“LA REVOLUCIÓN COMO SUELO, NO COMO CHISPA”
Estas son las reflexiones de Juan Carlos Furlán que queremos compartir con ustedes. Él es Productor Agroecológico, fundador de "El Ceibalito" una granja biodinámica ubicada en Villa Venecia, en Cerro Corá a unos 40 km de Posadas, Misiones.

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"Durante siglos, la imagen de la revolución ha sido la de una chispa: un momento de ignición que, al contacto con las condiciones maduras, desata el fuego transformador. Es una metáfora violenta y vertical, heredada de la física de la combustión y de la política del asalto al palacio. Supone un afuera que enciende, una masa combustible que espera y un estallido que todo lo purifica para empezar de cero.
Pero los saberes del siglo XXI —la ecología de redes, la neurobiología vegetal, la teoría de sistemas complejos— nos hablan otro lenguaje. No es el lenguaje del fuego, sino el del humus.

No es la lógica del evento espectacular, sino la del proceso subterráneo, lento e imparable. La verdadera transformación no nace de la aniquilación, sino de la descomposición, la recombinación y la regeneración.
Observamos el bosque: no es un ejército de árboles en lucha, sino una red simbiótica y distribuida. Las micorrizas conectan raíces, intercambiando nutrientes y señales de alerta. Los compuestos volátiles tejen conversaciones químicas en el aire. No hay un centro de mando, sino una inteligencia colectiva emergente. La vida no avanza principalmente por la competencia, sino por la cooperación que construye resiliencia. Este no es un sueño romántico; es el paradigma científico que reemplaza al darwinismo social del siglo XIX.

Si la naturaleza se organiza en redes de cuidado mutuo, ¿sobre qué base seguimos imaginando el cambio social como una guerra dialéctica? Tal vez la dialéctica —esa idea de que la historia avanza por el choque de opuestos— no sea una ley de la realidad, sino una proyección de una civilización jerárquica y belicosa. Quizás el conflicto que vemos es solo una forma —patológica— de relación, no su esencia.
La verdadera crisis de nuestra era no es solo la lucha de clases, sino la ruptura metabólica con los ciclos de la vida. Los límites del planeta son el hecho material decisivo. Y frente a este hecho, emerge una respuesta que no viene de la teoría política clásica, sino del diseño ecológico: la Agroecología y la Permacultura. No son meras técnicas agrícolas; son un discipulado de la naturaleza. Significan aprender a leer los patrones del suelo, del agua, de los ecosistemas, y rediseñar nuestra existencia para co-evolucionar con ellos, no para dominarlos.
Aquí es donde una clase social olvidada por el imaginario revolucionario industrial -el campesinado- se revela no solo como sujeto histórico, sino como guía civilizatorio. En su práctica late un principio olvidado: para volver a ser humanos, debemos volver a la naturaleza. Y el campesino es el conductor de ese regreso. No como un regreso nostálgico al pasado, sino como un retorno evolutivo a nuestras cualidades fundamentales: la observación paciente, la reciprocidad con lo vivo, el entendimiento de que somos nodos en una red, no amos de un territorio. Su saber no es técnico, sino ontológico; enseña que trabajar la tierra es también trabajar el alma, que cultivar alimentos es cultivar sentido. El campesinado, en su esencia, es la clase que recuerda cómo habitar.
Por ello, su cualidad revolucionaria no es su potencial para tomar el poder estatal en un sentido clásico, sino su competencia radical en el arte de sostener la vida. Son los jardineros experimentados del suelo que necesitamos cultivar, los que conocen el lenguaje de las semillas y el ritmo de las lluvias. Su lucha, por tanto, no se libra primariamente por el control de la fábrica, sino por la autonomía del territorio y el cuidado de los comunes: la tierra, el agua, las semillas, el saber. De esta lucha depende la posibilidad material de cualquier futuro, pero también la sanación de nuestra identidad escindida.

Por eso la estrategia deja de ser "tomar el centro" para volverse construir poder territorial aquí y hora. Como enseñan las luchas por el decrecimiento y la autonomía, se trata de crear hechos consumados de auto-organización: redes de producción y consumo agroecológico, cooperativas energéticas, municipios en transición. El campesinado, aliado con comunidades urbanas en transformación, no espera la chispa; es el sustrato vivo que ya está siendo cultivado, la memoria activa de que otro modo de existencia es posible y tangible.
Este cambio de imaginario es profundo. Renuncia a la metáfora épica de la chispa para abrazar la épica lenta del suelo. La política revolucionaria ya no es el arte de encender la mecha, sino el cultivo paciente del humus social y ecológico donde puedan echar raíces nuevas formas de vida. No es destructiva, sino regenerativa. No es instantánea, sino iterativa. No se mide en manifestaciones multitudinarias, sino en métricas de resiliencia: porcentajes de autosuficiencia alimentaria, salud del suelo, densidad de la red comunitaria.
La civilización industrial-capitalista, con su lógica extractiva y su mito del crecimiento infinito, es el incendio que devora el bosque. Nuestra tarea no es encontrar una chispa más pura, sino apagar el fuego y empezar a compostar.
Aprendamos del micelio: crecer de forma rizomática, conectar lo disperso, fortalecer desde abajo. Y cuando las condiciones sean propicias —cuando el sustrato esté vivo y mullido—, fructificaremos.

Los nuevos mundos no
nacerán de una explosión, sino de la quieta y tenaz persistencia de lo que ya
está creciendo, aquí, en los márgenes y las grietas del colapso, guiados por
quienes nunca dejaron de escuchar a la tierra.
La revolución, entonces, no es un evento que llega. Es un suelo que se prepara, una red que se teje, una práctica que se siembra. Es la elección de dejar de ser pirómanos para volvernos, siguiendo al campesino, jardineros planetarios.
Es, en el fondo, el viaje de regreso:
"VOLVER A LA NATURALEZA PARA, AL FIN, VOLVER A SER HUMANOS."

