SANTA PASCUA 2026 CONFESIONES DE UN ESTIGMATIZADO

27.04.2026

Por Marco Marsilli

¿Qué siente en su corazón un estigmatizado cuando percibe que lo Divino lo llama a revivir en su cuerpo la Pasión de Cristo? ¿Qué experimenta cuando recibe "la Llamada" y siente acercarse la milagrosa sanguinación de las sagradas heridas?

Puesto que los estigmas simbolizan la presencia de Jesús, se tiende a creer que durante las sanguinaciones el místico vive una condición de beatitud, y que el espantoso dolor de las santas llagas es superado en un éxtasis de visiones celestiales.

Pero ¿es realmente así? ¿Qué ocurre verdaderamente en el alma del místico, que en esas horas de suprema agonía, se convierte al mismo tiempo en altar y en holocausto del martirio divino?
Giorgio Bongiovanni ha ricevuto le stigmate a Fatima il 2 settembre 1989. I segni nel suo corpo sono permanenti, e gli esperti (medici chirurghi, psicologi, psichiatri, ecc.) hanno dimostrato che si tratta di ferite inspiegabili secondo la scienza medica convenzionale: non sono autoinflitte né provocate da intervento umano, la dolorosissima apertura periodica delle piaghe avviene spontaneamente, e dopo il sanguinamento la rimarginazione è rapidissima, istantanea.

Giorgio Bongiovanni recibió los estigmas en Fátima el 2 de septiembre de 1989. Las marcas en su cuerpo son permanentes, y los expertos (cirujanos, psicólogos, psiquiatras, etc.) han sostenido que se trata de heridas inexplicables según la ciencia médica convencional: no son autoinfligidas ni provocadas por intervención humana, la dolorosísima apertura periódica de las llagas ocurre espontáneamente, y tras el sangrado la cicatrización es rapidísima, casi instantánea.

Mientras que el proceso de laceración y cicatrización de las heridas normales ocurre de manera ordinaria, la sangre de los estigmas coagula de forma autónoma e independiente del resto del cuerpo (que, además, está afectado por diabetes y, por lo tanto, heridas similares deberían llevarlo a la muerte). Además, las heridas no se infectan, permanecen perennemente limpias desde hace casi cuarenta años y, sin embargo, no sanan. Por no hablar de los fenómenos prodigiosos asociados a las sanguinaciones, como por ejemplo el perfume a rosas que emanan en muchas ocasiones, o las figuras sagradas formadas por la sangre desafiando la fuerza de gravedad y las leyes de la física. Estos son algunos de los muchos datos científicos y empíricos que se presentan como evidencia de la "irracionalidad" de los estigmas.

Pero ¿qué sucede en la interioridad del estigmatizado? Es muy importante conocer sus procesos mentales, que confirman la autenticidad del fenómeno aún más que las investigaciones científicas, y demuestran que se trata realmente de un milagro divino. Si la ciencia sostiene que las heridas son "inexplicables y antinaturales", es precisamente en los pensamientos y en los procesos interiores del estigmatizado donde podemos encontrar la prueba más importante de la realidad divina del fenómeno.

La lógica infalible enseña que ninguna persona en su sano juicio desea sufrir, y que toda persona en su sano juicio rehúye el dolor. La sanguinación de los estigmas no genera placer, felicidad ni satisfacción. Por el contrario, en las horas que preceden este prodigio y durante todo el tiempo en que ocurre, el sufrimiento físico y psíquico llega a su punto máximo, se vuelve insoportable, y el místico experimenta las más abrumadoras emociones de repugnancia: se siente solo, se siente abandonado, se desespera, está conmocionado, angustiado, presa del pánico, detesta su condición y querría huir del incomprensible tormento, del cual incluso llega a avergonzarse.

Él es consciente de que en su cuerpo se produce un milagro que proviene de la dimensión sobrenatural. Y es consciente también de que esa dimensión es divina, no diabólica, porque conoce las consecuencias que derivan de este milagro, consecuencias positivas para sí mismo y, sobre todo, para las demás personas. Sabe que al final experimentará sentimientos sublimes, en total oposición a esos espantosos sentimientos que lo acompañan durante la sangración. Sabe que se sentirá honrado de haber participado en la Pasión del Señor, de haber vivido la "imitación de Cristo". Sabe que sentirá gratitud, que se sentirá agradecido porque ese prodigio ayudará a los que sufren, encenderá el fuego de la Fe en las almas frías, consolará los corazones afligidos, reunirá fraternalmente a los amantes de la verdad…

