AUDIO DIA DEL ABORIGEN AMERICANO Y DE LA TIERRA
El 19 de abril se conmemora el día del ABORIGEN AMERICANO y el 22 de abril se celebra el día de la Tierra, según nuestra percepción- no podemos separar uno del otro-, los reunimos en este pequeño homenaje, con sentires y saberes de la cosmovisión andina otorgados por los antecesores de los que hoy habitan esos territorios.
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Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela casado
Los pueblos ancestrales no "cuidaban el medio ambiente" como proyecto o campaña. Lo hacían porque sabían que herir la Tierra era herirse a sí mismos. Cada semilla era una plegaria. Cada lluvia, una respuesta del Gran Espíritu. Cada ciclo de la naturaleza, una enseñanza sobre los ciclos del alma.
Hubo un tiempo en que el ser humano no necesitaba que nadie le enseñara a respetarla. No había libros que explicaran por qué el río canta, ni maestros que dictaran cómo caminar sobre el suelo sagrado sin herirlo. Ese conocimiento vivía adentro, palpitaba en la sangre como el tambor de la ceremonia. Respiraba en los pulmones como el humo que sube hacia el Gran Espíritu.

La Tierra siente cuando la pisas con el alma dormida
La manera en que tocas el suelo revela cómo te tocas a ti mismo. Si corres sobre la tierra sin sentirla… también corres por tu vida sin vivirla.
Si la explotas sin gratitud… también te agotas a ti sin descanso. Pero si aprendes a inclinarte ante ella, a sembrar con paciencia, a esperar la lluvia con fe… algo dentro de ti comienza a evolucionar.
La armonía con la naturaleza es una memoria que duerme en nuestros huesos desde antes de que naciéramos. Una verdad que los ancestros tejieron en nuestro linaje con cada amanecer que supieron agradecer, con cada semilla que supieron honrar, con cada animal al que supieron mirar a los ojos como hermano.
Y lo sabemos…… lo que pasa es que el ruido del mundo moderno ha puesto capas sobre esa verdad. Capas de prisa, de miedo, de desconexión. Pero esa verdad tejida en la sangre no muere. Solo espera. Como la semilla bajo la nieve: quieta, viva, lista.
Cada vez que te detienes a escuchar la lluvia, cada vez que tocas la tierra con gratitud, cada vez que respiras profundo y sientes que eres parte de algo más grande que tú mismo… en ese instante, no estás aprendiendo. Estás recordando.
Vuelve a esa memoria. Ella es tu medicina más antigua.: la hierba amarga que sana el hígado, la raíz que calma el miedo. La flor que abre el pecho cerrado por dolor. No crecen por accidente, crecen donde se les necesita.
Los que han puesto su frente contra la corteza de un roble viejo….saben que algo responde. Una vibración. Una calma. Una presencia antigua que dice sin palabras: aquí estoy, llevo cientos de años aquí y todo pasa.
Los ancianos de las naciones originarias no hablaban de la tierra como se habla de una propiedad, de un recurso, de un bien que se compra y se vende. Ellos hablaban de ella como se habla de un abuelo. Como se habla de alguien cuya voz merece ser escuchada en silencio, cuyo cuerpo merece ser tocado con reverencia.
El río no te pertenece. Tú perteneces al río.
El bosque no es tuyo. Tú eres del bosque.
La montaña no es una frontera en un mapa, es un
anciano de piedra que lleva siglos guardando memorias que ningún libro ha
podido contener. El mundo
moderno nos enseñó a mirar la tierra con ojos de dueño. A trazar líneas. A
extraer, consumir, explotar. Pero los pueblos que caminaron este
sendero antes que nosotros sabían algo que hemos olvidado: cuando herimos la
tierra, nos herimos a nosotros mismos. Porque no somos seres que viven sobre la
Pachamama, somos seres que viven dentro de ella.
Amar la tierra no es un acto romántico ni poético. Es un acto de supervivencia sagrada.
Es recordar que la misma agua que corre por los ríos corre por tu sangre.Que el mismo fuego que calienta el centro de la Tierra es el fuego que arde en tu vientre cuando algo te apasiona. Que el viento que mueve los árboles es el mismo aliento que entra y sale de tus pulmones ahora mismo. Protégela. Escúchala. Ámala…. como amarías a tu madre anciana. Vuelve a la Tierra, vuelve a ti.
Porque cuando la última gota de agua dulce desaparezca, ninguna moneda del mundo podrá devolverla.
Lo que la Madre Tierra suspira pidiendo son almas que caminen despacio, que noten al que cayó, que levanten sin esperar ser vistos.

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