RELACION ENTRE LA MUJER, EL PAISALE Y EL AGUA EN LAS SOCIEDADES INDIGENAS DE NUESTRO CONTINENTE
En marzo se celebran dos días internacionales, el 8 el de la Mujer y el 22 el del agua, por esa razón hoy reflexionamos sobre la relación entre la mujer, el paisaje y el agua en las sociedades indígenas de nuestro continente. Para ello, nos enfocamos en un caso especialmente ilustrativo de esta relación triangular: el valle de Nasca y su memoria hídrica, ubicado en la costa sur del Perú, es una de las zonas más áridas del planeta, con una precipitación promedio de 0,3 milímetros al año. Los ríos que descienden de los Andes y atraviesan el desierto costero hasta desembocar en el mar han sido aprovechados por los habitantes de este territorio para irrigar sus cultivos y abastecerse de agua.

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Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela Casado
Una investigación de este Valle, revela cómo las antiguas sociedades del desierto costero peruano comprendieron la relación entre mujer, paisaje y agua. A través de sistemas hidráulicos y de expresiones simbólicas presentes en su arte y tradiciones, los Nasca desarrollaron formas de habitar un territorio extremadamente árido, donde el agua fue entendida como origen de vida y estrechamente vinculada a lo femenino.
Este entrelazamiento entre territorio, memoria hídrica y cosmovisión, también dialoga con las luchas contemporáneas de mujeres indígenas que hoy defienden las aguas y los ecosistemas frente a diversas amenazas
El agua que fluye desde la sierra andina no es abundante y desde mayo a diciembre estos ríos se quedan secos. De hecho, en muchos años los ríos no llegan a correr. A pesar de estas condiciones, en esta región prosperaron durante miles de años diversas sociedades que desarrollaron un profundo conocimiento de su entorno y de las formas de habitar y vivir en un desierto que, desde nuestra perspectiva, resulta desafiante.
Una de estas sociedades es conocida como Nasca, que se desarrolló entre el año 1 y 700 después de Cristo y es famosa por los grandes dibujos —los geoglifos— que dejó trazados sobre la superficie de su territorio. Este gesto de dibujar sobre la faz de la tierra a una escala que solo puede apreciarse desde una perspectiva a vuelo de pájaro, nos habla de una relación estrecha con su paisaje.
En distintos momentos de su historia estos cambios climáticos generaron transformaciones sociales, políticas y religiosas, entre ellas modificaciones en los patrones de asentamiento, en la organización sociopolítica y en el estilo artístico.
Más allá de estos cambios, resultado de la escasez de agua, surge la pregunta: ¿cómo lograron enfrentar sequías en un entorno ya de por sí extremadamente árido?.
Una de las respuestas
Los puquios, llamados también acueductos subterráneos, son una infraestructura hidráulica horizontal que capta el agua del subsuelo, aprovechando la pendiente natural del valle para conducirla y distribuirla hacia los campos de cultivo. Se utilizaban dos tecnologías de captación del agua. La primera por medio de los "Ojos de agua", un tipo de pozos verticales en forma espiral, que crean acceso al agua subterránea desde la superficie y la encauzan a través de canales subterráneos. La otra, se basa en "cangrejeras" que son drenajes construidos por debajo de la superficie que llegan al agua subterránea.
En ambos casos, el agua del subsuelo drena hacia un canal superficial, principal y abierto que luego desemboca a una reserva de agua o cocha, desde donde se distribuye el agua a los campos agrícolas.
Si bien fueron creados alrededor del 400-450 d.C. muchos de ellos han perdurado y siguen siendo utilizados hasta hoy. Para diseñarlos, las poblaciones locales debieron contar con un profundo conocimiento de la hidrogeología y de la naturaleza del agua, transmitido de generación en generación, creando así una memoria hídrica del Valle y de sus habitantes.

Son concebidos como entidades femeninas: cuando el puquio se llena de agua, se entiende que está "preñada", en alusión al proceso biológico de la gestación, cuando el cuerpo femenino se llena de líquido. Asimismo, el agua contenida en los puquios es el elemento base para generar vida en el valle.
Hay otras evidencias que conectan el agua que fluye en estos acueductos subterráneos a un ser femenino. Cuentan los habitantes de Nasca que el agua de algunos puquios proviene de un cerro prominente de la zona, llamado Cerro Blanco, considerado un ente femenino.
El entrelazamiento entre cuerpo femenino, paisaje y agua no es exclusivo de este pueblo, sino que se encuentra en muchas otras comunidades indígenas y continúa vigente actualmente.
Las propuestas de mujeres indígenas que reflexionan sobre esta relación cuerpo-territorio, muestran que las prácticas coloniales del extractivismo, ejercidas tanto sobre el territorio como sobre sus cuerpos, responden a una misma lógica patriarcal.
Asimismo, las crisis ambientales generadas por este saqueo a la naturaleza afectan de manera particularmente intensa a las mujeres, vulnerando la relación íntima que mantienen con sus territorios. En este sentido, resulta claro por qué muchas de ellas lideran en América diversas luchas a favor de proteger las aguas, territorios y comunidades.
A propósito de estos temas, queremos reconocer a algunas de ellas luchadoras comprometidas, que forman parte de movimientos activos:
Movimiento de Mujeres y Diversidades Indígenas por el Buen Vivir, Redes de resistencia
Asamblea el Algarrobo (Catamarca) Mujeres como Rosa, en Andalgalá, llevan años defendiendo los cerros y las fuentes de agua contra la minería.
María Teresa "Guni" Cañas, Ambientalista mendocina destacada en la lucha por la misma causa.
Silvia Iñiguez: En Uspallata pertenece a una de las asambleas que defiende el agua, militante desde hace más de 40 años.
La Red de Mujeres Lideresas Unidas en Defensa del Agua que impulsó el reconocimiento del lago Titicaca como sujeto de derechos por parte del Gobierno Regional de Puno.
Podríamos seguir nombrando muchas más.
Todas ellas sufren a menudo estigmatización y hostigamiento, pero mantienen firme la consigna de que el agua es un derecho humano y de la naturaleza, no una mercancía.
Estas mujeres y sus luchas, que a veces parecen una batalla perdida, nos recuerdan que, con mucho trabajo, incluso una sola gota puede cambiar el curso de las aguas.