No obstante, durante la sangración no puede fijar el pensamiento en estas certezas, porque en esas horas terribles él está postrado hasta el espasmo, cegado por las innumerables persecuciones de Lucifer y de sus huestes infernales, que en esos momentos se desencadenan y tienen la libertad de torturar el alma del místico, con el fin de hacerlo caer en tentación, para inducirlo a renegar de su misión, para inducirlo a traicionar a Cristo.
Todo esto nos ayuda a comprender lo que vivió Jesús desde el Getsemaní hasta el Gólgota, nos ayuda a entender su rechazo de la muerte y el sentido de sus angustiosas palabras en la Cruz: "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Jesús detestaba esa situación inicua y antinatural, sentía que no debía ser así, sentía que era inocente, sentía que todos sus dolores eran injustos, inmerecidos, absurdos, injustificados, y sufría horriblemente.

Y, sin embargo, a pesar de que su mente quería lo contrario, a pesar de que su corazón se rebelaba ante aquella espantosa tribulación, aceptó esa Verdad que trasciende la naturaleza humana, la Verdad que en ese momento no sentía. Jesús logró vencerse a sí mismo y vencer al mundo, y con sus últimas fuerzas dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Aproximadamente 39 horas más tarde, el sepulcro fue hallado vacío.

* * *

Las que siguen son las palabras que Giorgio Bongiovanni pronunció el 6 de abril de 2026 ante los hermanos espirituales reunidos para celebrar la Santa Pascua. Gracias a esta "confesión", por primera vez tenemos la posibilidad de conocer el estado interior de un estigmatizado en todas las fases de la sanguinación.
En primer lugar, llega la Llamada, la conciencia de que la sangración está por suceder, y así el místico comienza poco a poco a precipitarse en la noche oscura del alma, su Getsemaní, donde se hunde en una casi total perdición. Luego viene la fase de la aceptación: aunque reacio y disgustado, él se somete a la aterradora agonía, donde la comunión con Jesús significa la comunión con Su rechazo al dolor, con las más oscuras tentaciones, con el sentido de injusticia, de inutilidad, con el disgusto y el terror ante el monstruoso suplicio.

Finalmente, después de la sanguinación que equivale a la crucifixión y a la muerte, llega el tiempo de la teofanía, que trae consigo las visiones divinas y las enseñanzas que deben transmitirse a todos los hermanos espirituales. Y así, por fin, la renovada conciencia llega como la aurora a iluminar la oscuridad ya vencida: el martirio no fue en vano, la Pasión ha dado una vez más sus frutos de salvación, ha lavado los pecados, ha despertado a los dormidos, ha consolado a los afligidos. Por enésima vez la cruz se convierte en árbol de vida, alrededor del cual todos los hermanos, terrenales y celestiales, se reúnen en el abrazo del amor sacrificial. Una vez más, el Cáliz viviente ha derramado en sus corazones el eterno vino nuevo de la Comunión Crística.

Leyendo estas palabras podemos sumergirnos en el océano del más profundo misterio que une lo humano con lo Divino, el misterio de la vida, de la muerte y de la resurrección. Siguiendo estas palabras como Dante Alighieri siguió a Virgilio, allí, en los abismos del alma, encontraremos la llave dorada de la gran verdad, de la gran comprensión, la llave del verdadero conocimiento que disuelve el secreto del gran misterio. Y entonces Virgilio cederá el paso a la celeste Beatriz que surgirá entre las líneas, palabra tras palabra, y así aprenderemos a ascender desde la oscuridad, llevando con nosotros esta llave mágica, la llave de oro que abrirá las puertas solares de la vida eterna.

Cristo me ha pedido algo que un poco me mortifica, que me da vergüenza. Me ha dicho: "Cuenta lo que sucede durante la sanguinación". Tal vez ustedes piensen que en esos momentos veo la luz, al Cristo… Pero en realidad yo lo veo después; Él llega después de la sangración, cuando me da un mensaje para transmitir. Pero el tiempo que va desde la Llamada hasta el momento de la sangración, ese tiempo que es de aproximadamente tres horas, es el momento más grave, más terrible de mi vida. Siento una vergüenza tremenda, estoy desnudo, hay oscuridad, hay alguien que me abre la carne con una hoja filosa, con un cuchillo, con un clavo, y me avergüenzo, me siento mortificado, me siento malo.

