NADA HA CAMBIADO EN AMERICA
EL DESPOJO DE TERRITORIOS A LOS PUEBLOS ORIGINARIOS CONTINUA TAMBIEN EN ESTE SIGLO

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Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela Casado
ARGENTINA
Neuquén
Estamos presenciando últimamente innumerables desalojos de nuestros pueblos originarios; recientemente la Policía de Neuquén y Gendarmería desalojaron la semana pasada a la comunidad mapuche Quinquintreo del territorio que habita ancestralmente en Villa La Angostura. Su Cacique manifestó:
Hoy vienen por nosotros, pero van a venir por nuestros hijos. Jamás vamos a tener un territorio para hacerle el mal a nadie. No lo hicieron nuestros abuelos ni lo hacemos nosotros".
Misiones
Por la orden ilegal de un juez la policía desalojó la comunidad indígena Mbya guaraní de Puente Quemado, la decisión favorece a un empresario maderero que había usurpado y deforestado parte de esas tierras indígenas, violando impunemente derechos humanos y una convención vigente.
A propósito de estas situaciones de las que mencionamos únicamente dos por ser las más recientes, vamos a retrotraernos 172 años, cuando El Jefe Seattle, un respetado líder de las tribus amerindias Suquamish y Duwamish en el actual estado de Washington, Estados Unidos, contesta una carta en 1854 al presidente de ese país, Franklin Pierce, que se considera un manifiesto pionero en defensa del medio ambiente y una profunda reflexión sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza.

"El gran jefe de Washington manda palabras, quiere comprar nuestras tierras, también manda palabras de amistad y bienaventuranzas. Esto es amable de su parte, puesto que nosotros sabemos que él tiene muy poca necesidad de nuestra amistad. Pero tendremos en cuenta su oferta, porque estamos seguros de que si no obramos así, el hombre blanco vendrá con sus pistolas y tomará nuestras tierras.
El gran jefe de Washington puede contar con la
palabra del gran jefe Seattle, como pueden nuestros hermanos blancos contar con
el retorno de las estaciones. Mis palabras son como las estrellas, nada
ocultan.
¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aún el calor de la tierra?
Dicha idea nos es desconocida.
Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo
podrán, ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante mata de
pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques,
cada altozano (cerro o monte pequeño) y hasta el sonido de cada insecto es
sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo.
La savia que circula por las venas de los árboles
lleva consigo las memorias de los pieles rojas. Los muertos del hombre blanco se
olvidan de su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas;
en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra porque
es nuestra madre.
Somos parte de la tierra y asimismo, ella es parte de nosotros. Las flores
perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; éstos
son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del
cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.
También nos dice que nos reservará un lugar en el
que podamos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertirá en nuestro
padre y nosotros en sus hijos.
Considerar su oferta no es fácil ya que
esta tierra es sagrada para nosotros. El agua cristalina que corre por ríos y
arroyuelos no es solamente el agua sino también representa la sangre de
nuestros antepasados.
Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes.
El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos y, por lo tanto, deben tratarlos con dulzura.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. No sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle.
Le secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.
No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizás sea porque somos salvajes y no comprendemos nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o como aletean los insectos. Pero quizás también esto debe ser por salvajes.
El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras (aves insectívoras que cazan polillas, escarabajos y otros insectos voladores por la noche) ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.
El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un mismo aliento – la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.
Deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.
Si decidimos aceptar su oferta, yo pondré condiciones:

El hombre blanco debe
tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un salvaje y no
comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las
praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un
salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el
búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué seria del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre
también moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que le suceda a los
animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquenles que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla.
Esto sabemos:
La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra, todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo lo que le ocurra a ella, le ocurrirá a los hijos de la tierra."


FUENTE:
https://elhistoriador.com.ar/carta-del-gran-jefe-seattle-al-presidente-de-eeuu/
Foto portada: Smithsonian en Unsplash
