SI TAN SOLO

12.06.2026

Por Matilda Mulla

La luz del sol comienza a apagarse lentamente, como una respiración que se aleja sin hacer ruido.

Nubes pesadas, cargadas de un profundo silencio, avanzan por el cielo y cubren aquella luz que apenas unos instantes antes parecía invencible. 

El aire cambia. 

Una extraña quietud se difunde a mi alrededor, como si el mundo se detuviera por un instante para escuchar algo que llega desde muy lejos. Entonces caen las primeras gotas de lluvia. Finas. Dulces. Tan ligeras que casi no se sienten. Algunas se estrellan sobre la vereda por la que camino y se abren en pequeños círculos luminosos. Otras caen sobre mi chaqueta y se deslizan lentamente, como cansadas después de un largo viaje desde el cielo. Todas terminan en el mismo lugar: sobre el asfalto, sobre las piedras, en los pequeños surcos del camino que comienzan a llenarse de agua. A primera vista parecen todas iguales. 

Una forma. 

Una caída. Un instante brevísimo antes de desaparecer. Pero cuando bajo la mirada y las observo más de cerca, ya no me parecen iguales. Sobre la superficie de cada gota parece reflejarse un diminuto fragmento del mundo. Un pedazo de realidad que vibra por un instante antes de unirse a los demás. Es como si cada gota llevara consigo una pequeña historia, un recuerdo, una imagen. Nunca había visto la lluvia de esta manera. 

En un pequeño charco que se forma junto a mis pies aparece un espejo insólito. No es solamente agua. Es algo más. Al principio veo una flor. Luego un árbol que se mueve suavemente con el viento. Después una montaña lejana envuelta en la niebla. Un mar que respira con sus olas. Un lago inmóvil, silencioso como un secreto guardado en el corazón. Las imágenes continúan transformándose. 

Veo una pequeña casa con una ventana iluminada. Luego se convierte en un edificio. Después en un rascacielos que se eleva hacia el cielo, como si quisiera tocar las nubes que dieron vida a esta lluvia. Veo niños correr y reír en un patio. Veo familias reunidas alrededor de una mesa, donde las manos se unen para agradecer el pan que comparten. 

Veo hombres y mujeres en los campos sembrando la tierra con paciencia, creyendo que algún día los recompensará. Veo animales moviéndose libremente en su hábitat. Veo pájaros abrir sus alas en un cielo despejado. Y sin darme cuenta, una leve sonrisa atraviesa mi rostro. Esta lluvia me ha traído una profunda nostalgia, una dulce melancolía que no sé explicar. Es como si cada gota me recordara un mundo que puede ser hermoso, un mundo donde la vida fluye con calma, donde cada cosa encuentra su lugar. 

Pero la quietud no dura mucho. La lluvia cambia. Las gotas se vuelven más grandes. Más densas. Más violentas. Ya no caen como caricias. Caen como golpes. Las veo estrellarse en el mismo charco donde poco antes se reflejaba un mundo sereno. Ahora caen con fuerza, con una ferocidad que me deja sin palabras. Es como si cada una quisiera demostrar su poder, aplastar a las que llegaron antes. Las pequeñas gotas que hace un momento danzaban sobre el agua desaparecen una tras otra. 

La imagen en el charco se transforma. Las flores que veía antes aparecen dobladas. Los árboles se balancean como si tuvieran miedo. Las personas en aquel espejo de agua parecen confundidas, perdidas, como si estuvieran buscando algo que ya no logran encontrar. Las gotas de lluvia que ahora caen ya no parecen formar parte de una armonía. Parecen un ataque. Como una fuerza que destruye todo lo que encuentra a su paso. 

Veo a una niña esconderse detrás de su madre, con los ojos grandes llenos de preguntas que nadie responde. Veo una ballena moverse desorientada en el mar, como si también ella sintiera que algo ya no es como antes. Veo bandadas de aves alzarse y huir apresuradamente, y el batir de sus alas me parece un grito de advertencia que atraviesa el cielo. Veo edificios temblar. Veo estructuras derrumbarse. Veo animales correr aterrorizados en busca de refugio. 

La visión se vuelve cada vez más pesada. Ya no quiero mirar. 

—Detente… detente… 

—susurro a la lluvia con una voz que apenas logra salir de mi interior. 

—Por favor, detente… lo estás destruyendo todo. 

Mi corazón late con fuerza en el pecho. 

Las gotas golpean ahora mi cabeza y siento un dolor agudo. Pero no es solamente físico. Es un dolor que nace de un lugar mucho más profundo. Ya no puedo mirar aquel charco. Levanto los ojos hacia el cielo. Mis lágrimas se mezclan con la lluvia y por un instante ya no logro distinguir unas de otras. Pero esta vez ya no veo la destrucción en el agua. Veo el sol. Todavía está allí, oculto detrás de las pesadas nubes. Las nubes parecen sostenerlo ante sus ojos como un pañuelo empapado, como si él también estuviera llorando. Y a través de esas nubes, a través de esas lágrimas del cielo, veo algo que hace temblar mi alma. Veo el amor. Un amor infinito. Profundo como el cielo. Pero junto a ese amor veo también el dolor. Un dolor igualmente infinito. 

Y comprendo que lo que siento en ese instante es quizás apenas una diminuta chispa de lo que Él siente por este mundo. Y, sin embargo, por un brevísimo instante, me siento como si me hubiera vuelto uno con Él. 

La lluvia continúa cayendo. 

Pero muchas veces elegimos abrir un paraguas. 

No solo para protegernos del agua. Sino para protegernos del toque del cielo. Para no permitirle rozar nuestra piel. Para no dejarlo entrar en nosotros. 

Y así las gotas de lluvia se convierten solamente en gotas. 

Un fenómeno natural. Un simple proceso de la creación. Pero quizá sean mucho más que eso. Porque cada gota de lluvia es una historia. 

Cada gota es una memoria. Un llamado. Un testimonio de una creación que continúa hablándonos. 

Si tan solo le permitiéramos tocarnos. 

Mojar nuestra piel. 

Penetrar en nuestra alma. 

Recordarnos que somos parte de este mundo que tantas veces observamos, pero que rara vez comprendemos. Si tan solo tuviéramos el valor de permanecer por un momento sin paraguas. De permanecer frente al cielo sin defensas. De permanecer desnudos ante Él. Porque quizás solo entonces comprenderíamos que cada gota de lluvia que cae sobre nosotros no es solamente agua. Es un toque del cielo. 

Si tan solo…

Matilda Mulla

7 de junio 2026

Share