¿Qué está pasando? ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué me haces pasar por esto? ¿Por qué me haces sentir esta absurda vergüenza, esta tortura devastadora? Y sucede siempre del mismo modo desde hace más de treinta y cinco años… vergüenza, llanto, dolor, gritos, convulsiones, negro, veo sólo negro, miedos… y mientras tanto comienzan a abrirse las heridas, y yo no quiero verlas, es como si huyera de ellas, una situación muy fea para mi mente y mi corazón. Cuando la sangración está por terminar y veo todas esas heridas abiertas, casi como un psicópata, como un esquizofrénico, en realidad entro en un estado espiritual de beatitud: comienzo a sentir alegría, felicidad, me pongo a llorar, y en ese momento se me aparece Jesús, es ahí donde se da el coloquio.

Por lo tanto, la sangración no es como ustedes piensan, nunca ha sido como ustedes han creído, es decir, que la sangración de los estigmas se vive con gran dolor, pero es superada gracias al amor y a la luz de Cristo. No, en ese momento sólo hay negro, oscuridad, satanás, me avergüenzo. En ese momento pienso que soy un loco al que deberían encerrar en un manicomio, y no me explico por qué sucede esto en mi cuerpo, quién lo hace, cómo lo hace, por qué lo hace. En ese momento pienso que no es justo que ocurra esto, pienso que no hay necesidad de este sufrimiento inexplicable.

Porque yo soy un científico, soy un extraterrestre, soy un mensajero de Dios, puedo hablar espiritualmente, y entonces me pregunto por qué hay necesidad de esta tortura para convencer a los demás… ¿convencerlos de qué? ¿A hacerte conocer mejor, Jesucristo? ¿Pero por qué motivo? Y Tú me condenas a hacer esto. Todo esto sucede durante dos, tres, cuatro horas, y veo el negro, la oscuridad.

Sin embargo, cuando termina, y miro a mi alrededor, cambio de idea y digo: "Señor, ¿dónde quieres que vaya hoy? ¿Qué debo hacer por Ti, con estas señales?" Esto es lo que sucede, y era necesario que yo lo contara. Por eso me ven mortificado, asustado, no quiero sangrar, no quiero hacerlo, no quiero pasar por esto… Al principio era joven, quería sangrar cinco veces al día. Ahora, en cambio, mi tentación, mi prueba más grande -que ocurre quizá tres o cuatro veces al año- es precisamente mi mayor prueba, mi día más difícil de superar, mi momento más grande, en el cual podría perderme y traicionar a Dios, es justamente el momento de la sanguinación.

No es el momento más bello, es lo peor que me ocurre durante la obra, es el momento más duro, el más triste, el más mortificante, es justamente aquello que no quisiera. Quizá incluso preferiría ser asesinado por la mafia, torturado, matado, arrestado, procesado, acusado de crímenes horrendos que no he cometido… afrontaría todo eso, defendiéndome, con gran valentía. En cambio, aquello que no logro afrontar, pero luego afronto, aquello que no logro superar, pero luego supero, es precisamente la sangración, ese momento en el que ustedes creen que estoy tomado por Cristo, tomado por Dios… No, en cambio es el momento más terrible de mi vida. Pero Él quiere esto, y entonces diez mil veces le he ofrecido mi corazón y, si quiere, lo haré otras diez mil veces más. Pero yo nunca he mentido a mis hermanos, y esta es la verdad. Ahora la conocen por completo, ya no tengo nada más que ocultar.

No obstante, lo reconozco: los estigmas son el signo que ha puesto de rodillas al mundo, el signo que los ha despertado a todos ustedes, que los ha llevado a Cristo, por lo tanto, Él es verdadero, y también es verdad que el signo es lo que nos mantiene unidos, lo que nos une. El signo es nuestra fuerza, el signo es la presencia de Cristo, es el recuerdo de Cristo, es la memoria de Cristo; el signo es la fuerza del poder de Dios, también esto es verdad. Por eso luego me convenzo de que debo llevar este signo hasta la muerte.

Eugenio Siragusa, cuando éramos jóvenes, nos decía: "¡Pronto tendremos una gran señal! ¡Es un mensaje de Woodok, es un mensaje!". Gritando decía: "En nuestra obra tendremos un gran signo que hará temblar a los poderosos, los hará arrodillarse y les hará temblar el pulso, ¡y todo el mundo lo verá!".

