ROSA LUXEMBURGO - MUJER, LÍDER REVOLUCIONARIA Y PACIFISTA
La dirigente comunista más famosa de la historia, Rosa Luxemburgo nació en Polonia hace 150 años, por entonces dominada por la Rusia zarista, en el seno de una familia de origen judío. A los cinco años, un diagnóstico equivocado de tuberculosis ósea la obligó a permanecer con una pierna enyesada durante casi un año, lo que le provocó una cojera permanente. Sus padres decidieron que estudiara. Asistió al Liceo Femenino en Varsovia y ya en su adolescencia con sólo 15 años, se sumó al partido izquierdista Proletariat.

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Por Mirtha Susana Rodriguez y Estela Casado
Esa militancia la obligó en 1889 a refugiarse en Suiza para huir de la represión y en la Universidad de Zurich estudió de manera simultánea filosofía, historia, política, economía y matemáticas.
Fue una avanzada a su tiempo: universitaria, reconocida teórica marxista, economista, feminista y dirigente política.
Allí conoció los textos de Marx y se especializó en sus escritos económicos, al tiempo que intensificaba su militancia socialista. Creía que una revolución socialista en Polonia no era posible por sí sola, sino que sería consecuencia de lo que ocurriera en Rusia, Alemania y Austria. Eso la decidió a radicarse en Alemania. Corría 1898 y cuando contaba con 27 años, obtuvo la ciudadanía alemana. Se radicó en Berlín.
Su ascenso en el Partido Socialdemócrata Alemán era imparable. Enseñaba marxismo y economía en la "escuela de dirigentes" del partido que en 1907 la envió a Londres como representante al V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, donde se entrevistó con Lenin, quien la apodó "El Águila de la Revolución".
Era la mujer más famosa de Alemania, impulsora de una liberación de la mujer que sólo podría alcanzarse junto con la revolución socialista, oradora flamígera y combatiente decidida de la lucha insurreccional que se desarrollaba en las calles.
Se había vuelto una militante muy incómoda y fue asesinada a sus 48 años. En aquel frío enero de 1919 una ola revolucionaria sacudía a Alemania, pese a que algunos líderes comunistas -incluida Rosa Luxemburgo- no habían promovido esa explosión insurreccional. En respuesta al levantamiento, Friederich Ebert, el presidente de la inestable República de Weimar -como se llamó Alemania tras la derrota en la Primera Guerra Mundial- y líder socialdemócrata, dio vía libre a los "Cuerpos libres", una milicia nacionalista de ultraderecha, para que reprimieran el levantamiento y se deshicieran de sus dirigentes. De ellos, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron las primeras víctimas, ejecutadas por orden secreta de un gobierno que nunca lo quiso admitir.
Recién cuarenta y tres años después se supo la verdadera causa de su fallecimiento.
Su historia fue prolífera y apasionante, tanto como su militancia, pero no ahondaremos en más detalles. Nos vamos a referir al herbario de Rosa. Se trata de 18 cuadernos botánicos que reúnen 377 plantas prensadas, compiladas entre 1913 y 1918.
Lo más impresionante es que gran parte de este trabajo lo realizó mientras estaba encarcelada como presa política durante la Primera Guerra Mundial. Muchas de las plantas las recolectó en los patios de las prisiones donde estuvo recluida —otras llegaron a sus manos a través de cartas o visitas de amigas.
El herbario está hecho de plantas que brotaban en las grietas de los patios de las prisiones donde fue recluida. Para Rosa Luxemburgo esas plantas que solemos llamar maleza nunca fueron simples objetos de observación. Más bien, aparecen en sus escritos como verdaderas compañeras de encierro, presencias vivas con las que dialoga en medio del aislamiento.
En el herbario aparecen especies que mucho antes, habían sido utilizadas tanto en la medicina popular como en el imaginario de la "brujería". Sin proponérselo explícitamente, al recolectarlas en el encierro, entra en diálogo con ese archivo de saberes perseguidos.
La Hierba de San Juan

Por ejemplo, una de las malezas que Rosa recolectaba es la Hierba de San Juan que ella incluyó en uno de sus cuadernos. En la Edad Media las mujeres la usaban, entre otras cosas, para tratar lo que entonces se llamaba "melancolía", lo que hoy identificaríamos como depresión.
La ortiga

Hay algo en su insistencia por crecer, en su forma de ocupar suelos pobres que parece llamarle la atención. Y no es casual: en la tradición de las curanderas, la ortiga era una planta de protección y purificación. Incluso su picadura —esa defensa inmediata— puede leerse como un gesto de resistencia. Como si dijera: no soy débil, aunque me consideren maleza.
El Beleño Negro

Quizá el más inquietante de todos. Como tantas plantas cargadas de ambigüedad a menudo llamada «la hierba de las brujas», es una planta venenosa. Las semillas y hojas del Beleño Negro contienen alcaloides que se absorben a través de la piel. Mezclado con grasa, formaba un ungüento que al ser aplicado producía alucinaciones, sensación de ligereza y la falsa sensación de volar, lo que alimentó las leyendas sobre las brujas y sus escobas.
La Ruda

Tiene una larga historia documentada como planta medicinal y ritual. Se utilizaba para estimular las contracciones uterinas y forzar la expulsión fetal en casos de embarazos no deseados.
De algún modo Rosa no solo miraba la "maleza", se reconocía en ella. Y más que eso, convirtió esa identificación en posición política, fue su gran acto de rebeldía.
Ella eligió el bando de los «nadie», de los que crecen en los márgenes, de los que son pisoteados, pero insisten en vivir. Una voz incómoda. Algo que no encajaba en el orden. Algo que, desde el punto de vista del poder, había que arrancar.
Identificarse
con la maleza no es resignarse. Es reivindicar. Es ponerse del lado de los que no encajan: la clase obrera, los excluidos… ella
misma.
La maleza no se domestica del todo. Vuelve. Siempre vuelve. Aunque la
arranquen, aunque la quemen, aunque la pisen. Y Rosa parece haber entendido esa
lógica profundamente. Poco
antes de morir, escribe esa frase que sigue resonando como un eco obstinado:
FUI, SOY Y SERÉ
Incluso su muerte tiene algo de esa imagen. Su cuerpo fue arrojado al canal durante meses, y las aguas, las plantas y los juncos la guardaron. Es difícil no ver ahí una especie de cierre —o de continuidad— con su forma de estar en el mundo. Como si al final, la tierra —esa que tanto observó, que tanto cuidó— la hubiera recibido.
Su herbario no es solo un archivo botánico. Es también una forma de resistencia silenciosa, una práctica de atención que desborda los límites entre ciencia, la política y la sensibilidad. Y, quizás, una invitación a volver a mirar lo que crece a ras de suelo, ahí donde casi nadie se detiene, porque cada planta pegada en esas páginas es en el fondo, un pequeño gesto de libertad. Un fragmento de mundo recuperado. Una forma de decir —sin consignas, sin discursos— que incluso en las condiciones más duras… la vida puede seguir siendo defendida.
Dos de sus frases más famosas son:
"POR UN MUNDO DONDE SEAMOS SOCIALMENTE IGUALES, HUMANAMENTE DIFERENTES Y TOTALMENTE LIBRES".
"QUIEN NO SE MUEVE, NO SIENTE LAS CADENAS"


