JUANA AZURDUY
Continuamos recordando mujeres que protagonizaron la guerra gaucha, corajuda y desigual que se libró sin recursos pero con mucho ingenio y una audacia sin límites. De un lado los ejércitos del rey, los mismos que venían de vencer a Napoleón. Del otro un pueblo decidido y comandado por gente que no hacía gala del ejemplo, lo ejercía.

Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela Casado
Juana Azurduy rompió con todos los estereotipos de su época. No fue la mujer obediente que exigía el orden colonial, una valiente guerrera y líder militar mestizanacida en el Alto Perú, hoy Bolivia en 1780. Hija de una "chola" o mestiza y de un hacendado de raza blanca de buena posición económica y tierras en la región, con su padre aprendió el oficio de las tareas de campo mientras trabajaba, y de esta forma entró en contacto con los pobladores originarios de su tierra, aprendiendo así el idioma quichua y el aymará -que nunca dejó de hablar-. Quedó huérfana siendo joven y debió completar su crianza entre sus tíos y conventos.
Su familia la pensó monja y ella se pensó libre.
Participó en más de treinta combates, siempre a la vanguardia, haciendo uso de un coraje desmedido que se fue haciendo famoso entre las filas enemigas a las que les había arrebatado personalmente más de una bandera y cientos de armas. Su accionar imparable permitió recobrar del dominio español las ciudades de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz. Llegó a liderar milicias formadas por miles de indígenas (10.000) mestizos y un escuadrón de mujeres conocidas como LAS AMAZONAS.
Junto con su esposo el comandante Manuel Ascencio Padilla (el abogado que dejó la toga por el sable), participó en la guerra de Las Republiquetas, (pequeñas partidas de hombres y mujeres sin uniforme, con lanzas de palo, machetes oxidados o piedras, que de día sembraban y de noche luchaban).
Fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada "Decididos del Perú", con derecho al uso de uniforme, que hizo efectivo el general Belgrano, quien debía entregarle el sable correspondiente, pero prefirió brindarle el suyo, el que lo había acompañado en Salta y Tucumán y durante el heroico éxodo jujeño.
Juana lo fue perdiendo todo, su casa, su tierra y cuatro de sus cinco hijos, Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes, en medio de la lucha. No tenía nada más que su dignidad, su coraje y la firme voluntad revolucionaria. Por eso, cuando los Padilla estaban en la más absoluta miseria y un jefe español intentó sobornar a su marido, Juana le contestó enfurecida:
"La propuesta de dinero y otros intereses sólo debería hacerse a los infames que pelean por mantener la esclavitud, no a los que defienden su dulce libertad, a sangre y fuego".
Juana salvó a su marido que había caído prisionero en febrero de 1814 en una operación relámpago que dejó sin rehenes y sin palabras al enemigo.
El 3 de marzo de 1816 Padilla y Juana atacaron al general español Las Heras cerca de Villar; allí Juana al frente de treinta jinetes, entre ellos varias amazonas, logró detener a los realistas, quitarles el estandarte, recuperar fusiles y cubrir la retirada de su compañero. En el combate de Villar, poco tiempo después, embarazada de su quinto hijo fue herida por los realistas. Su marido acudió en su rescate y logró liberarla, pero murió en la contienda. Era el 14 de septiembre de 1816. Juana se quedaba sin su compañero y el Alto Perú sin uno de sus jefes más valientes y brillantes.
Juana siguió peleando junto a los comandantes Francisco Uriondo, el "moto" Méndez y los hermanos Rojas, para alistarse luego nuevamente en las tropas de Güemes. Cuando el "padre de los pobres" fue asesinado a traición en junio de 1821, decidió volver a su tierra. Estaba en Chuquisaca con su hija Luisa en una tarde de noviembre de 1825, cuando al abrir la puerta se encontró nada menos que con el general Simón Bolívar, que quería tener el honor de conocerla.
Fue un abrazo profundo, con pocas palabras, estaba todo muy claro pero para el Libertador se hizo necesario decir: "esta república, en lugar de hacer referencia a mi apellido, debería llevar el de los Padilla". Más allá de los halagos, Juana seguía en la miseria y no recibía ni la pensión que le correspondía ni los sueldos adeudados por su rango de coronela. Fiel a su historia, tomó la pluma y escribió:
"Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una hija que no tiene más patrimonio que las lágrimas."
Bolívar le concedió una pensión vitalicia de 60 pesos, que fue aumentada posteriormente pero que Juana percibía cada tanto hasta que dejó de cobrarla cuando la burocracia le ganó una de las pocas batallas que perdió en su vida.
Considerada una de las figuras más importante que militó en la Independencia sudamericana frente al Imperio español, Juana murió en la soledad, el olvido y la pobreza, en un humilde barrio, el 25 de mayo de 1862.
Gracias a aquel maravilloso trabajo de Félix Luna y Ariel Ramirez que inmortalizó la querida voz de Mercedes Sosa, el nombre de esta mujer remitió a canción y poema. Aquellas melodías y palabras permitieron que muchos argentinos se anoticiaran de la existencia de una extraordinaria luchadora que lo dio literalmente todo por la independencia de esta parte de América.
Autor, FELIPE PIÑA