Ese era el signo -la señal- de la obra, los estigmas, que yo siempre rechazo, pero luego acepto porque… no encuentro las palabras, es terrible, vivirlo es terrible. Por eso, la parte más hermosa que me hace enamorar de Jesús, el Hijo de Dios y Cristo, más allá del hecho de que Cristo es el Espíritu Santo, es ese lugar, el Getsemaní. Porque yo, perdonen mi arrogancia, sé lo que sintió Jesús y lo que no quería hacer, lo sé porque lo vivo en mis sanguinaciones, lo que Él sentía dentro, la mortificación, el hecho de que consideraba injusto ese martirio, que debía experimentar esos dolores que le hicieron brotar sangre de la cabeza por lo mortificado que estaba, mortificado… y esto también me sucede a mí, ese momento me mortifica.

No se dejen engañar por ciertas ideas que, lamentablemente, circulan en los ambientes católicos acerca de los estigmatizados, donde se piensa que ellos viven el sufrimiento con alegría y beatitud… Los estigmatizados, durante la sangración, están como poseídos por el dolor, por la rabia, por el deseo de venganza, por el estar contra Dios, ¡porque no lo quieren! Pero luego vence la entrega: "¿Lo quieres? ¿Tú quieres esto de mí? Está bien, si esta es Tu voluntad, Dios, yo lo haré". Pero no puedo hacerlo riendo, gozando o bailando, porque siento un sufrimiento atroz y una vergüenza atroz.

Esto es así… nunca se los había dicho, y ahora se los he dicho.

Por lo tanto, ahora, cuando sangre, cuando ustedes estén en mi mente, quisiera que se avergonzaran conmigo, que se enojaran conmigo, que rezaran conmigo y que al final se ofrecieran conmigo: "Sí, Señor, estos signos sangrantes debo llevarlos, aquí estoy".

Pero en esas tres horas del Getsemaní, piensen que yo no estoy en beatitud, no estoy en el Edén, no estoy en la luz de Cristo: estoy en las tinieblas más oscuras que un hombre pueda vivir. Un hombre como yo, que cree, que ama, que los ama a todos, que ama la justicia, que ama a los hermanos del Cielo, en ese momento es el hombre más feo que existe sobre la Tierra, por lo que siente y por lo que vive.

Por eso Cristo me ha elegido, para contarles lo que Él vivió. El próximo profeta que Dios enviará a la Tierra no vivirá este tormento, él portará la espada de Dios.


* * *

Por enésima vez, el Cristo eterno, a través de Su predilecto habitáculo, ha lavado nuestras culpas, ha purificado nuestro peso kármico, ha elevado nuestras almas, ha iluminado nuestros corazones, ha enderezado los caminos de nuestros pensamientos, ha sellado otro paso del glorioso camino del Salvador, ha extendido las bendiciones del cielo sobre nuestras pobres y pequeñas personas, ha derramado el vino nuevo del Sol, energía psíquica vital, en las copas sedientas de nuestras existencias, existencias que sin Él no tienen ningún sentido. Y no sólo mediante el sagrado rito de la Comunión del pan y del vino de Dios, sino también y sobre todo a través del Verbo Creativo que se hace palabra humana para darnos a conocer la realidad, para alcanzar y regenerar cada rincón de nuestra vida, cada sombra de nuestra mente, cada miseria de nuestro inquieto camino en el mundo.

Al relatar Tu Getsemaní, hemos conocido una verdad que nos conmueve y nos exalta al mismo tiempo. Una verdad que refleja y revela todas las verdades humanas y las trasciende. En esta confesión hemos visto a un hombre, y hemos visto a Dios.
Gracias, Giorgio santo, tu obra en el mundo será honrada con grandes fiestas, músicas, cantos y danzas en la Edad venidera. Por ahora somos nosotros, pobres discípulos de la eterna Inteligencia, hijos de la antigua Llama, quienes rendimos alabanza a tu inestimable disponibilidad, que continúas ofreciendo, cueste lo que cueste, por la salvación de los Llamados y el despertar de los Elegidos. ¿Quién puede realmente comprenderte? Nadie. Nadie puede verdaderamente comprender lo que vives y lo que eres. Pero todos nosotros tratamos de aliviar tu soledad con las buenas obras de nuestras manos.

Roguemos que el Omnipotente nos conceda siempre la gracia de permanecer a tu lado en la dura tempestad que continúas enfrentando en este valle de lágrimas, el mundo, un mundo que parece sin sentido, pero que gracias a tu presencia nos revela las cosas ocultas, esas cosas eternas que finalmente son proclamadas desde los techos y que resuenan como las trompetas del Apocalipsis en el templo de los espíritus vivientes. ¡Adelante! ¡Hijo del Cielo! ¡Adelante! Nosotros estamos aquí para dar nuestro pequeño aporte a la gran Verdad del Tiempo de todos los tiempos.

Con amor
Marco Marsili
23 de abril de 2026

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