGO ¡CON TODO MI SAGRADO CORAZÓN! ¡Y TODO MI SANTO AMOR MATERNO!
¡ARREPENTÍOS!
¡ARREPENTÍOS!
¡PAZ!
DEL CIELO A LA TIERRA

Domingo 12 de Mayo de 2013
14:35 horas
G. B.

Share